jueves, 1 de marzo de 2012

Loreena McKennitt - ELEMENTAL


1. Blacksmith (3:20)
2. She Moved Through the Fair (4:05)
3. Stolen Child (5:05)
4. The Lark in the Clear Air (2:06)
5. Carrighfergus (3:24)
6. Kellswater (5:19)
7. Banks of Claudy (5:37)
8. Come by the Hills (3:05)
9. Lullaby (4:26)

Elemental (1985) es el primer álbum de estudio de Loreena McKennitt, una de las sota-caballo-y-rey de este blog, tal como comentaban por ahí en algún foro. Se trata de uno de esos discos imprescindibles que ya han sido comentados muchísimas veces en blogs y páginas especializadas en "nuevas músicas" y similares, e inevitablemente, yo también debía concederle unas cuantas líneas más.

Siendo un trabajo de debut, y pese a haber comentado ya unos cuantos trabajos de McKennit previamente, creo que es interesante empezar las cosas desde el principio, como haciendo borrón y cuenta nueva, dando un paso atrás para ver mejor el cuadro. ¿Quién es Loreena McKennitt? Es una cantante, instrumentista y compositora canadiense (de origen lejanamente irlandés) especializada en música étnica o "world music", por su carácter relativamente intercultural, sobre todo celta y del este de Europa, con algún matiz ocasional de Oriente Medio en según qué trabajos. Domina con maestría instrumentos como el piano o el acordeón, aunque su fetiche estrella podría ser el arpa. Y digo podría ser, porque lo que ha hecho de esta autora lo que es hoy en día es su voz portentosa. No es una voz simplemente potente, o simplemente expresiva. Es ambas cosas, pero logrando un equilibrio perfecto entre exquisitez técnica y emoción lírica que le confiere autenticidad. Además, Loreena McKennitt no es una vocalista dada a alardes innecesarios, sino que va al grano; y precisamente por eso su voz es magistral a la hora de recrear antiguos cánticos celtas, porque su estilo es tan claro y directo como el que podría haber tenido alguna virtuosa cantante tribal de tiempos remotos.

Fotografía promocional del álbum.

Hay muchos aficionados que se han aproximado a su discografía de un modo algo superficial, y de ahí las comparaciones con Enya que traje a colación en alguna entrada de hace tiempo, a mi juicio absurda dada la gran diferencia entre los planteamientos musicales de ambas. Enya hace música new age y electrónica con aderezo celta en algún momento puntual, pero Loreena Mckennit trabaja con música totalmente folk y con un estilo al cantar mucho menos truculento. No por ser mujeres y desenvolverse en el negocio de las "otras músicas" con éxito deben tener nada en común. Por eso precisamente hay que saber qué nos vamos a encontrar en trabajos como este Elemental.

Instrumentación: la justa y necesaria; producción/arreglos: ídem; emoción: toda la posible y un poco más. Loreena McKennitt luce perfectamente sus habilidades mediante una serie de temas bien escogidos, en este caso todos tradicionales o de autores clásicos de renombre, arreglados por ella en mayor o menor medida, o prácticamente cantando a pelo, según convenga. Blacksmith, She Moved Through the Fair y Carrighfergus (esta última cantada por un actor canadiense) son los temas más conocidos del repertorio celta de toda la vida, y hay un par de poemas musicados, originales de William Butler Yeats (Stolen Child) y William Blake (Lullaby). No se trata de uno de sus trabajos más comerciales -ninguno lo es en demasía- pero sí que llegó en un momento creativo muy puro, con su sello Quinlan Road inaugurado para la ocasión y con toda la ilusión de una artista que llevaba mucho tiempo investigando a fondo, largos viajes por el mundo inclusive, la música de sus raíces familiares. Consiguió, eso sí, que sea un disco de lo más accesible.

She Moved Through the Fair en vivo, en el palacio de Carlos V de la Alhambra. En 2006.

Casi todas las referencias que encuentras en Internet mencionan la anécdota de que Elemental fue grabado en un estudio en mitad de un campo de girasoles, y la verdad es que es una imagen bucólica que, de entrada, ayuda bastante a sumergirse en la atmósfera limpia y honesta que el buen hacer de Loreena McKennitt dispone para gozo de nuestros sentidos.

sábado, 25 de febrero de 2012

Brevísima historia de la música en los Oscars (IV)

Terminemos con esto como es debido. 

