domingo, 13 de agosto de 2017

Zimmer, Elgar, Vangelis y la decadencia del arte occidental.

Son varias las cosas que quiero tratar en esta entrada, todas conectadas entre sí pero de manera sutil. Como este es un blog abierto al debate, empezaré diciendo que -como siempre- las opiniones que voy a expresar son personales e intransferibles, pero me encantará recibir críticas o apoyos, espero que respetuosos, en los comentarios.

A mediados de julio se estrenó Dunkerque, la nueva película de Christopher Nolan sobre la Segunda Guerra Mundial que cuenta con música de Hans Zimmer. Al parecer, el trabajo realizado aquí por Zimmer y el británico Benjamin Wallfisch ha dado la idea al director Denis Villeneuve de contratarles para Blade Runner 2049 como "apoyo" al compositor oficial de su banda sonora, Jóhann Jóhannsson. Además de la ya conocida influencia de Vangelis sobre el estilo musical de Zimmer, la razon principal de este contrato podría ser lo que suena en este tema de Dunkerque a partir del minuto 4:05:


Efectivamente, suena tanto a Vangelis que cuesta creer que no lo sea. En realidad, el tema que escuchamos al llegar los barcos británicos a la playa francesa es Nimrod, perteneciente a las Variaciones Enigma de Edward Elgar y arreglado electrónicamente por Zimmer y/o Wallfisch. No les acusaremos de plagio, ya que la procedencia del tema está acreditada oficialmente. Lo importante no es aquí la legalidad, sino el hecho de que Zimmer conoce a la perfección el -en general- medio o bajo nivel cultural del público actual, y actúa una vez más en consecuencia para llevarse al huerto al fulano de tal que va al cine pero jamás ha escuchado ni escuchará a Elgar. Tiro piedras sobre mi propio tejado, porque yo mismo no reconocí la pieza in situ, sino que tuve que consultar Internet para enterarme. Y el caso es que me sonaba, ya que Nimrod fue uno de los temas que versionó William Orbit en un álbum comentado aquí hace años, y que no viene al caso.

Como recordaremos, Zimmer fue mucho menos considerado con el plagio, a mi juicio descarado, de piezas de Koyaanisqatsi para su anterior Interstellar. El famoso tema de órgano sale de una simple reducción en las notas de la melodía compuesta por Philip Glass en los ochenta, y como señalé en el análisis del álbum de Zimmer, éste es tributario del sonido de Glass hasta un punto sonrojante. Pongamos simplemente un par de montajes de Interstellar con la música de Koyaanisqatsi para comprobar cómo no notamos la diferencia con lo que hizo Zimmer:

Quien colgó este vídeo recomienda a Zimmer que envíe una botella de vino del bueno a Philip Glass.


Lo que más preocupa de lo que pasó con Interstellar no es el robo en sí, sino el hecho de que, como la propia Wikipedia afirma en su entrada, los críticos profesionales lo bendijeron alegremente, incluso habiéndose dado cuenta del truco. Aquí es donde surge el hiperdramático título que he dado a la entrada un poco en broma, "la decadencia del arte occidental". Parece mentira, casi increíble, que un valor artístico tan básico como el de la originalidad se quede en nada cuando de lo que se trata es de producir placer culpable. Es medir la creación artística desde lo cuantitativo y no desde lo cualitativo. ¿Para qué utilizar en una película una composición original, fidedigna al menos, cuando puedes retocarla un poco y hacerla más molona con unos fuertes arreglos electrónicos? ¿Para qué utilizar tal cual una pieza orquestal de Elgar si puedes convertirla en un himno grandilocuente y ultramoderno que clave al espectador en la silla? ¿Y si el público, que es por definición imbécil, te adjudica de paso todo el mérito? ¿Por qué conformarte con tu viejo Seat Ibiza de segunda mano si, con unos faldones, llantas cromadas y un alerón puedes convertirlo en un carraco sexy y ligar como nunca en el polígono?

¿Necesita alerones esta maravilla?

Tal como señala Tim Greiving en su interesante artículo del pasado 20 de julio en The Ringer, el poder de Hans Zimmer se acrecienta en Hollywood y, por extensión, en el cine comercial actual, hasta el extremo de que a los compositores que no adoptan su estilo cada vez les cuesta más encontrar su sitio. La infame productora Remote Control, una especie de plataforma de discípulos y amiguetes de Zimmer que fabrican bandas sonoras de hechura genérica como el que hace churros, incluye a más de cincuenta músicos bien conocidos del gremio del cine y hasta del pop-rock y la new age. Se ha llegado a un punto en el que casi cualquier director de cine utiliza música de Zimmer para los montajes provisionales de sus películas, y de paso hay ya cientos (quizá miles) de tráileres que usan piezas de Zimmer desde los años noventa, aunque estas piezas después no estén en las películas. El compositor Joseph Trapanese (colaborador y/o arreglista en Oblivion Tron Legacy) afirma en el mismo artículo: "Zimmer arroja una sombra tan inmensa que todos nosotros, en un momento u otro, hemos luchado para escapar de ella". Y el propio Trapanese, esto lo añado yo, ha escapado por poco.

