martes, 15 de noviembre de 2011

Ryuichi Sakamoto de gira por España.

Ryuichi Sakamoto

El compositor japonés Ryuichi Sakamoto, uno de los artistas predilectos de esta web, se encuentra en estos momentos de gira por nuestro país. Madrid (día 15 de noviembre), Barcelona (18), Cartagena (16) y Valladolid (20) serán las ciudades españolas en las que el autor ganador de un Oscar por El último emperador realizará conciertos "íntimos" al piano con sus grandes éxitos, acompañado por el violonchelo de Jaques Morelenbaum (le acompañó en su homenaje a Jobim, llamado Casa y comentado en el blog) y la violinista Judy Kang. Parece que su intención es recrear el álbum 1996, publicado en el año ídem.

La segunda intención de la gira, quizá la más importante, es presentar su autobiografía. España es uno de los países con más seguimiento popular de la obra de Sakamoto, sin contar con que fue él quien compuso la música oficial de la ceremonia inaugural de Barcelona '92, y la banda sonora de Tacones lejanos, de Almodóvar. No es de extrañar que sea uno de los primeros países en los que saldrá a la venta el libro. 

Portada del libro.

Se titula La música os hará libres. Apuntes de una vida, y está escrito en colaboración con el periodista Masafumi Suzuki, quien le conoce desde la infancia y le entrevistó de modo exhaustivo para la ocasión. Sakamoto no solamente habla de su carrera personal desde la infancia y como músico de vanguardia dentro y fuera de la Yellow Magic Orchestra, sino que se hace eco de los profundos cambios que ha experimentado el país del sol naciente desde los años sesenta. Vivió en sus carnes la revolución ideológica de mayo del '68 mientras luchaba por hacer una música que no sonara exclusivamente japonesa; estuvo allí para beneficiarse del ascenso de Japón como potencia económica mundial en los '80 y el empuje que eso podía dar a la música hecha allí; e incluso presenció en persona los atentados del 11-S. 

Si alguno de los lectores del blog tiene la suerte de presenciar una de sus cuatro actuaciones en España, me encantará recoger sus impresiones y compartirlas con todos. Seguramente merezca mucho la pena.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Pink Floyd - WISH YOU WERE HERE


1. Shine On You Crazy Diamond (Parts I-V) (13:30)
2. Welcome to the Machine (7:31)
3. Have a Cigar (5:08)
4. Wish You Were Here (5:40)
5. Shine On You Crazy Diamond (Parts VI-IX) (12:31)

¿Alguna diferencia?

Siéntate, chaval. Coge un puro, son de los buenos. Lo último que publicaste, el disco ese, fue un pelotazo que te cagas. Yo creo... la compañía cree que ese es el camino, y confiamos en que puedas repetirlo. Tus compañeros tocan bien, y estáis en la cresta de la ola. Yo te sugiero grabar diez o doce canciones esta vez. Basta con que haya tres o cuatro pegadizas, como para sonar en la radio, y con el resto podéis hacer lo que os guste, esas cosas electrónicas vuestras. Os vais a forrar entre discos, actuaciones y demás, no queremos que terminéis quemados. ¿Estamos de acuerdo? Choca esos cinco. ¿Sabes? Vas a llegar lejos.

La perfección es tan difícil de alcanzar que el refranero ha terminado por asumir que alcanzarla es imposible. De lo mejor que producen la tecnología o el arte se suele decir que roza, que se acerca a la perfección, y probablemente sea con sinceridad en muchos casos. Pero hay momentos muy concretos en los que alguien lo logra, en los que se produce una confluencia improbable de circunstancias que dan lugar -poquísimas veces- a una obra perfecta, inmejorable dentro del contexto en el que surge; una obra maestra que no solamente satisface todas las expectativas de quienes la disfrutan, sino que ensancha las posibilidades de su propio campo creativo y lo cambian para siempre. El álbum de Pink Floyd Wish You Were Here (1975) es un ejemplo.

El nadador que se lanza y no salpica.

