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jueves, 17 de noviembre de 2022

Jean-Michel Jarre - OXYMORE


1. Agora (1:34)
2. Oxymore (4:46)
3. Neon Lips (4:28)
4. Sonic Land (6:02)
5. Animal Genesis (5:46)
6. Synthy Sisters (3:21)
7. Sex in the Machine (5:46)
8. Zeitgeist (3:07)
9. Crystal Garden (4:10)
10. Brutalism (4:42)
11. Epica (5:26)

No creo que este blog tenga suficiente público como para que la opinión que emitamos sobre el nuevo álbum de Jarre tenga una especial trascendencia, pero sí que contamos con lectores selectos y bien formados que seguramente querrán conocer mi valoración. Pocos pero sibaritas, y yo que me alegro. Voy a tener que decepcionar a casi todo el mundo, no obstante, ya que Oxymore (2022) no me ha despertado un especial entusiasmo pero tampoco me ha hecho montar en cólera, ni mucho menos.

Jean-Michel Jarre

Oxymore es una nueva propuesta sonora del músico francés, un homenaje a su compatriota Pierre Henry. Nunca hay que olvidar que Jarre en persona estudió en el estudio de Pierre Schaeffer, fundador del GRMC (Groupe de Recherche de Musique Concrète) y gran gurú junto a Henry de la música concreta como género definido. Jarre dedicó su enorme Oxygene 7-13 -que cada vez anda más cerca de ser mi favorito de entre sus discos- a Schaeffer, por lo que un homenaje a su colega Pierre Henry, en teoría, es bastante apropiado.

Pierre Henry (1927-2017)

Pierre Henry se ha hecho hoy más conocido de lo que había sido en el pasado gracias a la famosa sintonía de la serie animada Futurama, que es una adaptación de un tema suyo, y habría sido tentadora la idea de un álbum de Jean-Michel que reprodujese este enfoque tan simpático y lúdico del estilo de Pierre Henry, pero en realidad Oxymore se quiere parecer más bien a los trabajos de música concreta más crudos de este. En su día eran futuristas, hoy son de estilo retro.

Diseños conceptuales para la promoción de Oxymore.

Para explicar de manera breve y sencilla qué es eso de la música concreta os remito a una entrada que le dediqué hace tiempo, pero por resumir diremos que es una forma de creación artística que utiliza sonidos no necesariamente musicales (samples de procedencia diversa), manipulados electrónicamente o no, y ensamblados de manera original, para crear experiencias únicas, tan irrepetibles como el momento en que se grabó cada una de las pequeñas partes que las componen.

Un tráiler del disco.

Creo que Jarre es honrado a la hora de aproximarse a estos experimentos de la música concreta en Oxymore, en el sentido de que de verdad intenta emular estas atmósferas extrañas, agresivas, a veces frías pero intrigantes, con una lógica interna más propia de las matemáticas que del lenguaje musical. Jarre ya había realizado algún experimento cercano al género, por ejemplo en su primitivo single La Cage / Erosmachine (1971), y es obvio que siguió inspirándose en la música concreta en otras muchas piezas, desde algunos cortes de transición de sus álbumes clásicos a verdaderas maravillas como su álbum Zoolook (1984), puro sampleo convertido en colorido e imaginación desbordantes, que es una de sus obras maestras.

Portada del primer single, Brutalism

No obstante, y me temo que voy a repetirme respecto a lo ya dicho en entradas anteriores sobre sus álbumes posteriores al año 2000, Jean-Michel Jarre no puede evitar forzar la máquina para seguir subrayando con rotulador fosforito de punta gorda su transformación de compositor electrónico cósmico en DJ fiestero tipo Tomorrowland. Sé que a muchos nos habría encantado escuchar un álbum muy parecido a este mismo Oxymore en el que el Jarre épico y vibrante de antaño hubiese mezclado su idiosincrasia personal con la música concreta de Pierre Henry, en lugar de limitar su aportación como homenajeador y no solo "reciclador" a unos ritmos de baile feos y repetitivos que introduce aquí y allá como para vertebrar algunos de los cortes. Es de esperar que estos ritmos se explotarán extensivamente en futuros conciertos virtuales.