Los clichés musicales de Hans Zimmer.

Lo mismo puede decirse de la crítica y el público, la primera metida en una especie de bucle de resignación/aceptación/admiración que impide en más de un caso tirar la primera piedra contra Hans Zimmer, casi una estrella del rock que tiene amigos influyentes hasta en el infierno; el segundo, con un paladar cada vez más insensible y menos capacidad crítica, encantado con su estilo ruidoso y rimbombante, repetitivo hasta el hartazgo, intercambiable casi siempre y cuajado de autorreferencias. No es raro encontrar páginas y foros en los que Zimmer es calificado como el mejor músico de cine de nuestro tiempo, o el de todos los tiempos si encarta, casi siempre por gente relativamente joven para la que las referencias supremas del cine son Piratas del Caribe o Transformers. Por otra parte, también hay numerosos rankings con los músicos peores o más sobrevalorados que también suele encabezar Zimmer junto a algún socio suyo tipo Tyler Bates o Klaus Badelt, 

No cuelgo este vídeo por la obvia semejanza entre BSOs, sino como ejemplo de lo que entiendo por "ruidoso y rimbombante, repetitivo e intercambiable".

En fin, que me ha decepcionado profundamente el aterrizaje de Zimmer en la secuela de Blade Runner, un título que reverencio casi tanto como a su irrepetible compositor Vangelis, y que merecía algo mucho mejor. Creo que Jóhann Jóhannsson, siendo un músico con carácter propio y con un sonido menos trillado, era una buena opción para hacer algo con identidad. Pero mucho me temo que al final será el alemán, recauchutando y -sobre todo- banalizando el personal sonido del griego, quien se imponga sobre los demás y ponga su nombre con letras más grandes en la portada del CD que se publique.

sábado, 5 de agosto de 2017

50 años del primer álbum de Pink Floyd, The Piper at the Gates of Dawn.

"Y entonces, en aquella claridad del inminente amanecer, mientras la Naturaleza, rebosante de color, parecía contener el aliento ante semejante acontecimiento, el Topo miró a los ojos mismos del Amigo y Protector. Vio la curva de los cuernos que brillaban a la luz del alba, vio la nariz aguileña entre los ojos bondadosos, que lo miraban burlones, y la boca, rodeada de barba, esbozaba una media sonrisa; vio los músculos perfectos del brazo cruzado sobre el ancho pecho; la mano larga y flexible que aún sostenía la flauta recién apartada de sus labios (...)"

Kenneth Grahame, El viento en los sauces (1908)
(capítulo VII, El flautista a las puertas del alba)

Hoy mismo se cumple el 50 aniversario del lanzamiento del álbum The Piper at the Gates of Dawn en su primera versión, en mono, un par de semanas antes de su edición en estéreo. Fue grabado en los estudios de Abbey Road de Londres, casi paralelamente a la grabación del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de los Beatles. El de los Beatles fue, con toda su grandeza y su colorido, el álbum del establishment, la cumbre creativa del grupo que lo había sido todo durante aquella década. El de Pink Floyd, todavía titubeante en muchos puntos, representaba la contracultura, el sonido de una juventud inquieta que buscaba nuevas formas de expresión. Cualquier padre de familia llegaba a casa con el Sgt. Pepper bajo el brazo y lo escuchaba con los niños, pero The Piper era un álbum para noctámbulos iniciados que ya tenían en su mente las músicas que iban a sonar en los años venideros. Puro exceso y rebeldía.

La portada.

El padre de la criatura, por mucho que estuviesen allí futuros titanes como Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason, fue sin duda alguna Syd Barrett. Se había unido a los anteriores mientras pasaban de ser una modesta banda estudiantil (estudiaban arquitectura en Cambridge) a hacerse un nombre en los garitos más modernos de Londres gracias a sus temas rápidos, sus improvisaciones burbujeantes y sus espectáculos con proyecciones psicodélicas. Y camisas con chorreras. Darían también que hablar en listas de éxitos gracias a temas provocadores como See Emily Play y Arnold Layne, objeto de censura. Parece que Barrett, mentalmente inestable por su abuso de drogas alucinógenas, terminó de derrumbarse con el éxito de este primer álbum.

Un diseño juvenil para la contraportada.

