viernes, 25 de diciembre de 2015

John Williams - STAR WARS: THE FORCE AWAKENS


1. Main Title and The Attack on the Jakku Village (6:26)
2. The Scavenger (3:40)
3. I Can Fly Anything (3:11)
4. Rey Meets BB-8 (1:31)
5. Follow Me (2:55)
6. Rey's Theme (3:11)
7. The Falcon (3:32)
8. The Girl with the Staff (1:59)
9. The Rathtars! (4:06)
10. Finn's Confession (2:09)
11. Maz's Counsel (3:08)
12. The Starkiller (1:51)
13. Kylo Ren Arrives at the Battle (2:01)
14. The Abduction (2:25)
15. Han and Leia (4:41)
16. March of the Resistance (2:36)
17. Snoke (2:03)
18. On the Inside (2:06)
19. Torn Apart (4:19)
20. The Ways of the Force (3:15)
21. Scherzo for X-Wings (2:32)
22. Farewell and The Trip (4:56)
23. The Jedi Steps and Finale (8:52)

Cuando John Williams firmó su última partitura para la saga Star Wars, La venganza de los Sith (2005), nos quedamos con la impresión de que, por mucho que nos quejásemos de las muchas malas decisiones de George Lucas, la presencia del compositor en la trilogía de precuelas había merecido la pena. Es cierto que, en términos generales, muchos de los temas de aquel segundo arco argumental eran algo más propios del cine de acción-aventuras que del universo puramente fantástico de la trilogía original; y aun así, la música de Williams demostró ser uno de los pocos elementos de las precuelas que estuvieron a la altura de lo esperado. 

En los últimos años, el compositor ha ido limitando cada vez más sus trabajos para el cine, sobre todo porque la edad no perdona y en los últimos tiempos ha tenido más de un achaque importante que le ha obligado a cancelar o posponer compromisos. A excepción de su partitura para La ladrona de libros (2013) sus trabajos fílmicos han sido solo para Steven Spielberg, y eso que la última película de éste, El puente de los espías, ha contado con música de Thomas Newman. Cada vez que John Williams trabaja en una nueva película, en fin, nos hace un regalo del que podemos estar agradecidos sin reservas. Dispuesto a contentarme con unas pocas migajas del Williams de antaño, confieso que no esperaba encontrar algo tan satisfactorio como El despertar de la Fuerza.

Portada de la edición limitada.

En realidad, yo era el más escéptico del mundo en lo que se refería al estreno de una nueva trilogía de Star Wars. George Lucas acabó harto de ninguneos y sollozos de fanboys, y la venta de su "alma" Lucasfilm a la pérfida compañía Disney parecía el último reniego que el cineasta hacía al proyecto de su vida. No supe qué pensar cuando se anunció que los del ratón -que viven en un erial creativo desde los noventa- iban a lanzar una nueva trilogía galáctica, aunque debo decir que la presencia de J. J. Abrams en la dirección elevó bastante mis expectativas. Habría sido legítimo que Abrams hubiese llamado entonces a su músico de cabecera, el estupendo Michael Giacchino para su Episodio VII, y el anuncio de que John Williams volvería a la carga fue una relativa sorpresa. Rebajó un poco el vapor, eso sí, el saber que no estaría a la batuta de la London Symphony Orchestra, sino de una formación reunida para la ocasión, y la conciencia de que algunos de los temas no estarían dirigidos por él mismo, sino por su amigo personal Gustavo Dudamel.

El estreno de El despertar de la Fuerza hace una semana ha despejado todas las dudas. No solamente estamos hablando de una película vibrante e inteligente a la hora de despertar la nostalgia y sorprender con novedades de peso; también nos devuelve a un John Williams en tan buena forma que me he quedado pasmado. Resulta que El despertar de la Fuerza, si bien se mueve como mínimo en los niveles de calidad musical de los episodios I, II y III, por momentos llega a rozar las bondades ya inalcanzables de las bandas sonoras de la trilogía clásica. ¿El secreto? El mismo que J. J. Abrams ha empleado para hacer triunfar su película: el sentido de la maravilla y el placer del (re)descubrimiento, que estuvieron tan tristemente ausentes en las precuelas. Williams ha devuelto a la música de Star Wars los tintes fantásticos cuasi-wagnerianos de sus orígenes.