Brutalism

Entiendo que el trabajo de ingeniería para lograr un efecto binaural nítido es notable, y que el juego con los sampleados al estilo de la música concreta ortodoxa es digno de un músico con la categoría y la amplia experiencia de Jarre, pero me temo que, salvo por lo escrito en la portada (el nombre del músico y el título del álbum, que recuerda de manera poco ocurrente al sobadillo Oxygene), apenas hay nada en Oxymore que nos haga pensar que es un álbum de Jean-Michel Jarre y no de uno de tantos artistas semidesconocidos que -a mucha honra, por supuesto- buscan hacerse un nombre en Bandcamp con obras electrónicas de todo tipo.

Epica

Pero el álbum no está mal, sobre todo si se tiene curiosidad por saber qué hacían aquellos músicos raros, como de laboratorio de ciencias, y acercarse a sus sonidos de manera accesible, de la mano de un artista consagrado que sabe cómo hacerlo llegar al público para que lo entienda hasta el más novato. Hay fragmentos muy interesantes, atmósferas irreales que resultan inevitablemente atractivas. Oxymore es Jarre con una bata blanca y una tiza en la mano, con una intención loable y con todos los medios técnicos a su alcance, pero al final muchos de sus seguidores de siempre tendremos la certeza de que, otra vez, está enseñando una asignatura que no es la suya.

martes, 19 de enero de 2021

Esa musiquilla en mi cabeza, capítulo 10: "DOCTOR WHO"


No sé si muchos de los lectores del blog tendrán esta "musiquilla" en su cabeza, pero no se me ha ocurrido un espacio mejor para hablar de este tema mítico que la pequeña sección que de vez en cuando recuperamos.

Doctor Who (parece que debe evitarse el título abreviado como Dr. Who), es una de las series más míticas de la BBC, una serie más o menos juvenil de ciencia ficción que lleva en antena, con algún tiempo de descanso aquí y allá, desde 1963. Hoy en día es especialmente conocida por ser uno de los fetiches frikis de los personajes de The Big Bang Theory, aunque debo decir que yo mismo guardo unos estupendos recuerdos de cuando muchos de sus breves episodios se emitieron en los ochenta en Canal Sur, la televisión autonómica andaluza.

Portada de una de las primeras ediciones comerciales del tema grabado.

El protagonista de la serie, si no recuerdo mal, es un culto personaje extraterrestre que realiza viajes interdimensionales en una nave camuflada de cabina de teléfonos policial. A lo largo de los años ha ido cambiando el actor que lo ha encarnado, nunca atendiendo a un parecido físico de cada uno con el anterior, siendo su último intérprete una mujer. Y también ha evolucionado la sintonía musical del comienzo de cada episodio, que es una melodía absolutamente mítica si eres un apasionado de la cultura geek.

Doctor Who

Lo que nos interesa es que el tema del Doctor, que se titula simplemente Doctor Who, es una de las primerísimas piezas de música electrónica que tuvieron un alcance popular generalizado gracias a la televisión. El autor del tema fue Ron Grainer, un músico australiano especializado en sintonías para series de la época, si bien es especialmente recordado el nombre de Delia Derbyshire como la intéprete de la pieza. Es una de las pioneras de la música electrónica que, tristemente, siguen necesitando y mereciendo reivindicación.

Delia Derbyshire (1937-2001)

Delia Derbyshire, que es todo un referente para la electrónica "pura" realizada en el Reino Unido hasta la actualidad, fue una dedicada estudiosa tanto de las posibilidades de la música en sí como de quienes intentaban revolucionar este campo desde prácticamente el final de la Segunda Guerra Mundial. Y no solo hablamos de electrónica con sintetizadores, sino de música concreta y música de archivo, entendida esta última como el primitivo intento de crear obras artísticas generadas a partir de grabaciones sonoras no estrictamente musicales en cinta magnética.

Una edición reciente del tema original.

El propio tema del Doctor que hoy nos ocupa consiste justo en una mezcla de todo esto: mediante procesos electrónicos de distorsión, la pieza está montada en un estudio a base de pequeños trocitos de grabaciones en cinta, cuidadosamente seleccionados para dar origen a esta misteriosa melodía que personifica al extraño protagonista de la serie. Parece en realidad un tema musical muy simple, pero debió ser muy laborioso juntar cada pedacito (cada nota, por así decirlo) para montarlo al completo.