Alan Menken

Gustavo Santaolalla

Como decíamos hace un rato, los Oscars de los años noventa llegaron marcados por los éxitos constantes de los clásicos Disney en el apartado de mejor partitura y en el de mejor canción, tanto que la Academia optó por rescatar aquella división entre las categorías de "partitura de drama" y "partitura de comedia" que no se veía desde los años sesenta. Además de La sirenita, resultaron premiadas La bella y la bestia en 1991, Aladdin en 1992, El rey león en 1994 y Pocahontas en 1995. Todas estas estatuíllas fueron a manos de Alan Menken (¡que tiene 8 oscars entre partituras y canciones!) menos El rey león, que es hasta ahora el único Oscar logrado por Hans Zimmer. Seguramente le caerá algún otro antes o después.

Un ejemplo instrumental de La bella y la bestia.

Un trocito de El rey león.

Aparte de Menken, metieron sus cuñas los veteranos John Barry con Bailando con lobos (1990) y de nuevo John Williams, con La lista de Schindler (1993). Williams también podría habérselo llevado perfectamente por Jurassic Park ese mismo año, pero todo quedó en casa del barbudo.

Tema central de La lista de Schindler, con el violín de Itzhak Perlman.

Rachel Portman fue la primera mujer en lograr el Oscar a la mejor banda sonora por su partitura para Emma (1996), el mismo año en que triunfó Gabriel Yared por El paciente inglés, en las categorías de comedia y drama respectivamente. Ninguna de las dos es especialmente recordada hoy, aunque sobre todo la segunda es de un nivel tremendo. Un año después, en 1997, otra mujer triunfó con The Full Monty, otra partitura de escasos vuelos populares a cargo de Anne Dudley, miembro -por otra parte- de The Art of Noise. El pelotazo del año, y de la década en términos de ventas y popularidad, fue Titanic, a cargo de James Horner, que ganaba su primer galardón. Debió ganarlo más bien por WillowBraveheart, pero bueno.

Tema inicial de Emma.

El paciente inglés, con la voz de Marta Sebestyen.

Un cachito de Titanic.

Stephen Warbeck añadió Shakespeare in Love (1998) a la lista de partituras olvidadas tras lograr el Oscar, en la que todavía faltaba El violín rojo de John Corigliano un año después, mientras que Nicola Piovani -esta sí es buena de verdad- ganó en su categoría por La vida es bella.

La vida es bella.

Pese a que la favorita en 2000 era a todas luces la quizá excesiva Gladiator de Hans Zimmer y Lisa Gerrard, ganó el Oscar la muy étnica Tigre y dragón, del chino Tan Dun, que después se vería embrollado en un asunto de autoría cuyo final desconozco. Y comenzó la gran época de Howard Shore con la saga El Señor de los Anillos, logrando el galardón por la primera y tercera entregas, en 2001 y 2003. La segunda entrega, titulada Las dos torres, también debió ser premiada o al menos nominada, aunque probablemente se prefirió obviarla para no pasarse con los premios. En 2002 ganó Frida, de Elliot Goldenthal, que casi nadie recuerda, y eso que también andaba por allí un muy potente Philip Glass con Las horas.

Tema inicial de Tigre y dragón.

Sin querer dejar de mencionar los galardones logrados por Jan A. P. Kaczmarek por Descubriendo Nunca Jamás (2004), Dario Marianelli por Expiación (2007) y Michael Giacchino por Up (2009) y sobre todo a A. R. Rahman por la imaginativa partitura de Slumdog Millionaire (2008), podemos afirmar que el último hombre fuerte de la década fue el argentino Gustavo Santaolalla, que logró dos victorias consecutivas gracias a Brokeback Mountain (2005) y Babel (2006), sin grandes alardes en ninguno de los casos más allá de la correcta ambientación de ambas películas. Hubo polémica, por supuesto, con aquello de "Ennio Morricone nunca ha ganado uno y ese tal Santaolalla tiene ya dos".

Un extracto de Expiación.

The Wings, de Brokeback Mountain.

En 2010 ganó la electrónica y vanguardista La red social, de Trent Reznor y Atticus Ross, y este domingo, en la ceremonia correspondiente al año 2011, compiten estos cuatro señores:



- John Williams, que va directo a por el récord de nominaciones de Alfred Newman con otra dos: Las aventuras de Tintín y War Horse (Caballo de batalla), ambas excelentes pero probablemente condenadas al consuelo de la doble nominación no premiada.