Chaval, no es fácil mantenerse en la cima mucho tiempo. Yo de ti me agarraría a esa teta y chuparía-chuparía-chuparía hasta dejarme los morros. Tampoco hay que pensar en repetir el éxito de la última vez; ahí sonó la campana... A ver, no digo que fuera casualidad, pero vamos... se juntaron un montón de cosas y ¡voilá! Yo creo que a estas alturas ya tenéis un público consolidado, y no arriesgaría demasiado. No me desviaría del camino. Os vais a forrar sin necesidad de partiros la cabeza, y dentro de unos años, cuando todo esto pase... bien, cada uno en su mansión, y a pasear en yate los domingos. 

Grabado cuando la banda se encontraba en la cima absoluta de su popularidad gracias al superventas The Dark Side of the Moon (1973), Wish You Were Here es uno de esos raros casos en los que los seguidores de un grupo piden la luna a sus ídolos de cara a su siguiente y prometedor lanzamiento, y éstos se la entregan en mano, impecable. Tanto su estructura como sus letras o sus melodías son tan magníficas, tan impresionantes en todos los sentidos y a la vez tan originales e imaginativas, que la escucha de este disco de principio a fin es un placer que no decae con los años. Como los clásicos del cine, Wish You Were Here ha superado con creces los rigores del óxido y las telarañas, y sigue vivo como un icono de la mejor época de la historia de la música popular.

El apretón de manos robótico.

La promoción lo es todo aquí, chaval. Anuncios en la radio, en los periódicos, en la tele... Yo creo que os vendría bien una sesión de fotos para la portada y todo eso, porque ahora mismo os conocen por el nombre más que por otra cosa, y la imagen lo es todo en una banda pop. Perdón, rock.

El concepto del álbum giró en torno a dos ideas principales, bastante bien trenzadas una con otra: la añoranza del idealismo del grupo en sus orígenes y el carácter pesetero y meramente empresarial de la industria musical. Storm Thorgerson y el resto de equipo creativo se afanaron en revestir Wish You Were Here de múltiples imágenes surrealistas que sirviesen para explicar estos conceptos sin hacerlos demasiado obvios, añadiendo misterio iconográfico a una obra que sigue manteniendo ocultos muchos de sus misterios: el nadador en el desierto, el nadador clavado en el agua, el velo rojo arrastrado por el viento, el apretón de dos manos metálicas, los empresarios saludándose del mismo modo en la portada, en uno de tantos gestos vacíos y superficiales como se atesoran hoy en nuestra sociedad. Uno de ellos arde, quizá en referencia a los grupos musicales que se queman, que terminan como bueyes tirando del arado de su propia marca y nunca llegan a sacar la cabeza.

El nadador en el desierto.

Sinceramente, no me van los temas largos. El rollo ese del Bohemian Rhapsody o Stairway to Heaven... muy bonito, pero son todo pegas. Los singles hay que recortarlos casi siempre, y los discjockeys de la radio no siempre tienen diez minutos de sobra para esas paridas. Perdona la sinceridad, siempre os he respetado y creo que a vuestro lado todos los demás son principiantes. Están muy verdes.

El disco se estructura de principio a fin sobre el esqueleto del tema largo Shine On You Crazy Diamond, que suena al principio y al final como si fuese una doble suite en forma de espejo que acentúa su perfecta redondez, con tres temas bien distintos formando sus vértebras centrales: Welcome to the Machine, Have a Cigar y Wish You Were Here. La larga introducción de Shine On... lo convierte en uno de los temas más cósmicos de Pink Floyd, mitad blues y mitad vals, toda una demostración tanto del dominio instrumental de Wright y Gilmour como del habitual pulido obsesivo de los acabados. Welcome to the Machine habría funcionado incluso como una canción con música concreta de fondo (maquinaria en una fábrica), aunque no escapa a la perfección por su atmósfera tensa. Have a Cigar es un tema canalla de ritmo potente y sinuoso, las palabras de un empresario lanzadas a los oídos ilusionados de un joven músico al que anima a comerse el mundo. Por su parte, Wish You Were Here es un tema con sabor folk, casi country en sus orígenes, perfecto por su sencillez y su bella melodía, y sus letras en homenaje al líder primitivo del grupo.

El velo rojo.

Bonito, ¿verdad?