Doctor Who ha sufrido algunas alteraciones a lo largo de estas décadas, al principio más sutiles y después más drásticas, ya que al final se ha grabado con sonido de orquesta sinfónica tradicional. Tal como hemos mencionado en una entrada reciente, aparece homenajeado en varias piezas de Pink Floyd (no solo One of These Days) y no me extrañaría que el peculiar toque surrealista de los títulos a los que acompañaba fuese una inspiración para los espectáculos que montaban los grupos de finales de los años sesenta en los clubes londinenses donde nació el rock psicodélico.

Todas las intros de la serie a lo largo de los años, incluyendo en qué episodio apareció cada una por primera vez.

viernes, 15 de junio de 2012

Ron Geesin / Roger Waters - MUSIC FROM THE BODY


1. Our Song (1:24)
3. Red Stuff Writhe (1:11)
7. Chain of Life (3:59)
8. The Womb Bit (2:06)
9. Embryo Thought (0:39)
13. Body Transport (3:16)
14. Hand Dance (1:01) 
15. Breathe (2:53)
18. Piddle in Perspex (0:57)
22. Give Birth to a Smile (2:49) 

Puedo creerme cualquier cosa que me cuenten sobre un álbum de los setenta. Me lo creeré a pies juntillas si encima es un disco lanzado entre los últimos sesenta y los primeros setenta. Y sigue pareciéndome muy raro algún que otro descubrimiento como el de este Music from The Body (1970), uno de los varios proyectos paralelos a la banda -entonces- de culto Pink Floyd. Vale que el músico principal del disco sea el extraño y experimental Ron Geesin, pero desde luego estamos ante una obra que entronca con el carácter libérrimo de la psicodelia inglesa de la que los PF fueron estandarte.

Ron Geesin

Music from The Body (que deberíamos traducir como Música de "El cuerpo", sin omitir las comillas) es la banda sonora de The Body, un documental británico sobre el cuerpo humano que dirigió Roy Battersby, con locución de Vanessa Redgrave y Frank Finlay. Si investigamos un poco en la web en busca de análisis de expertos, la mayor parte de las críticas que encontraremos irán de malas a malísimas, argumentando que, efectivamente, se trata de una parida de las que a veces veían la luz en aquellos tiempos, y que hoy no solamente serían imposibles de vender, sino también muy difíciles de apreciar por quienes vayan buscando algo en la línea de la primera época de Pink Floyd. Roger Waters hace algunas intervenciones más o menos en su futura línea como cantautor, pero el resto del trabajo está compuesto a base de música "orgánica", una variante de la música concreta que consiste en sampleados de sonidos corporales, aderezada por extraños arreglos orquestales y música de cámara desestructurada. Estamos hablando de música amalgamada con respiraciones, risas, susurros, palmadas... Y sí, estamos hablando de pedos. Pedos terriblemente gordos, cuescos tremendos que harían las delicias del Quevedo más zafio.

Roger Waters

Ya es difícil comprender, o aproximarse siquiera, a trabajos como Ummagumma (inmediatamente anterior), y eso que en él no hay flatulencias como parte de la instrumentación; pero Music from The Body tiene bastante interés como pieza musical experimental, como una obra de creación que nada tiene que ver con el rock progresivo, sino más bien con las ansias de innovar de aquella generación. Los mismos Pink Floyd estuvieron intentando grabar un álbum completo de música concreta que iba a titularse Household Objects ("Objetos caseros"), justo después de The Dark Side of the Moon, anque todo quedó en agua de borrajas salvo por alguna maqueta a medio terminar que circula por ahí a trocitos. Seguramente la banda de Waters, Gilmour y compañía ya estaba demasiado atada al universo progresivo como para que sus seguidores aceptasen algo tan raro. De hecho, se sabe que el último corte de este Music from The Body, titulada Give Birth to a Smile, cuenta con toda la banda, aunque no figure como tal en los créditos.

Contraportada.

¿Imprescindible? Para nada. ¿Interesante para el fan de Pink Floyd? Sólo si eres un completista acérrimo. ¿Interesante para el aficionado a la música extraña y experimental de todo pelaje? Muchísimo.

