miércoles, 26 de diciembre de 2018

El theremín, el instrumento que no se toca.

Uno de los instrumentos más emblemáticos y fascinantes de la música electrónica es el theremín. De hecho, aunque no fue el primero (Luigi Russolo inventó en 1913 los "intonarumori", poco más que máquinas de ruido, bocinas enormes activadas con electricidad), el theremín sí que es probablemente el más antiguo de los que continúan utilizándose con relativa normalidad hoy en día. El ruso Lev Termen, que después sería conocido como Léon Theremin, lo inventó allá por 1920 -un par de años antes que las ondas Martenot-, por casualidad, durante unos experimentos sobre electromagnetismo.  La patente es de 1928.

Léon Theremin (1896-1993)

El modelo actual, más compacto que el original, consiste en una caja mas o menos del tamaño de una videoconsola o un vídeo VHS con dos "brazos" metálicos, uno que regula el volumen y otro que produce las variaciones de frecuencia asociadas a las notas musicales. Basta con acercar las manos a estos sensores para que se produzca la música, y su enorme sencillez de manejo prometía mucho comercialmente. Pero Rusia estaba en su etapa más convulsa en aquellos años, con la Revolución todavía consolidándose, y aunque el mismísimo Lenin llegó a hacerse con uno, el éxito del instrumento tuvo que esperar a su llegada a EEUU, donde la discográfica RCA se haría con sus derechos.

Tristemente, la pequeña revolución musical doméstica que muchos pronosticaban se vio atenuada por el famoso crack del '29 y la depresión económica que lo siguió. Aun así, aún hoy sigue siendo bastante fácil encontrar theremines en colegios norteamericanos. Es un instrumento fabuloso para que hasta los niños más pequeños alucinen en colores.

Documental sobre el theremín de la UNED.

Lo que más caracteriza al theremín, anecdotario histórico aparte, es su sonido extraordinariamente peculiar. Suena a música y suena a máquina, y sobre todo suena un poco a magia, a misterio. Su primera gran irrupción en la cultura popular tuvo lugar en la BSO de Recuerda (Alfred Hitchcock, 1945), en la que acompañaba con efectos muy inquietantes aquellas imágenes oníricas ideadas por Salvador Dalí. El compositor Miklós Rózsa ganó un Oscar gracias al su acertada elección musical.

La famosa escena de Recuerda.

Poco después, el zumbante theremín se convertiría en sinónimo de ciencia ficción gracias a su utilización en Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1945). Desde entonces, no faltaría un theremín cada vez que en pantalla hubiese un platillo volante, un marciano disparando su láser o un señor con escafandra espacial. El ultimo y maravilloso ejemplo de uso del theremín para ambientar el espacio lo hemos visto hace muy poco en la BSO de la película El primer hombre, comentada aquí.

Una escena de Ultimátum a la Tierra.

Y el theremín también se hizo un hueco en la música académica vanguardista del siglo XX, muy dada al experimentalismo; y en la música popular, donde, si bien no ha tenido un protagonismo absoluto, sí ha tenido sus momentos, sobre todo como elemento efectista. Los intérpretes de theremín, considerando que 1) es un instrumento de sonido extraño y 2) teóricamente es fácil de manejar, se han distinguido por lograr arrancar virtuosismo y delicadeza a algo, en apariencia, frío y aséptico.

Clara Rockmore (1911-1998)

Por distinguir a una thereminista con especial relevancia, debemos mencionar a Clara Rockmore, una prometedora joven violinista lituana que, debido a una enfermedad en sus manos, se volcó en el theremín por ser un instrumento que no necesitaba "tocar". 

Clara Rockmore interpreta El Cisne, de Saint-Saëns.

Sus complicadas versiones de temas clásicos la hacen ser reconocida hoy en día como una de las grandes precursoras de la música electrónica. Tampoco se queda atrás el doctor Samuel J. Hoffman, precisamente el thereminista de las películas antes mencionadas, y que también difundió el instrumento en el mundo del jazz.

El Dr. Hoffman (1903-1967) en acción.

En la actualidad destaca Lydia Kavina, descendiente del mismo Theremin, colaboradora en proyectos musicales de todo tipo y muy influyente en su ámbito. Por lo que he investigado, ya que estamos, es notable la presencia femenina entre quienes tocan el theremín profesionalmente. 