Mira, chaval, a veces hay que cortar por lo sano. Vuestro amigo... yo creo que se metía de todo, y por eso se le fue la cabeza. Hay que controlar y no meterse en ese rollo. Tú... tú pareces listo, y tienes carisma de líder. Quizá termines siendo tú quien parta aquí el bacalao, sobre todo si los demás se terminan convirtiendo en un lastre. Pero no lo diré muy alto por si los otros se lo toman a pecho. Ya sabes, no es nada personal, jajajaja.

Syd Barrett fue quien plantó la semilla de Pink Floyd, y era justo que sus compañeros le rindieran tributo en el mejor momento de su carrera, mucho tiempo después de que aquel visionario se perdiese entre delirios ácidos y tratamientos para el trastorno mental. Todo el disco está lleno de referencias a aquel diamante loco que tanto brilló y tan rápidamente (y lógicamente) se apagó. Parece que un Barrett irreconocible visitó a la banda precisamente mientras grababa Wish You Were Here, y el momento fue de los que ponen un nudo en la garganta. Pero el álbum también parece ser un anuncio de los tiempos por venir, de la incipiente megalomanía de un todavía generoso Roger Waters que en pocos años convertiría a sus ahora compañeros en su banda de acompañamiento; una comparsa para sus sucesivas autobiografías musicales The Wall (1979) y The Final Cut (1983).

Los singles Wish You Were Here ("dos almas perdidas nadando en una pecera") y Have a Cigar.

En fin... Firma aquí, y también aquí... muy bien. Vaaale, lee la letra pequeña si quieres. No tenemos prisa, pero recuerda que ni soy el demonio ni me voy a llevar tu alma metida en una maleta. Mírame a la cara y dímelo: ¿confías en mí? Graba con nosotros, vende con nosotros, hazte rico y famoso con nosotros. No te arrepentirás.

Mírame a la cara y dímelo: ¿confías en mí? Portada del estuche de lujo "Immersion".

Wish You Were Here (cuyo título es una típica frase de postal anglosajona, "ojalá estuvieras aquí", dirigido a Barrett) se reedita estos días en dos ediciones especiales, una que contiene versiones en vivo y demos, otra con multitud de chorradillas para coleccionista en una caja de lujo que vale un dineral pero seguramente vale igualmente la pena. A continuación, algo de material en vídeo-audio:

Un raro vídeo-montaje atribuido a S. Thorgerson.

Un muestrario de música del álbum.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Soft Machine - THIRD


1. Facelift (18:45)
2. Slightly All the Time (18:12)
3. Moon in June (19:08)
4. Out-Bloody-Rageous (19:10)

No podía dejar de hablar en algún momento de Soft Machine (o The Soft Machine, "máquina suave"), el grupo más representativo de la llamada escena de Canterbury, que vivió sus años de auge entre finales de los sesenta y principios de los dorados setenta. En la ciudad inglesa de Kent y sus alrededores se creó todo un movimiento musical que reunía influencias como el jazz y el primer rock progresivo de las islas y algo de psicodelia -no tanta como en Londres- y que fue la cuna artística de gente como Dave Stewart, Karl Jenkins, Kevin Ayers, Mike Ratledge o Steve Hillage. En mayor o menor medida, grandes grupos del rock sinfónico-progresivo de los setenta como Genesis o Pink Floyd poseen cualidades sin las que los avances de estilo y técnica de Canterbury difícilmente habrían sido posibles.

Third (1970) es el disco que más me gusta de Soft Machine. Se trata de un doble LP con una larga pieza musical en cada cara de ambos discos. Suena bastante improvisado, quizá solo en apariencia, aunque las composiciones poseen una untuosidad muy especial, con un toque liberal e independiente de etiquetas que poco tiene que ver con lo que toda la vida hemos entendido como jazz. No obstante, está oficialmente admitida la influencia directa de los trabajos que el gran Miles Davis andaba publicando en aquella época.

Fotografía de la carpeta doble del LP.

Es más bien un batiburrillo de ideas bastante originales y frescas que parecen haber sido ensambladas mediante una técnica feroz de collage, a base de tramos grabados en vivo, otros grabados en distintos estudios que los dotan de distintas acústicas (que se notan perfectamente), piezas con letra y largas secciones instrumentales y, en general, de un efecto corta-pega muy artesanal que añade carisma a esta obra vanguardista. Es como si los músicos y su ingeniero de sonido fuesen en todo momento conscientes de lo agradable que resulta en el oyente esta imperfección que añade un plus por su cercanía. No parece que se haya hecho el menor esfuerzo por eliminar ciertos ruidos y el zumbido de fondo de algunos fragmentos. Third se presenta ante nuestros oídos como una obra enorme en sus ambiciones, extensísima en su ejecución, intrincada... pero indudablemente cálida.