Un trozo del álbum.

martes, 3 de abril de 2012

Mike Oldfield - AMAROK


1. Amarok (60:02)

Medio escondido entre los álbumes de Mike Oldfield de los años ochenta, y como preludio de lo que sería la siguiente década para el músico, un discreto día de 1990 se publicó Amarok. El título no dice demasiado, la verdad, y si miramos la contraportada tampoco es que vayamos a salir de dudas; todo lo que vemos impreso en ella es una advertencia médica sobre la posibilidad de que el disco cause problemas auditivos. Pensándolo fríamente, alguien que no supiese de qué iba la cosa, se encontraría Amarok en el hiper y -a menos que fuese un seguidor incondicional de Oldfield- se lo pensaría bastante antes de comprarlo. Incluso un fan podría tener sus reparos, primero por la escasa o nula publicidad aparecida en los medios; segundo porque su álbum previo Earth Moving (1989) era totalmente vocal y bien podría parecer que el compositor estaba agotado del todo, en caída libre artísticamente hablando; y tercero, rizando el rizo, porque aquel extraño Amarok era el número 13 en la carrera de Oldfield, y ese es un mal número.

Martillo.

Yo mismo me hice con él como de rebote, cuando todavía estaba descubriendo la obra del músico a pequeños bocados y me topé con The Killing Fields en un abigarrado estante del Carrefour. Había una sola copia de Amarok justo debajo, con la carcasa rota. Por poco más de 2.000 pesetas me los llevé los dos. Al llegar a casa me senté en una mecedora y me puse los cascos grandes.

Silla.

Amarok es el mejor disco de Mike Oldfield, desde luego el que mejor le define como creador, y lo supe antes incluso de que terminase de escucharlo. Este honor suele reservarse al no menos enorme Ommadawn (1975), que posee la ventaja añadida de haber sido un exitazo en su momento a diferencia del casi ignorado álbum que nos ocupa, aunque Amarok posee una serie de cualidades que lo convierten en un trabajo increíble. Vayamos por partes.

Silbato.

Amarok es el primer álbum de Mike Oldfield, el único si nos ponemos exquisitos, que está concebido para el formato CD. Dura casi exactamente una hora sin la menor interrupción, pese a que para su edición en vinilo (en 1990 todavía había mucho mercado para ello) hubo que hacer un corte un pelín artificial hacia la mitad del álbum. No se trata de algo tan palurdo como batir un récord o dárselas de ingenioso, sino de concebir el álbum entero como un todo unificado, una experiencia que desafía la mala costumbre que tenemos de darle al botoncito para cambiar de canción a la primera de cambio. Aquí no solamente no podremos, sino que tampoco querremos hacerlo. Por eso no hay lista de temas en la contraportada: Amarok solamente contiene Amarok.

Zapatos.

¿Cómo es Amarok? O mejor, ¿Qué es "Amarok"? Podría ser el nombre de un lobo mitológico de la tradición inuit, los mal llamados esquimales, o podría asociarse con la frase I am a rock (soy una roca). El propio Mike Oldfield ha comentado que este trabajo es primo hermano de Ommadawn por varias razones, sobre todo la inclusión de elementos étnicos, como el conjunto instrumental africano Jabula (que estuvo en ambos discos), la flauta de Paddy Moloney de The Chieftains (que también estuvo en Ommadawn) y la voz de Clodagh Simonds (idem); incluso la portada recuerda a la del álbum del '75. Sin embargo, en Ommadawn había un cierto carácter programático, no tanto en el sentido de que se tratase de un trabajo conceptual -que no creo que lo fuera- sino por la simple razón de que podías enumerar con bastante claridad los diferentes "movimientos" de la composición. En Amarok solamente hay caos, una mezcla tan enrevesada e imprevisible de melodías, ritmos y tonalidades que, pese a que hay quien se ha atrevido a crear un índice de los fragmentos, hace del álbum una sucesión de piezas musicales indescifrable e inabarcable desde un punto de vista lógico.

Cepillo de dientes.

Oldfield mezcla elementos de rock con otros de música folk geográficamente ambigua, con elementos abundantes de música concreta y/o efectos sonoros estridentes (ruidos de objetos domésticos funcionando o estrellándose contra el suelo, pequeñas dramatizaciones sonoras de gente aseándose en el lavabo o caminando por pasillos, e incluso una imitación bastante lograda de la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher dando un discurso absurdo), amalgamado todo ello por ese género medio ficticio que es el "progresivo Oldfield", y que es la única etiqueta válida para describir lo que hace habitualmente este señor. También es digna de mención la labor de Tom Newman como productor e ingeniero, logrando un sonido tan nítido y carente de trucos baratos (ni ecos ni cortinillas ni chorradas) que, si cerramos los ojos, nos parece que tenemos a Mike sentado delante.

Puerta.