Así que The Piper at the Gates of Dawn es el mejor testimonio de la portentosa imaginación de Syd Barrett en su gran momento, con esos largos pasajes instrumentales, los arreglos cósmicos de temazos como Astronomy Domine o Interstellar Overdrive, las melodías que se quiebran de pronto, la instrumentación inusual... Por no hablar de sus letras llenas de iconografía onírica y de cuentos de hadas (el título del álbum es el de un capítulo de El viento en los sauces). Pese a sus crecientes problemas, Barrett estaría también en el segundo álbum A Saucerful of Secrets, y su espíritu seguiría vivo mientras Pink Floyd evolucionaba desde la psicodelia al art rock y el progresivo. The Piper at the Gates of Dawn no es hoy en día un trabajo representativo de los Pink Floyd que todos conocemos, pero sin él no habría llegado todo lo demás. Es un clásico imprescindible y un testimonio brutal de aquellos años de ruido y brillantez.


viernes, 4 de agosto de 2017

Max Corbacho - NOCTURNES


1. Dark Sky Opening (52:48)
2. Stellar Time (11:44)
3. Ghost of the Moon (9:03)

Tumbado en una hamaca al fresco, como hacemos los andaluces en vacaciones cuando llegan las tórridas noches de verano, pensaba cómo iba a describir este álbum mientras observaba el firmamento. Pasaba algún coche por la calle, supongo que ladraba un perro, imagino que alguna vecina tenía la televisión alta. Y aun así, en el mundo relativamente rural, pueden verse las estrellas aunque haya demasiada luz, siempre que el cielo esté despejado.

Publicado el pasado mes de mayo, Nocturnes es el nuevo álbum de Max Corbacho. También comentamos por aquí hace años su estupendo The Ocean Inside (2012), y haciendo una comparación entre los conceptos de ambos álbumes, está claro que a Corbacho le gusta moverse entre inmensidades, sea la del mar, sea la del firmamento. Y digo bien, el firmamento, porque yo no diría que el músico extremeño haya intentado realizar un viaje musical por el espacio exterior, sino que más bien se recrea en las estremecedoras sensaciones que se tienen al contemplar la noche. La noche astronómica y también la cotidiana, la que experimenta cada persona. En realidad, es todo el mundo a nuestro alrededor el que cambia cada día al oscurecerse el cielo. Es algo en nuestro cuerpo, en nuestra mente, en nuestra forma de percibir nuestro entorno, lo que contribuye a esta sensación de nocturnidad.

Max Corbacho en su estudio.

Sería tentador calificar Nocturnes como la clase de música que podríamos escuchar en un planetario, aunque está claro que este trabajo destaca por encima de lo meramente funcional. ¿Es un trabajo ambiental? Sin duda. Pero esto no significa que pueda utilizarse como un mero acompañamiento a otras actividades. Nocturnes demanda nuestra atención, porque su efecto inmersivo es muy acusado y la experiencia musical es mayor si quitamos de en medio todo lo que nos sobra. Ocurre como en las obras que inspiran el estilo de Corbacho, sean los títulos de referencia de Michael Stearns, Steve Roach, Jonn Serrie o Constance Demby: el que tengan un carácter horizontal y planeador no los relega a sonar como banda sonora, porque tienen demasiado calado. Max Corbacho juega en la misma liga que los antes mencionados, y no veo la forma de demostrar lo contrario por mucho que en algunas disciplinas creativas tengamos tendencia a menospreciar lo patrio.


Imágenes del diseño del álbum en su edición física.

Nocturnes comienza con Dark Sky Opening, que es un largo e impresionante ejercicio de ambient cósmico basado en capas y capas de sonido superpuestas. Describir cómo suena este sonido (valga la redundancia) es muy difícil, porque Corbacho consigue una integración fluida y muy pulida de cada elemento. En realidad, debe ser bastante difícil lograr este carácter orgánico al trabajar con instrumental electrónico, y de hecho hay muchos músicos que fracasan al verse las "costuras" de sus piezas. No se tiene la impresión en ningún momento, sin embargo, de que Nocturnes sea una obra digital, ya que su colorido telúrico parece casi surgido de la propia naturaleza. La segunda pieza, Stellar Time, posee una cualidad algo menos plácida que la anterior, un toque de desasosiego quizá. Creo notar aquí un mayor uso de sonidos que se asemejan a coros. Finalmente, Ghost of the Moon ("El fantasma de la Luna") pone la nota más oscura del álbum, aunque de nuevo me remitiré a su escucha, puesto que describir objetivamente una música así es harto complicado.

Explica Corbacho en su página de Bandcamp que Nocturnes surgió de un deseo de compartir experiencias con los oyentes, en concreto las que ha tenido durante varias excursiones campestres nocturnas en las que fue haciendo fotos mientras disfrutaba de esa sensación de nocturnidad que mencionábamos al comienzo. Algunas de estas fotos forman parte del "artwork" del álbum. Personalmente, y habiendo escuchado Nocturnes cinco o seis veces (algunas de un tirón), me lo sigo reservando para cuando pueda escucharlo en un lugar apartado, sin el coche que pasa, sin el perro que ladra, sin la tele de la vecina. Y que sea noche cerrada, claro.

Nocturnes está disponible en ediciones digital y física, tanto en la web del músico www.maxcorbacho.com como en su Bandcamp, donde también podremos escuchar el álbum en streaming.
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