Lydia Kavina interpreta el tema de Doctor Who.

Y por supuesto, también está Jean-Michel Jarre, quizá el difusor con mayor alcance popular del theremín en las últimas décadas, si bien no es reconocido como un gran virtuoso en sus interpretaciones. Es bien sabido que utiliza el theremín tanto en sus álbumes de estudio como en sus conciertos más multitudinarios, en los que siempre procura reservar unos minutos para tocarlo, a veces sin más acompañamiento, y en algunos casos explicando previamente al público un poco de su historia.

Jarre tocó el Theremín en su concierto de Mónaco.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Vangelis y el cielo nocturno, el 25 de enero.

Nocturne - The Piano Album será el próximo álbum del legendario compositor griego Vangelis Papathanassiou, sobre cuya excelsa carrera y su figura como pionero de las nuevas músicas sobran las palabras. Contendrá un 50/50 de temas conocidos e inéditos, todos ellos interpretados principalmente al piano, aunque con la exquisita producción que acompaña a sus trabajos más clasicistas.

Ya está disponible en YouTube (en single pasado mañana) el primer tema promocional, Nocturnal Promenade. Y en la nueva web del álbum puede accederse a otros temas tras colgar fotografías de la luna en distintas fases.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Jean-Michel Jarre - EQUINOXE INFINITY


1. The Watchers (Movement 1) (2:58)
2. Flying Totems (Movement 2) (3:54)
3. Robots Don't Cry (Movement 3) (5:44)
4. All That You Leave Behind (Movement 4) (4:01)
5. If the Wind Could Speak (Movement 5) (1:32)
6. Infinity (Movement 6) (4:14)
7. Machines Are Learning (Movement 7) (2:07)
8. The Opening (Movement 8) (4:16)
9. Don't Look Back (Movement 9) (3:36)
10. Equinoxe Infinity (Movement 10) (7:33)

En una línea parecida a la del Return to Ommadawn de Mike Oldfield, Jarre volvía a las tiendas el mes pasado con un álbum totalmente nuevo que quiere funcionar como secuela, más en su espíritu que en su contenido, de uno de sus trabajos seminales. Oldfield "regresaba" a su estilo de hacer música de los tiempos de Ommadawn y en la portada jugaba con la idea del regreso a un lugar físico, y aquí Jarre plantea el pretexto de contar una historia sobre los extraños personajes con prismáticos de la portada de Equinoxe (1978), los observadores ("watchers" en inglés). No pretendo hacer sangre con este análisis en paralelo, sobre todo porque tanto a Oldfield como a Jarre les ha salido un trabajo digno de sus mejores tiempos.

Jean-Michel Jarre, uno de los pocos famosos a quienes ha sentado bien hacerse liftings.

Con esto no quiero decir que Equinoxe Infinity sea tan bueno como Equinoxe, que para mi gusto es un trabajo magistral e inigualable, quizá la cima creativa de su autor incluso por encima del mucho más famoso Oxygène (1976). Equinoxe Infinity es en todo caso una feliz reconciliación con el estilo del Jarre clásico, quizá en este caso algo más decantado a lo ambiental, destilado por la experiencia y, como siempre, tecnológicamente indiscutible.

Contraportada del vinilo, muy parecida a la del Equinoxe original.

Al igual que el original, Infinity es un álbum rico y diverso -incluso más diverso en el segundo caso-, una experiencia musical que funciona mejor en su escucha como conjunto. El concepto antes mencionado de los "watchers" nunca llega a quedar demasiado definido, entre otras cosas porque un álbum instrumental electrónico nunca deja lugar para la narración pura. Sí ayudan un poco los títulos de los temas y las dos portadas que pueden encontrarse aleatoriamente al comprar el CD físico. Explica Jarre que la doble portada presenta dos futuros posibles, uno optimista en el que la humanidad ha logrado restablecer el equilibrio con el medio ambiente; y otro pesimista en el que la contaminación hace que el mundo sea un lugar hostil, casi infernal. Los "watchers" parecen ser de una especie alienígena que nos observase mientras nos encaminamos hacia una cosa o la otra.

La otra portada.