Es casi como si cogiésemos a un indígena amazónico que nunca ha tenido contacto con nuestra civilización, quizá mejor un extraterrestre, y lo encerrásemos en un estupendo estudio de grabación con todas las mejores tecnologías del momento. Le damos unos cuantos libros sobre teoría musical para que aprenda qué es la armonía, qué es el ritmo, qué es un acorde, etc., y le damos también un buen montón de instrumentos musicales con sus correspondientes libros de instrucciones. Un año después abrimos la puerta y quizá nos ponga en la mano algo como Amarok. O podríamos verlo al contrario, como que Amarok es producto de un conocimiento profundo, abismal casi, de la música entendida como arte y expresión cultural inherente al ser humano por encima de lugares o estilos. Se plantea, en definitiva, el imposible dilema de si esta obra musical es propia de un absoluto maestro de habilidades suprahumanas que quiere dejar boquiabierto al mundo o de un músico anónimo y amateur realizando pequeños experimentos para aprender el oficio en sus ratos de ocio.

Cubo.

Podría parecer, dicho todo lo anterior, que Amarok es una obra pretenciosa, una sobrada propia de alguien que, como Oldfield, llevaba casi veinte años nadando en billetes. Pero no es así, porque, salvo quizá por su tramo final, es un trabajo que irradia placidez y libertad creativa por encima de cualquier intento de deslumbrar. Tampoco habría sido justo reprocharle a Oldfield que hubiese hecho lo segundo, ya que la compañía Virgin le presionaba para que compusiese canciones pop, y de algún modo Amarok fue su manera de gritar a toda la industria y al público ¡aquí estoy, y sigo vivo! Desde luego, quien creyera que a Mike no le quedaban balas en la recámara se caería redondo al suelo al toparse con Amarok, prácticamente un revival de su estilo instrumental épico, pero ya metido en los noventa y con toda una plétora tecnológica a su servicio. En Virgin le exigían una secuela de Tubular Bells, y este disco habría funcionado perfectamente como tal incluso moralmente hablando, pero la negativa de Oldfield fue una prueba más del notable tamaño de sus testículos.

Amarok.

El álbum se grabó sin prisas y a pequeños tramos, en ratos en los que Mike se encontraba inspirado, juntando lo grabado en cada momento con lo que había grabado el día anterior. Y la cosa es que, mediante sutiles repeticiones de melodías aquí y allá, Oldfield consigue una cierta sensación de cohesión. Notamos que todo Amarok es efectivamente Amarok y no una colección de retales fruto del azar, aunque mejor que no me pidan pruebas objetivas de ello. Lo mejor que puedes hacer es sentarte cómodamente, desconectar los teléfonos y olvidar completamente todo lo que sabes o crees saber sobre el arte de la música. Hay que descartar cualquier expectativa previa y escuchar con la inocencia de la niñez durante una hora. Es probable que, cuando abras los ojos, tengas conciencia de haber escuchado algo que ha cambiado tu vida como melómano para siempre, uno de esos discos que justifican toda una carrera y ante los que solamente caben el asombro y la devoción.

El álbum.

viernes, 3 de febrero de 2012

Marc Broude - NREM


1. Cure (3:08)
2. Bury Me in Plains of Silent Plants (4:36)
3. Maladaptive Daydreaming (13:53)
4. Breaking the Silence of the Soul (9:25)
5. Rites of Death (38:53)

En mi opinión, hay una manera muy interesante de distinguir entre todas las personas que hay en el mundo: las que tienen miedo de enfrentarse consigo mismas en soledad y las que gustan de hacerlo de vez en cuando. Yo pertenezco al segundo tipo, y precisamente por eso valoro, en esta realidad de cada día que es un follón constante, ese lujo que es el silencio. Creo que discos como NREM (2012) son lo inmediatamente posterior al silencio, en lo que a música se refiere.

Marc Broude, que promociona este álbum experimental enviándolo -como en mi caso- a diversas webs afines a su estilo, afirma que es su tercer y último disco. Ya comentamos por aquí su anterior Medicine (2009), aunque NREM me ha resultado incluso más rupturista. Como mínimo, cualquiera notará que ha aumentado su grado de oscurantismo lúgubre, y que los pocos "instrumentos" que podían distinguirse entonces a duras penas aquí se reducen casi del todo a ruidos capturados del entorno inmediato no musical (música concreta, por así decirlo) y todo tipo de trucajes artesanales a base de grabaciones en cinta y percusiones modificadas. Una marcianada que, la verdad, cuesta mucho recomendar a los neófitos.