John Williams y J. J. Abrams.

Componer una banda sonora para Star Wars es, en el fondo, seguir una estructura sencilla y bien conocida: la tremenda fanfarria inicial, uno o dos temas propios para la película de que se trate, presentados como piezas para concierto, buenos pasajes incidentales de acción bien coreografiada y, por supuesto, una suite que resuma las melodías anteriores para los créditos finales. Todo ello está presente en The Force Awakens, aquí no había dudas. Pero el maestro absoluto de la música de cine de todos los tiempos no podía limitarse a cumplir con el programa sin más. 

A partir de este punto, se revelarán detalles del argumento que tal vez prefieras no conocer todavía.

La fanfarria inicial, pese a no contar con el casual prólogo que era la sintonía de la 20th Century Fox, suena tan potente como siempre, e incluso con alguna pequeña alteración que la hace distinta. Al igual que sucedía en las primeras películas, variaciones de la melodía inicial vuelven a utilizarse en varios momentos, sobre todo para realzar la presencia de elementos ya míticos para los seguidores de la saga (Han Solo, el Halcón Milenario), y no tanto como el leitmotiv de Luke Skywalker que una vez quiso ser. En la nueva película, Luke aparece solo de forma testimonial, como cliffhanger, aunque las referencias a su persona -por ejemplo, a través del hallazgo de su sable láser azul, el que perdió en Bespin junto con la mano que lo empuñaba-, van acompañadas del tema de la Fuerza que todos conocemos, y que le aporta el misticismo adecuado.

Main Title and The Attack on the Jakku Village.

Los temas incidentales para las escenas de acción son maravillosos, tan potentes y elegantes como en las películas clásicas. El que sigue a los créditos iniciales, The Attack on the Jakku Village, es un buen ejemplo del tono amenazador del que Williams dota al Lado Oscuro en la película. Aquí escuchamos también el breve pero acertado leitmotiv para el nuevo villano Kylo Ren, con cinco simples notas (minuto 4:20 del YouTube de arriba) que suenan como un puñetazo en la mesa si las comparamos con la pobreza creativa de que hacen gala hoy en día algunos músicos de cine, camuflada de modernidad. Hay muchos temas de acción en la película, pero si tengo que quedarme con uno, me fijaría en The Falcon, el tema que acompaña la espectacular escena de persecución entre ruinas de naves imperiales en las dunas a bordo del Halcón Milenario. Recuerda, más en su espíritu que en su estructura, a aquel The Asteroid Field de El Imperio contraataca. No quiero dejar de mencionar el Scherzo for X-Wings (¿Nos acordamos del Scherzo for Motorcycle and Orchestra de Indiana Jones?) como pieza de acción fundamental, aunque en la película pasa más desapercibida entre naves y explosiones a cientos.

The Falcon

Lo más destacable del álbum, no obstante, es su sorprendente tema para la nueva protagonista de la saga, Rey. Aparece por primera vez en The Scavenger ("La carroñera"), toma forma completa en Rey's Theme como pieza para concierto, y nos deslumbra aquí y allá hasta la estremecedora Farewell and The Trip, que es, en términos generales, la pieza más emotiva del álbum. El tema de Rey se inicia con una serie de notas que casi quiere recordar a algún spaghetti western de Morricone, aunque después adquiere una epicidad que la asemeja de algún modo a aquel Anakin's Theme que era la joya de La amenaza fantasma. Nótese que el planteamiento del tema de Rey es precisamente el que da título a la película: el despertar de la Fuerza. En ambas piezas nos encontramos ante personajes muy jóvenes, un niño y una chica adolescente, ambos inquietos y prometedores como pilluelos de un libro de Dickens, si bien algunas pinceladas melodramáticas de la melodía para Anakin le pronostican un destino trágico, mientras que el tema de Rey, vibrante y expansivo, es una promesa de heroísmo. Este tema es una exquisitez, pura dulzura y evocación de aventuras por venir. El Lado Luminoso de la Fuerza es poderoso en él.