- Ludovic Bource (para mí un desconocido) que con The Artist tiene el 99% de probabilidades de ganar, primero por ser esa la película favorita en términos absolutos, segundo por ser este un muy buen trabajo de corte "retro", y tercero al ser una contribución eminente al resultar esencial en una película muda.


- Howard Shore, con La invención de Hugo, un trabajo muy muy bonito, afrancesado en plan Amelie pero con voz propia, y alejado del mero acompañamiento incidental que han sido casi todos sus trabajos previos para Martin Scorsese.


- Y el español Alberto Iglesias por El topo, una partitura minimalista con un toque de jazz, meritoria por fresca y original, y por su poder de fascinación estética aunque, por su propia naturaleza ambiental, es poco "visible" dentro de la película. Lo tiene crudo, pese a ser ya la tercera nominación para el músico de San Sebastián tras El jardinero fiel (curiosamente otra adaptación de John le Carré, como El topo) y Cometas en el cielo. Le deseo mucha suerte.

Brevísima historia de la música en los Oscars (III)

Vamos con los años setenta y ochenta.

Marvin Hamlisch

Jerry Goldsmith

Como comentábamos en la entrada anterior, en los sesenta el cine y cuanto lo rodeaba se volvió más "diverso" gracias a la influencia del pujante cine europeo de autor, y en Hollywood se abrieron de orejas para dar cabida a propuestas bastante originales de cara a las bandas sonoras de los mejores títulos. En 1970 se llevaron los Oscars Francis Lai con Love Story y The Beatles con Let It Be en una categoría que se llamó más o menos "Mejor partitura a base de canciones". El año siguiente fue el de Michel Legrand con otra obra tirando a pequeñita, con el piano dominando, Verano del '42.

El tema más famoso de Verano del '42.

El mismísimo Charles Chaplin y varios co-autores ya entonces fallecidos se llevaron el galardón en 1972 por Candilejas, pese a que había sido estrenada en todas partes menos en Los Angeles veinte años antes. El camino se le allanó bastante tras la descalificación de la partitura de El Padrino, que incluía un tema compuesto para una película anterior a la de Coppola, el famoso vals para ser exactos.

Candilejas, de Charles Chaplin, Raymond Rasch y Larry Russell.

Tras las victorias en ambas categorías (partituras original y adaptada) de Marvin Hamlisch en 1973 gracias a Tal como éramos y la reutilización de piezas "ragtime" de Scott Joplin para El golpe, el compositor italiano habitual de Federico Fellini, Nino Rota, logró su merecido premio con El Padrino, parte II en 1974. Tuvieron buen cuidado esta vez de que no sonara el dichoso vals, por lo menos en la edición discográfica de la banda sonora.

The Immigrant, de El padrino, parte II.

Los años siguientes marcaron el espectacular regreso del pleno sinfonismo gracias a John Williams con Tiburón en 1975 y La guerra de las galaxias en 1977, aunque otro músicos de renombre también se llevaron el gato al agua. No nos olvidemos del único Oscar del gran Jerry Goldsmith por La profecía (1976), o la predominantemente electrónica partitura de El expreso de medianoche (1978), de Giorgio Moroder.

Suite de La profecía.

El primer título memorable en los ochenta fue Carros de fuego (1981), de Vangelis, que encima logró un éxito en ventas sin precedentes. No a todo el mundo le sentó bien aquella victoria, quizá coyuntural por lo innovador del tratamiento electrónico y new age, que dejó tirada a En busca del arca perdida; y el año siguiente cayó otro eunuco en manos de John Williams, esta vez por E.T. el extraterreste.

Así comienza la película Carros de fuego. Inolvidable.

Tema de los créditos finales de E.T..

Los ochenta fueron fabulosos en lo que respecta a las bandas sonoras premiadas en los Oscars, y pese a que me estoy alargando, no puedo dejar de mencionar el Pasaje a la India de Maurice Jarre en 1984, las Memorias de África de John Barry en 1985 (ya llevaba tres galardones), El último emperador de Ryuichi Sakamoto, David Byrne y Cong Su en 1987 y el estupendo trabajo de Bill Conti (el autor de la famosa melodía de Rocky) en Elegidos para la gloria, quizá demasiado parecida en varios puntos a alguna pieza de Tchaikovsky...