Pero nadie ha dicho que Broude se dedique a los neófitos, y estoy seguro de que los aficionados al dark ambient y las atmósferas góticas y opresivas van a saber valorar NREM con justicia. El músico afirma que este álbum es una incitación hacia el subconsciente, una obra conceptual sobre diversos estados de ánimo para los que los esquemas musicales tradicionales no sirven en absoluto. Es el oyente el que va construyendo el significado de cada pieza musical según la escucha y la hace llegar a su psique; casi como si interpretase esas ambiguas manchas de tinta de los tests de Rorschach. Se diría, no obstante, que Broude apunta certeramente a las zonas más oscuras de nuestra mente, aquellas donde los temores humanos primarios permanecen latentes hasta que, en esos momentos de introspección a los que me refería al comienzo de esta entrada, afloran y nos topamos con ellos sin desearlo.

Esquizofrenia pura en esta imagen promocional.

Cure es el primer tema, una recitación maléfica a cargo de la artista conceptual Susanne Hafenscher que parece una psicofonía, con ruidos de fondo indefinibles y pitidos. Bury Me in Plains of Silent Plants ("Entiérrame en llanuras de plantas silenciosas", toma título) contiene casi en su totalidad ruido de fondo analógico con algún sobresalto estridente, bastante interesante en general. De Maladaptive Daydreaming existe una versión demo el doble de larga, aunque el original ya cumple bien su cometido: seguir aturdiéndonos con su negrura y sus efectos sonoros desasosegantes como de animales grotescos. Breaking the Silence of the Soul ("Rompiendo el silencio del alma") es otra progresión de ruidos y fondos difusos, igualmente impactante que lo anterior aunque no necesariamente distinta, salvo por un tramo final escalofriante; y finalmente la larguísima Rites of Death, que es más de lo mismo pero más largo y profundo. Estoy seguro de que tras varias escuchas resultará más fácil encontrar detalles distintivos entre los temas, aunque al principio todo suena como si fuese un solo corte, salvo quizá el tema inicial.

NREM es, en resumen, una puerta tenebrosa que no sabemos si queremos atravesar, un viaje en medio de la oscuridad hacia quién sabe qué sentimientos lúgubres. Dante se habría sentido identificado. Lánzate si te atreves, pero yo no me hago responsable de lo que halles al final de ese sendero.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Las sinfonías de los planetas.

Portada del estuche con la colección completa, en 5 CDs.

No creo que haya comentado nunca una obra musical que se ajuste de forma tan perfecta al título del blog. Y lo de "obra musical" es aquí más discutible que nunca, considerando que se trata de una grabación de campo realizada por las sondas espaciales Voyager, con arreglos (llamémoslos así) de la NASA. 

¿Y qué rayos es esto? Pues se trata literalmente de la música de las esferas que Platón, Cicerón, Kepler o Newton intuyeron desde el punto de vista de la ciencia. La vida imita al arte, y resulta que los planetas emiten ondas que pueden ser registradas como sonidos audibles por el ser humano. Los campos electromagnéticos de las atmósferas, el viento solar, el plasma del vacío interplanetario, las gigantescas mareas de la gravedad en los gigantes gaseosos y sus lunas heladas más allá del cinturón de asteroides...  todo ello fue dejando una impronta sonora en los sensores de las sondas Voyager durante las décadas de los setenta y ochenta mientras se aproximaban poco a poco hacia el vacío interestelar, fuera de nuestro Sistema Solar, en el que se encuentran ahora. No perderemos del todo el contacto con ambas sondas hasta alrededor de 2025, y de momento ya han llegado mucho más allá de lo que cualquier ser humano puede siquiera imaginar. Alguien tuvo la feliz idea de editar estos sonidos para crear estas extrañas sinfonías que son el summum total de la música concreta.

Portada del primer CD, en la edición individual. ¿Se vendieron por separado los 5 CDs?

Escuchar las largas grabaciones contenidas en esta colección pone los vellos como escarpias, ya que los sonidos reales del espacio parecen surgir de ese mundo eternamente solitario y abismal con la misma capacidad "relajante" que poseen esos sonidos de ballenas y oleajes que todos conocemos de la new age de toda la vida. Pero aquí los zumbidos, los chasquidos de estática, los vientos que llegan y se van, están producidos por esferas tan enormes que nuestro planeta cabe en su interior varias decenas de veces, por el sutil y perfecto roce que los astros producen al vagar por sus invisibles raíles en el vacío. Sé que me estoy poniendo dramático, pero aseguro que la cosa es para tanto, y para mucho más.