Rey's Theme

Un segundo tema que es presentado en su formato de concierto es March of the Resistance, cuyo título sugiere un contrapunto positivo para la sempiterna The Imperial March. El nuevo tema sale perdiendo en este caso, sobre todo porque el Williams de hoy en día es menos melódico, menos "cantabile" que el de antes, y busca mucho más juego en la textura de la pieza que en su poder para quedar en la memoria como icono mainstream. El tema recuerda un poco al John Williams de temas bélicos patrióticos como la marcha de 1941, y a piezas militares de tradición británica en sentido amplio, aunque esta es una composición mucho más abigarrada y estruendosa que lo que podría escucharse en un desfile de veteranos. En fin, que si la marcha imperial era digna de unos nazis de tebeo, la marcha de la resistencia recuerda más bien al bando de los aliados, héroes de mandíbula cuadrada de revista pulp como el piloto de ala-X Poe Dameron.

March of the Resistance

Como no quiero extenderme más de lo necesario, haré breve mención a las inevitables referencias que hace Williams a sus personajes icónicos, acercándose en varios puntos al tema de amor entre Han Solo y Leia de El Imperio Contraataca, y sobre todo al Princess Leia's Theme de la película primigenia, que adquiere connotaciones de gran amargura y fragilidad debido al mal trago que se lleva esta mujer al final de la película.

Y como epílogo al análisis musical mencionaré el tema Snoke, perfecto ejemplo de sutileza referencial. Este es el tema oscuro y coral que suena durante la aparición holográfica, al estilo del emperador Palpatine, del líder de la Primera Orden, algo así como el gran maestre de la nueva encarnación del Imperio. Es un personaje misterioso sobre cuya identidad se ha especulado muchísimo en foros (¿será en realidad Jar Jar Binks que busca venganza por tanto ultraje?), aunque si atendemos a la música que utiliza Williams nos podemos orientar: es prácticamente la misma pieza que escuchamos en La venganza de los Sith cuando Palpatine cuenta a Anakin la historia de un poderoso maestro Sith del pasado. ¿Será precisamente ese maestro, un viejísimo Darth Plagueis, quien ahora entrena a Kylo Ren bajo el apodo de Snoke? Si no eres un friki de Star Wars, es comprensible que esta teoría te traiga al fresco. Captado.

Snoke

Debemos suponer que, si la salud acompaña, John Williams volverá en los episodios VIII y IX, aunque con esta The Force Awakens se basta y se sobra para reivindicarse a sí mismo como un músico todavía en muy buena forma ante quien muchos de los músicos del Hollywood actual palidecen, tiemblan, se mean por la pata abajo. ¿Qué es lo que nos gusta tanto a los seguidores de Williams? Es tan sencillo como que este señor ha impuesto una forma ya no de entender la música de cine, sino de enfrentarse emocionalmente al medio fílmico en su totalidad. Desde sus años de mayor influencia popular, a finales de los años setenta y principios de los ochenta, estableció una forma de afrontar la composición de música para películas que, por muy bienvenidos que sean los experimentos de otros grandes artistas, sigue estando tan vigente que continúa haciéndonos vibrar cuando nos sentamos en la butaca del cine. Y cada vez será más de tarde en tarde, así que disfrutémoslo mientras podamos. Tan invasivo, manipulador y arquetípico como queramos, John Williams sigue en la cima.

The Jedi Steps and Finale

Un apunte: el disco se ha publicado en tres ediciones: una normal, otra con el título Star Wars en relieve, en digipack, y otra (limitada, y creo que escasa) con trocitos del cartel original insertados en el título. De nuevo en el puñetero digipack que cada día me gusta menos. Todas contienen la misma música, así que cada cual decida la que le interesa sin preocuparse por lo verdaderamente importante.

martes, 8 de diciembre de 2015

Esa musiquilla en mi cabeza, capítulo 3: "ROULETTE"

Portada del single.