El tema principal de Elegidos para la gloria. Muy épico y a la americana.

Concluimos la década con dos apuntes: la maldición que debió caer sobre quien votó a Round Midnight de Herbie Hancock (contra él no tengo nada, que conste) para que venciese a la insuperable La misión de Ennio Morricone en 1988; y el triunfo musical de la productora Walt Disney con su oleada de clásicos animados supertaquilleros de la época, que comenzó con La sirenita de Alan Menken en 1989 y siguió aplastando a la competencia por el Oscar en los primeros años noventa. 

Terminamos en la próxima entrada.

jueves, 23 de febrero de 2012

Brevísima historia de la música en los Oscars (II)

La década de los cincuenta es considerada como una de las "edades de oro" del cine de Hollywood, donde surgieron algunos de sus mayores mitos y estrellas, arropados por la magnificencia del cinemascope y el technicolor. Aquí ya contamos con bandas sonoras que permanecen como clásicos imprescindibles y conocidísimos de nuestro tiempo. 

Franz Waxman

Uno de los compositores más apreciados de la época es Franz Waxman, que ganó en 1950 y 1951 con El crepúsculo de los dioses y Un lugar en el sol, respectivamente. Algunos expertos sitúan la segunda entre las obras para cine de más calidad jamás realizadas.

Un lugar en el sol.

Otro nombre infaltable es el de Dimitri Tiomkin (casi todos los grandes de esta generación eran centroeuropeos o del este, emigrados por diversos motivos), que ganó en 1952 por Solo ante el peligro, en 1954 por Escrito en el cielo y en 1958 por El viejo y el mar. Su nombre suele estar ligado al western, género al que aportó varias gemas.

Dimitri Tiomkin

En la categoría de comedia o musical, de nuevo Alfred Newman se llevó varios galardones a casa (por El rey y yo, entre otras películas), aunque hubo otros autores que lograron su premio con obras tan famosas como Siete novias para siete hermanos u Oklahoma. Destacó también bastante el trabajo de Andre Previn, ganador por Gigi y Porgy and Bess.

Andre Previn

Personalmente, mis favoritos de la década son trabajos para películas épicas, como la inmortal melodía silbada de El puente sobre el río Kway (1957), de Malcolm Arnold; el gigantismo avasallador de Ben-Hur (1959), de Miklós Rózsa; o la solemnidad de Éxodo (1960), de Ernest Gold. Tampoco nos olvidemos del Oscar concedido póstuma aunque muy merecidamente a Victor Young por La vuelta al mundo en 80 días, que es antepasada directa de la ganadora de 2010, Up, de Michael Giacchino. Unas selecciones:

La marcha del coronel Bogey de El puente sobre el río Kwai.

Música previa a la carrera de cuádrigas en Ben-Hur.

Tema central de Éxodo.

Escena de La vuelta al mundo en 80 días, en la que suena su tema más conocido.

En los sesenta se produjo un cierto declive en la respuesta del público más culto hacia el cine americano, sobre todo a causa del empuje de las vanguardias europeas (italiana y francesa sobre todo), más dadas a un cine con menos control corporativo. La música compuesta en estos años es mucho más diversa que antaño, más abierta a influencias como la de la música pop, que estaba en auge (en 1969 ganó Burt Bacharach por Dos hombres y un destino), aunque todavía muy aferrada a los modelos grandilocuentes de la década anterior. Hicieron su agosto en estos años, en lo que a Oscars se refiere, gente como John Barry con Nacida libre (1966) y El león en invierno (1968) o Maurice Jarre con las películas épicas de David Lean Lawrence de Arabia (1962) y Doctor Zhivago (1965).

Tema inicial de Nacida libre. También hubo una versión cantada.

Tema de los títulos de Doctor Zhivago.

El género musical siguió premiando clásicos de siempre como West Side Story, My Fair Lady, Mary Poppins y Sonrisas y lágrimas. Es bueno señalar que en aquella década, y casi en cada edición, cambiaban el nombre de la categoría, existiendo algunas como "mejor partitura sustancialmente original" para acoger a obras con cierto contenido preexistente, o "partitura para una película no musical". Unas muestras notables del musical sesentero:

Escena inicial de West Side Story, con música original de Leonard Bernstein.

¿Quién no recuerda las canciones de Mary Poppins?

Volvemos prontito con los años setenta y ochenta.
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