Escuché estas sorprendentes grabaciones gracias al desaparecido blog Zamboni Soundtracks, hace un par de años, y desde entonces he estado preguntándome si debía reseñar en mi página unos álbumes que ni siquiera sabía si los lectores podrían conseguir. He confirmado que Symphonies of the Planets (1992) está descatalogado, pero veo que es muy fácil de descargar en multitud de sitios web, así que os invito a descubrir la colección en su totalidad. Es impagable, e incluso produce vértigo.

El disco de oro de las sondas Voyager.

Como curiosidad, recordar que las sondas Voyager 1 y 2 llevan acopladas en sus carcasas dos placas de oro en forma de disco, con grabados que "envían un saludo" a otras civilizaciones que puedan interceptarlas durante su viaje, idea de un comité científico presidido por Carl Sagan. La curiosidad a la que me refiero es que las sondas contienen también un muestrario de sonidos de nuestro planeta en la otra cara del disco, tanto naturales como musicales (música clásica y étnica, sobre todo, para que esas otras civilizaciones nos conozcan mejor) que se reproducen como un LP convencional, y no deja de ser interesante que el universo, al menos su parte no habitada, ya nos ha enviado a cambio su propia música. En Spotify tienen un buen trozo, y en YouTube puede escucharse buena parte (tal vez la totalidad) de las grabaciones, como por ejemplo esta muestra:

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Marc Broude - MEDICINE


1. Mineral Water (4:12)
4. Happy Like Jazz (7:48)
5. For the Flies (5:55)
6. War of the Worlds (6:25)
7. Muerte (6:44)

El joven músico norteamericano Marc Broude, un artista de vanguardia musical en pleno crecimiento, se puso en contacto conmigo hace unos días para enviarme un enlace a su álbum Medicine (2009) y proponerme que comentara su música en este blog. Lo hago felizmente por tres motivos: que me encanta que alguien me envíe su música para analizarla por aquí; que su música se ajusta perfectamente al concepto un poco vago de "otras músicas" que solemos manejar en el blog; y que, francamente, Medicine me parece un trabajo muy interesante.

Se podría decir, para situarnos al menos, que Medicine encaja de forma no del todo exacta -pero suficiente- en el género llamado "dark ambient". No es igual a otros trabajos aquí comentados como alguno de Lustmord, pero tiene cosas en común: una apuesta por la creación de oscuros paisajes musicales que se autodefinen espacialmente, una aproximación interesante a la música concreta y un gusto evidente por juguetear con el mismo concepto de música. Las piezas de Medicine... ¿realmente son obras musicales? ¿O se trata más bien de experimentos sonoros? La verdad es que las opiniones pueden divergir, pero yo pienso que es música propiamente dicha, sobre todo porque hay alguna tenue estructura cuasi-jazzística que evita el mero carácter de "ruido fascinante" que planteamientos como los de esta obra de Broude podrían suscitar. 

Marc Broude

La verdad es que la escucha de este álbum no es precisamente fácil. Requiere concentración y atención exclusiva, sobre todo si queremos apreciar la complejidad de cada pieza, los ruidos (naturales o artificiales) ocultos con mayor o menor relevancia, los sonidos de baja frecuencia, las pinceladas de música industrial, los sofisticados collages de estudio... no hay muchos sonidos reconocibles en Medicine, aunque sí que podemos escuchar alguna campana, piano, violín, sintetizadores, bajo y algún sonido vocal humano, amén de un sample de la famosa transmisión de Orson Welles de La guerra de los mundos. No diría yo que los títulos de los temas ayuden demasiado a sacar nada en claro, salvo quizá en este último caso.

¿Y esto cómo se come? Yo recomiendo una escucha con mente abierta, teniendo en mente que no es música convencional, sino algo absolutamente radical, complicado y retador. Lo que vale es la experiencia, más que la valoración posterior sobre las cualidades musicales-no musicales del trabajo. Para descubrir.

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Qué es la música concreta?

Inusual escenario para un concierto.