Pese a que por Soft Machine ha pasado mucha gente, este disco cuenta con los siguientes miembros titulares: Robert Wyatt a la batería, Mike Ratledge a los teclados, Elton Dean con el saxo y Hugh Hopper al bajo. Colabora esporádicamente Jimmy Hastings tocando varios instrumentos de viento, y también algún otro que no pasa del simple cameo testimonial.

Despliegue de portada y contraportada.

Habiendo descrito el contenido musical del álbum a groso modo, creo que no voy a explicar el contenido de cada tema por separado, entre otras cosas porque, al margen de que los cuatro cortes tienen nombres propios, la separación de estos podría responder simplemente a la necesidad de coger el disco de vinilo y darle la vuelta. Tan solo Slightly All the Time parece tener una estructura definida, con melodías que se retoman aquí y allá. De hecho, el corte está divivido en tres sub-secciones llamadas Noisette, Backwards y Noisette Reprise.

Ni siquiera sé por qué me gustó este disco cuando lo escuché por primera vez, ya que hasta hoy soy incapaz de dar un paso atrás para ver el mosaico completo y comprenderlo del todo. Se ha quedado fijado en mi mente a otro nivel no del todo definible, como algo misterioso y atractivo que he dejado ahí pendiente para el día en que de verdad sienta el jazz y sepa apreciarlo como merece. Suena bien incluso si no se le está prestando atención, como música de fondo. Lo bueno es que, cuando te centras en su escucha, resulta ser todavía mejor. Otro para la lista de recomendaciones del blog. Puede escucharse entero y de una  tacada en YouTube, pero prefiero recomendar otras formas de audición.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Jean Michel Jarre - REVOLUTIONS


1. Industrial Revolution (16:33)
2. London Kid (4:34)
3. Revolutions (5:01)
4. Tokyo Kid (5:22)
5. Computer Weekend (5:00)
6. September (3:52)
7. The Emigrant (3:56)

Otro disco que estaba pendiente era este Revolutions (1988), sobre todo porque hace siglos que comentamos por aquí Waiting for Cousteau, disco que -al menos en mi modesta opinión- podría ser la cruz de la misma moneda. ¿A qué me refiero? Pues a que me parece que mientras Cousteau era un álbum de corte ecologista, Revolutions es claramente humanista y social, seguramente inducido en su génesis por la experiencia internacional que convirtió a Jarre en embajador de buena voluntad de la UNESCO, y por la responsabilidad como creador que ello debe suponer.

En su momento, Revolutions fue un rotundo éxito de ventas (nº 2 en Gran Bretaña), aunque debo decir que siempre me ha parecido uno de los trabajos menos atrayentes del francés. Es como si Jarre comenzase el álbum con ideas muy claras sobre su desarrollo conceptual y sonoro, para terminar quedándose a medio gas antes de tiempo y rellenando su segunda mitad con retales sin excesiva coherencia. Tras los trabajos épicos que fueron sus lanzamientos hasta Zoolook (1984) y el puntual revival de lo mismo que fue Rendez-Vous (1986), era lo justo y deseado que Jean Michel diese un nuevo salto hacia adelante en su carrera, y Revolutions me parece que se quedó en una serie de ideas demasiado fáciles como para sorprender al personal de la época. Por supuesto, esta apreciación es puramente superficial, y más adelante añadiré alguna matización.