Hace tiempo comentamos aquella simpática colección llamada Synthesizer Greatest, obra de Ed Starink que versionaba diferentes temas fundamentales de la música instrumental, sobre todo electrónic music y algo de new age y tecno pop. Pues bien, fue en el segundo volumen de la saga donde me encontré por primera vez con el interesante tema del que vamos a hablar: Roulette (1983), del dúo Future World Orchestra. No es un tema que todo el mundo conozca, pero el propósito de esta serie de entradas es también divulgativo.

Roulette

A caballo entre el tecno pop y la electrónica planeadora instrumental, Roulette tuvo un moderado éxito popular gracias precisamente a eso, a que suena como el eslabón perdido entre Oxygene y el tema de Miami Vice. El dúo Future World Orchestra estaba formado por Gerto Heupink y Robert Pot, ambos holandeses, y lograron colar unos cuantos temas más en listas de éxito a comienzos de los ochenta, pese a que hoy en día son muy poco recordados. Llegaron a grabar dos álbumes que actualmente gozan de cierta pátina mítica: Mission Completed (1982) y Turning Point (1983), hasta ahora -que yo sepa- inexistentes en formato CD. Es de justicia reivindicar su obra, pese a que la versión bailable que hicieron del tema de E.T. merece castigo físico. Es broma.

El tema de E.T., en vídeo.

El caso es que, de los cinco o seis títulos que fueron éxitos para el dúo, Roulette es con diferencia el que más merece reivindicación, sobre todo porque ha envejecido mucho mejor que sus temas cantados (Desire es un ejemplo). No es solo a causa del carácter atemporal, por naturaleza, de la música instrumental; es también porque en aquellos años había grupos que, siento decirlo por si algún fan se nos enfada, hacían cosas muy parecidas pero mucho mejores en el campo pop. Era más difícil destacar ahí. En todo caso, Roulette, como decíamos, es una gozada gracias a su ritmo potente, a su buena utilización de arreglos cósmicos que no han perdido su atractivo con los años, y a una melodía interesante que fluye de maravilla.

Los dos álbumes de Future World Orchestra.

Roulette llegaría a ser incluso sintonía de una edición del Tour de Francia, uniéndose a tantos otros temas electrónicos que tuvieron aquel honor, nada desdeñable en los tiempos en los que había menos canales en televisión y todo contenido audiovisual alcanzaba a decenas de millones de espectadores. Uno de los componentes del dúo, Robert Pot, retomó el proyecto con el nombre reciclado de Futureworld Orchestra, aunque nunca repetiría aquellos momentos de gloria ochentera. En su álbum Regenerated (2010) se incluye una versión regrabada de Roulette

jueves, 26 de noviembre de 2015

Enya - DARK SKY ISLAND


1. The Humming (3:42)
2. So I Could Find my Way (4:25)
3. Even in the Shadows (4:13)
4. The Forge of the Angels (5:12)
5. Echoes in Rain (3:33)
6. I Could Never Say Goodbye (3:28)
7. Dark Sky Island (4:56)
8. Sancta Maria (3:50)
9. Astra et Luna (3:20)
10. The Loxian Gates (3:33)
11. Diamonds on the Water (3:33)

Enya vive en un castillo que está dentro de otro, que a su vez está dentro de otro, que está dentro de otro... El castillo real, Manderley, se encuentra en Dublín. Allí trabajan -y creo que también viven- junto a Enya Roma Ryan y Nicky Ryan, sus letristas y colaboradores para cualquier cosa. La inclasificable cantante irlandesa, desde hace muchos años considerada como la más perfecta encarnación personal que ha dado la música new age en sentido amplio, es conocida entre otras cosas por su escasa presencia en actos públicos. Es verdad que suele conceder entrevistas para promocionar sus álbumes y ha realizado algunas actuaciones en televisión, aunque nunca ha hecho nada parecido a codearse con el star system o darse baños de multitudes. La rodea un castillo de privacidad que protege tras sus muros todo lo relacionado con su vida personal, y ella misma subraya su empeño por hacer destacar su música por encima de su persona. Es difícil cuando se llevan ochenta y tantos millones de discos vendidos.