La "música concreta" ("musique concrète") se define a sí misma como opuesta a la música "abstracta", esto es, contraponiendo la música que se escribe con notas sobre el papel mediante un lenguaje arbitrario y abstracto -las notas escritas no son música en sí mismas, sino una representación gráfica- con una forma de creación sonora que se nutre de grabaciones extraídas de la realidad no estrictamente musical, piezas que son, por lo tanto, irrepetibles e imposibles de plasmar fielmente sobre el papel. Para entendernos, una pieza de música concreta es tan única como una obra de arte: Miguel Ángel pudo haber publicado una guía de 10.000 páginas explicando cómo realizar los frescos de la Capilla Sixtina, y sin embargo nunca nadie va a poder hacer otra igual, porque la que pintó él es LA Capilla Sixtina.

Esta concepción es la auténticamente definitoria de este movimiento artístico, no tanto lo que resulta más evidente al oyente casual: los ruidos de voces, de tráfico, de objetos que nada tienen que ver con instrumentos musicales, mezclados y distorsionados de mil maneras, con complicadas manipulaciones magnetofónicas, bucles y filtros de todo tipo. Ni suele haber un ritmo claro, ni una melodía definida... Ni siquiera se pone todo el mundo de acuerdo en que la música concreta sea música.

Pierre Schaeffer (1919-1995)

El padre de la criatura, al menos el que se nombra oficialmente como tal, fue el francés Pierre Schaeffer. Junto al compositor y percusionista Pierre Henry, utilizaba grabaciones de archivo de la radio francesa para realizar sus complicados experimentos de laboratorio, en los que tenía cierto peso el sintetizador y los instrumentos "ortodoxos", pero siempre supeditados al fin último de la alquimia futurista de Schaeffer: dejar al margen la música como sucesión y combinatoria de notas, huir del do-re-mi-fa-sol, en uno de los intentos más serios y extremistas de renovación de la música culta en el siglo XX. Aquella escuela fue bautizada como Groupe de Recherche de Musique Concrète, o "Grupo de Investigación de la Música Concreta", conocido con las siglas GRMC. La Wikipedia menciona la obra Estudio para locomotoras como representativa de la música concreta, aunque merece la pena recordar otros títulos ilustrativos del género como Sinfonía para un solo hombre, Cinco estudios de ruidos, Estudio de sonidos animados o Estudio de torniquetes. A continuación, un clip documental (en inglés), con algunas técnicas básicas de creación de música concreta:


Muchos de aquellos revolucionarios musicales del pasado siglo solían aparecen en imágenes en las que se asemejaban a físicos a punto de ganar el premio Nobel, impecablemente vestidos con trajes de chaqueta y rodeados de muros de botones y cables. Nada olía en ellos a contracultura. Quizá era lo que estaba de moda entre muchos científicos de aquella época de investigación febril en la carrera espacial y armamentística, de ansiedad frente a lo impredecible de la Guerra Fría y las posibilidades aterradoras de la energía atómica, si bien aquí los experimentos se llenaban de imaginación y fantasía, y no de planes secretos para la mutua aniquilación de las superpotencias. Esto me hace pensar que, de alguna manera, los músicos que comenzaron a despuntar en los '40 y '50 son en buena medida paralelos en su visión artística a aquellos otros artistas de la llamada Generación Beat que se enfrentaban a lo establecido en busca de formas de expresión un tanto nihilistas. El mismo Pierre Schaeffer se esforzó en expandir la idea de que su música concreta no era una disciplina férrea y exclusiva, sino todo lo contrario: la música entendida como juego, como divertimento en el que caben la improvisación y la intuición.

Una pieza de Schaeffer. Advertencia: es verdaderamente rara.

A Schaeffer y sus ideas le deben mucho la mayoría de artistas sobre los que suelo hablar en este blog. Desde la utilización de sampleados hasta la inclusión de sonidos de la naturaleza en grabaciones musicales, todo ello tiene en mayor o menor medida una conexión con los trabajos que Schaeffer y Henry realizaron en su visionaria carrera por derrumbar la música tal y como la conocíamos hasta entonces, en busca de un arte que habría de consistir más en la manipulación del sonido como fenómeno físico que en la vieja dependencia del solfeo y los instrumentos. Entre los estudiantes que apadrinó Schaeffer en su GRMC se encontraba, por cierto, un joven Jean Michel Jarre, que muchos años después aplicaría lo aprendido en obras tan populares como Zoolook y dedicaría Oxygene 7-13 a su maestro.

Una pieza de Pierre Henry de finales de los '60. Y me suena de algo.
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