Jarre continúa su labor educativa y cultural en la actualidad. Foto de unesco.org

Seriamente, hay que admitir que Revolutions comienza francamente bien. Los cuatro primeros temas forman un sólido conjunto que retrata de forma magistral, impresionante, la idea que todos tenemos sobre lo que fue la Revolución Industrial. Quizá el mundo actual comenzó precisamente allí, en aquellas sucias fábricas británicas donde miles de obreros se hacinaban para cumplir con jornadas de 20 horas de trabajo, hombres, mujeres y niños todos por igual, mientras los empresarios (no necesariamente malvados negreros sino más bien hábiles emprendedores de su tiempo con los escrúpulos justitos) exportaban al mundo entero las maravillas de la producción en cadena, los avances colosales de los nuevos inventos como la máquina de vapor o su hijo el ferrocarril. Surgieron los sindicatos de trabajadores y la sociedad de clases tal y como la conocemos, desplazando para siempre un mundo rancio y basado en el abolengo por otro en el que la economía, el empleo y los derechos sociales adquiridos marcaban la diferencia entre unas personas y otras.

Jarre comienza con una obertura que nos habla de trabajadores utilizando maquinaria pesada de forma repetitiva, y bajo estos estruendos metálicos, se va imponiendo una melodía dramática. Es un himno mecanicista. Industrial Revolution Part 1 es casi un scherzo clásico tras un primer tramo de jadeos de agotamiento, pujante y colosal, capaz de mostrarnos musicalmente un mundo de maravillas tecnológicas decimonónicas dignas del mejor Julio Verne. Industrial Revolution Part 2 parece transportarnos, gracias a los pequeños e intrincados detalles de sus arreglos electrónicos, a la era de los ordenadores y la informática, quizá incluso a la era espacial. No decae la grandiosidad, sino que va incluso a más. La mini-sinfonía industrial concluye a la perfección con una Part 3 que parece asomarse al otro lado de la cortina triunfalista de los adelantos de la civilización, a una masa humana explotada hasta la extenuación que parece recibir solamente pequeños atisbos de tanto logro, materializados mediante una interpretación lenta y cansada de la melodía de Part 1. Hará las delicias de los aficionados a la estética "steampunk".

Portada del single Revolutions (o Revolution, Revolutions).

El resto del disco, como decíamos, sigue manteniendo seguramente una temática social, si bien aquí se diluye un poco en una serie de temas escasamente cohesionados y que suenan algo planos, algo vacíos de carisma. Sigue vivo el mejor Jarre en algún punto concreto como el divertido Computer Weekend, una fantasía intrascendente; o en Revolution, Revolutions, originalísima composición con arreglos arábicos y la nada habitual inclusión de letras, eslóganes más bien, que son toda una declaración ideológica progresista y pro-democrática.

Revolutions en concierto, editado como video-clip oficial.

A medio camino se queda London Kid, concebida para recrear las ingenuas melodías de The Shadows, cuyo líder Hank Marvin (ídolo infantil de Jarre, por cierto), hace una aparición estelar a la guitarra. Yo creo que le falta algo de sangre en las venas, ya que al final se decanta por una solemnidad amable y demasiado fácil. Su teórica gemela Tokyo Kid es algo más arriesgada, aunque resulta más ambiental que otra cosa. September posee una melodía muy bonita, admirable incluso en su belleza naif, aunque teñida de tristeza: se trata de un homenaje a Dulcie September, activista sudafricana asesinada en París ese mismo año.  Por último, The Emigrant cierra el álbum con otro himno grandilocuente y social, un poco maniqueo para mi gusto pero efectivo cuando ha sido utilizado en conciertos con carga afectiva específica (Solidarnosc, por ejemplo).

Hank Marvin y JMJ tocaron juntos en el concierto de Londres, a raíz del lanzamiento del álbum. 

Hay buenas ideas, sobre todo en la suite sobre la Revolución Industrial, e incluso en alguno de los demás temas. Ocurre, no obstante, que esta es la primera vez -para mí al menos- que podía coger los cortes de un álbum de Jarre y ordenarlos al azar sin que el resultado se resintiera, incluso si dejaba alguno fuera. De hecho, sigue siendo el único disco de la mejor etapa del músico cuya lista de temas no he logrado aprenderme todavía. Se nota que es una obra bastante personal, pero creo que Jean Michel Jarre nunca ha sido del todo efectivo a la hora de potenciar sentimientos de ternura o afecto en su música, siendo más ducho -repito, para mi gusto- en la recreación de ambientes cósmicos de gran elegancia, no necesariamente fríos, pero sí en otra línea más "fantástica". No es el peor disco de Jarre, ni por asomo, pero tampoco diría que es de los mejores.
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