No sabemos cuál será el éxito comercial de su nueva música... Dark Sky Island, lanzado hace una semana, es el primer álbum que publica desde el ya lejano And Winter Came... (2008), un disco que, sin desmerecer, carecía de la magia de sus trabajos clásicos y acusaba un cierto desgaste creativo. Se nota que Enya no ha querido volver a publicar temas nuevos hasta hacer algo que de verdad mereciese la pena, y el álbum que nos ocupa es prueba de ello. Dark Sky Island es digno de la mejor Enya, la de Watermark y Shepherd Moons, solo que más madura y capaz de seguir explorando su propio estilo a base de delicadeza sonora y perfección casi obsesiva. Salvo por la carencia del efecto sorpresa de sus primeros tiempos, el nuevo álbum es tan bueno como el mejor. Así de sencillo. 

Contraportada de la edición sencilla.

Siempre podemos insistir en la impresión superficial que tenemos de que su música no cambia, pero nos estaríamos equivocando, porque Dark Sky Island tiene un sonido propio, algo más oscuro que lo habitual, más sutil en las instrumentaciones, menos abigarrado. Dentro de ese castillo imaginario del mundo musical de Enya hay un comedor donde celebran festines héroes y reinas del mundo celta, un torreón donde pululan poetas viajeros y soñadores de toda índole, un patio verde y florido habitado por hobbits y elfos y un gran salón donde siempre es Navidad. En Dark Sky Island, Enya abre las puertas de un observatorio astronómico desde el que mirar las estrellas en silencio, sin distraerse con el trasiego de los seres anteriores, aunque estas estancias forman parte del mismo castillo. Y queremos visitar ese castillo, recorrerlo con la ilusión de los niños en sus juegos. 

Según se ha dado a entender, Enya ha hecho algún que otro viaje en los últimos tiempos. El álbum se sustenta, según su autora, en la idea de los viajes, los geográficos y los vitales. Es de suponer que Enya ha estado en Sark, la isla del Canal de la Mancha que es conocida por su escasa contaminación lumínica, y que es por lo tanto un lugar perfecto para observar las estrellas. El título del CD y parte de su contenido se inspiran en aquel lugar. También podemos suponer que esta señora, que anda por los 55, está en ese momento vital en el que todos miramos un poco hacia atrás para hacer balance del camino recorrido. Hay mucho sobre lo que construir un álbum sólido pero, no obstante, dice verdad Enya cuando explica que Dark Sky Island no es un álbum conceptual. Admito que por lo menos yo no encuentro un sentido de unidad temática en él más allá de su tono musical tirando a sobrio, pero lo mismo sucedía con sus trabajos clásicos, entre los cuales tampoco era sencillo vislumbrar desarrollos conceptuales más allá de lo ofrecido en el sublime A Day Without Rain (2000), que se centraba en las estaciones del año.

The Humming

Toca un análisis. El disco se abre con The Humming ("El murmullo"), un tema rápido y épico, de los que gustan a la primera. Se inspira en la evolución del universo a escala cósmica. Después entramos en el delicado So I Could Find my Way ("Para que encontrase mi camino"), uno de esos temas melódicos que son casi canciones de cuna para soñadores empedernidos, y que contiene momentos de belleza arrebatadora. Se inspira en el amor y el recuerdo hacia los seres queridos. Even in the Shadows es todo un descubrimiento, un tema ágil y muy moderno en el que el ritmo marcado lo aporta el bajo del también irlandés Eddie Lee

Even in the Shadows

Echoes in Rain

The Forge of the Angels es un tanto ingenua en su fresco de ángeles forjando armas entre rudos cánticos y nubes algodonosas, aunque funciona muy bien en este punto del álbum. Echoes in Rain ("Ecos en la lluvia"), que salió a la luz como adelanto del disco, es un tema comercial en la línea de los grandes éxitos de Enya, una canción de ritmo potente y melodía sencilla pero eficaz. I Could Never Say Goodbye ("Nunca pude decir adiós"), si bien no es un tema pegadizo, sí que destaca positivamente por el magnífico ejercicio vocal que supone, con notas muy altas que desafían al máximo las habilidades de la cantante. Dark Sky Island ("Isla de cielo oscuro"), el corte homónimo al álbum, contiene las primeras letras en loxian (el idioma inventado por Roma Ryan) desde Amarantine (2005), en este caso con temática espacial. Sancta Maria, pese a que la repetición de las palabras de su título le dan al final un toque en exceso eclesiástico, es una exquisitez en lo referente a su instrumentación.

El vídeo oficial de So I Could Find my Way.

Astra et Luna es otro tema elegante y efectivo, de nuevo sobre tema astronómico. The Loxian Gates ("Las puertas loxian") recuerda al exotismo de Storms in Africa, otra vez con un sonido que apunta a los tiempos clásicos de Enya. Y el álbum se cierra con Diamonds in the Water, una balada muy delicada que deja un exquisito sabor de boca. Es cierto que la primera mitad del disco es más potente que la segunda, pero no hay contenidos de relleno, sino, en todo caso, algunos temas un poco menos deslumbrantes que otros. Quien quiera prolongar la experiencia puede acudir a la jugosa edición deluxe, que contiene otros tres temas: Solace, Pale Grass Blue y Remember Your Smile, todos magníficos, aunque me llama mucho la atención el toque sencillo y folk del tercero. Con franqueza, no veo el por qué de considerarlos temas extras, a la vista de que tanto su nivel de calidad como su sonido son afines al conjunto del álbum.

El último castillo del que hablaremos, para concluir, es el de la fidelidad a sus millones de admiradores, que con Dark Sky Island permanece inamovible. Enya ha sido capaz de ofrecer un elaborado e inspirado nuevo trabajo que no suena manido, y que a la vez es plenamente reconocible. No se ha bajado del burro, y contra todo pronóstico (incluyendo el mío, bastante pesimista hasta hace poco) la jugada le ha salido redonda. Tenemos Enya para mucho tiempo, y eso es motivo de alegría.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Jean-Michel Jarre - ELECTRONICA 1: THE TIME MACHINE


1. The Time Machine (con Boys Noize) (3:52)
2. Glory (con M83) (3:56)
3. Close Your Eyes (con AIR) (6:25)
4. Automatic Pt. 1 (con Vince Clarke) (3:09)
5. Automatic Pt. 2 (con Vince Clarke) (2:59)
6. If...! (con Little Boots) (3:13)
7. Immortals (con Fuck Buttons) (4:24)
8. Suns Have Gone (con Moby) (5:55)
9. Conquistador (con Gesaffelstein) (3:09)
10. Travelator (Part 2) (con Pete Townshend) (3:10)
11. Zero Gravity (con Tangerine Dream) (7:12)
12. Rely on Me (con Laurie Anderson) (2:54)
13. Stardust (con Armin Van Buuren) (4:37)
14. Watching You (con 3D de Massive Attack) (4:09)
15. A Question of Blood (con John Carpenter) (2:58)
16. The Train & The River (con Lang Lang) (7:13)

Fue a principios de los noventa cuando por primera vez llegó a mis manos un casete con música de Jarre en plan popurrí. Su imagen, la de un tipo chulete de amplia sonrisa y pelazo que me recordaba al mago David Copperfield (un poco mago también era) y que hacía unos conciertos espectaculares estaba en mi cabeza desde muchos años antes. Por entonces no era muy aficionado a la música, a ninguna, pero aquellos temas cósmicos me sonaron a gloria. Estaban llenos de imaginación y creatividad, y aunque eran fáciles de digerir para un indocumentado musical como yo, sonaban muy distintos de cualquier otra cosa que hubiese tenido en mis manos hasta entonces. Me convertí en seguidor de Jarre y fui consiguiendo -y disfrutando de- su discografía en CD.

Llegué a hacerme con su Oxygene 7-13 (1997) nada más salir, ya como fan suyo, pero su siguiente álbum, Metamorphoses (2000) tomaba un rumbo que no terminé de reconocer, calidades aparte. Desde entonces, como ya he comentado en otras entradas, Jarre anda buscando dentro de sí mismo una nueva identidad como músico, más acorde con los tiempos, y si bien no puedo dejar de defender a cualquier artista que luche contra su propio estancamiento, no puedo dejar de sentir que los conceptos que movían al gran Jean Michel Jarre de sus mejores tiempos todavía no habían caducado cuando él decidió cortar por lo sano con todos ellos.

Contenido de la edición Fan Box (misma música y unos cuantos ítems de coleccionista).

Aquí tendríamos que recordar también el brote, más repentino que paulatino, de la música electrónica de consumo, en general prosaica y utilitarista, a partir de ciertos postulados técnicos de la "electronic music" cósmica previa, cosa que sucedió en algún momento en la segunda mitad de los ochenta. No sé si es solo una impresión personal, pero siempre me ha parecido que el género electrónico cósmico y la electrónica pop de baile son dos géneros totalmente distintos. Cuando uno escuchaba un álbum como Equinoxe, lo que buscaba era el viaje mental, el pelotazo de imaginación futurista, el apartarse de lo mundano de la radiofórmula y los ídolos efímeros y forracarpetas de la SuperPop. Hoy en día existen compositores electrónicos que se dedican a la música de baile, pero en general este rol es desempeñado por el DJ, un señor que, aun siendo merecedor de todo nuestro respeto, es mucho más un gestor de la obra ajena que un creador por derecho propio. Pone música y la va mezclando mientras nos bebemos unas copas e intentamos acercarnos a esas mujeres que quizá nos miran de reojo.

El trailer.

Siguiendo con lo anterior... ¿Por qué deseaba tanto Jean-Michel Jarre bajarse del burro, aun sabiendo que precisamente seguir en sus trece con la música cósmica le habría mantenido entre algodones? ¿Por qué la necesidad de simplificarse, en fin, de empeorar para adaptarse a un campo musical que no solamente no es el suyo, sino que es a todas luces más pobre, más limitado desde cualquier óptica creativa? Como no creo que sea una cuestión de dinero, sigo pensando en su miedo a envejecer, a convertirse en un fósil, y en su necesidad de seguir vigente ante un público joven, (lamento mucho decirlo) mucho menos exigente y que concibe la música como un rutinario bien consumible. Es posible que Jarre solamente quiera postularse como un improbable eslabón perdido entre ambos estilos electrónicos, el cósmico y el fiestero, el segundo hijo bastardo del primero, haciendo poco menos que revisionismo histórico en favor de su persona mediante su último trabajo. Lo peor del producto resultante es que, si bien es verdad que no todos los artistas invitados pertenecen a la segunda concepción de la electrónica (ahí tenemos al mismísimo Edgar Froese, a quien está dedicado el disco), se percibe que Jarre se decanta mucho más por ésta, trivializando cualquier atisbo sinfonista o conceptual para adaptarlo al formato fast-food de iTunes. Fuera de la edición básica del disco queda el Continuous Mix, una versión del álbum entero con todos los temas sin pausas entre ellos, enlazados, que tiene algo más de carisma aunque sea más bien artificial.

Diseño de la contraportada.

Todo esto es lo que me planteo al manejar Electronica 1 con el omnipotente mando de la minicadena en la mano. Es un disco concebido para los teóricos actuales consumidores de música popular comercial: la estructura de los temas es en general predecible y estática, no hay ningún hilo melódico conductor obvio que contribuya a la coherencia narrativa sonora del álbum, no hay temas demasiado experimentales o extensos... Electronica 1 está hecho para bajártelo. Lo siento en el alma, pero sí: es carne de torrent, un disco excelente para llevar en tu teléfono y escuchar sin prestarle mucha atención mientras sales a correr o viajas en autobús. Lo consumes hasta que te aburres de él y luego lo borras para siempre de tu dispositivo y de tus recuerdos. Ni siquiera el estuche digipack en el que se vende, aburrido y utilitario a más no poder, puede convencer a quien se sienta atraído por aquello del fetichismo coleccionista.

Un vídeo con el "cómo se hizo".

Y es una pena, porque Electronica 1, tras varias escuchas, resulta ser un disco muy meritorio. Efectivamente, tal como muchos han dicho, es lo mejor que ha publicado Jarre en este siglo. El planteamiento que hizo el francés es sin duda interesante: contactar personalmente con una serie de personajes destacados de la electrónica de ayer y hoy, hacerles llegar un esbozo del tema para el que se requiere su colaboración, y publicar juntos los resultados en dos volúmenes extensos aunados por una producción maravillosa. El segundo disco saldrá en 2016. Lo malo es que, en vez del prometido recorrido por la historia de la música electrónica que se anunciaba, el CD parece mucho más un recopilatorio tipo "greatest hits" que un nuevo álbum al uso, y en muchos de los temas la presencia del recopilador Jean-Michel es solo anecdótica. Hay un retazo de Oxygene por aquí, una pincelada de Metamorphoses por allá, una salpicadura de Zoolook... y Jarre está pero no está. Hay que buscarle haciendo un esfuerzo para el que no todos los aficionados a su música tienen paciencia, y su presencia (en el 90% del álbum) no es mayor que la que en cualquier otro caso habría tenido un simple productor o un ingeniero de sonido de esos de prestigio. Jarre es a Electronica 1, a nivel sonoro, lo que Phil Spector a Let It Be o Alan Parsons a The Dark Side of the Moon.

Contenido de la edición Deluxe (misma música, más trastos y todo en color dorado).

Pero no pretendo dejar la impresión de que mi crítica es solo destructiva. Hay momentos estupendos en Electronica 1. Mis favoritos son las colaboraciones con Air (Close Your Eyes), Fuck Buttons (Immortals) y Little Boots (If...!). No están mal los temas junto a Boys Noize (The Time Machine, quizá el tema más Jarre del CD), Armin Van Buuren (Stardust), 3D de Massive Attack (Watching You), M83 (Glory) y el inesperado Lang Lang (The Train & The River). A las tan celebradas intervenciones de Moby (Suns Have Gone) y Tangerine Dream (Zero Gravity) parece faltarles algo de chispa, aunque no están nada mal. Lo demás, salvo quizá la simpática presencia de John Carpenter en un tema tipo película "slasher" ochentera (A Question of Blood), cumple, no estorba, pero no tiene un excesivo interés si lo sacamos del contexto del álbum. Que conste: el balance general es de notable alto para arriba.

Glory

If...!

La discografía de Jarre está mucho mejor con Electronica 1 que sin él, eso que quede claro, y falta hacía algo tan bien realizado -y tan sólido- tras el fiasco de Téo & Téa (2007), pero no puedo evitar estar un poco enfadado por lo que podría haber sido y no es. Esto no es un nuevo disco de aquel Jarre, nuestro añorado Jean-Michel, sino una exhibición de colorida pirotecnia, un ejercicio de autoafirmación que le pone de actualidad otra vez. Siempre defenderé a los artistas que innovan, que evolucionan, que se arriesgan, y Jarre lo ha hecho incluso en los viejos tiempos donde su genio era indiscutido. No podemos decir, por lo tanto, que un trabajo como este nos haya pillado por sorpresa. Pero no sé por qué millones de aficionados no pueden esperar que su músico preferido les dé algo más cercano a lo que desean, a lo que en su momento les cautivó de él. Quiero viajar al espacio con su música, quiero sentir que estoy disfrutando de una experiencia de inmersión completa, quiero asombrarme con la progresión de sus texturas, con la alternancia de la luz y la oscuridad, quiero flotar en la sofisticada y fría elegancia de sus ritmos aéreos. Pero mi pensamiento recurrente en este momento es grabarme el entretenidísimo Electronica 1 en un CD mp3 para escucharlo en el coche, cosa que jamás habría hecho con uno de sus álbumes clásicos.

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