El álbum comienza con The Watchers, una especie de obertura grandiosa que continúa muy naturalmente con Flying Totems ("Totems voladores"), una auténtica maravilla por su melodía épica y su atmósfera cósmica envolvente marca de la casa Jarre. No es menos Jarre la base rítmica de Robots Don't Cry, que en este caso es rabiosamente deudora del primer Oxygene. Curiosamente, algún elemento de este tercer corte me recuerda también, por su enfoque más textural que melódico, a algún álbum setentero de Tangerine Dream.

Flying Totems

All That You Leave Behind ("Todo lo que dejas atrás") introduce un ambiente más oscuro y meditativo en el álbum, y If the Wind Could Speak ("Si el viento hablase") funciona como uno de esos temas de transición de Jarre en los que se dibuja una melodía más o menos alegre, que queda desplazada por la presencia de alguna otra cosa que parece estar pasando en primer término y que se traduce en ruidos electrónicos indefinibles.

Robots Don't Cry

Infinity, aun siendo un tema pegadizo con mucho encanto, tiene una melodía y una base en exceso ingenuas que recuerdan quizá a un estilo de música algo rancio, como de eurodance de los años noventa. Es cierto que tiene también un componente mucho más Jarre que nos devuelve al pepinazo que fue en su día Equinoxe V, pero de todas las apuestas hechas por el músico en su nuevo álbum, ésta es en la que más sale perdiendo. Siguiendo también la estela de Equinoxe, en este caso las partes VI y VII, llega después Machines Are Learning ("Las máquinas están aprendiendo"), tenso y de ritmo potente, con espacio de sobra para improvisar con numerosos efectos galácticos y de viento.

Infinity

Una apuesta ganada es The Opening ("La apertura"), un tema intenso, poderoso y excelentemente ejecutado que es totalmente Jarre sin parecerse -que yo recuerde, al menos- a nada que haya hecho antes. Y no es menos brillante Don't Look Back ("No mires atrás"), un corte muy contemporáneo con una elegante producción menos angulosa, más lavada que la del Jarre clásico, que funciona de maravilla a la hora de diversificar la paleta sensorial del álbum.

The Opening

El décimo y último tema, titulado como el disco, es una larga meditación musical, densa y compleja, en la que vuelve a sonar la melodía de The Watchers entre otras muchas ideas un poco dispersas. No es uno de esos temas que crean afición, pero sí del tipo que guardan secretos para futuras escuchas y en las que se nota que Jarre, sin desplegar su poderío comercial, se esfuerza en ofrecer lo mejor de su imaginación y su creatividad como artista de vanguardia.

El making of (en inglés).

Equinoxe Infinity es un álbum que consolida la etapa actual de la carrera de Jean-Michel Jarre, que supone un bienvenido regreso a sus orígenes tras la larguísima época en la que el francés experimentó con casi cualquier estilo musical que puede obtenerse de instrumentos electrónicos y ordenadores, unas veces con más tino que otras, en alguna ocasión rozando el fiasco. Antes hemos disfrutado del notable Oxygene 3 (2016), que quizá resultó un poco plano en algunas partes pero nos acabó sabiendo muy bien. Con este nuevo trabajo, a mi juicio superior, Jarre logra ir un paso más allá, siendo fiel a lo que esperamos de su talento sin renunciar a la lógica evolución que cualquier pionero como él debe haber experimentado en casi cincuenta años de carrera. Mis respetos, señor Jarre. Chapeau!

Estuche especial con los dos Equinoxes en vinilo, CD y copia digital.

Aconsejo escuchar el Continuous Mix del álbum, disponible digitalmente, que suprime las desagradables pausas que nunca debería haber en obras conceptuales.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Justin Hurwitz - FIRST MAN


1. X-15 (1:22)
2. Good Engineer (1:06)
3. Karen (0:45)
4. Armstrong Cabin (1:15)
5. Another Egghead (1:05)
6. It'll Be an Adventure (0:41)
7. Houston (2:16)
8. Multi-Axis Trainer (2:54)
9. Baby Mark (0:47)
10. Lunar Rhapsody (3:04)
11. First to Dock (1:27)
12. Elliot (0:28)
13. Sextant (1:45)
14. Squawk Box (1:54)
15. Searching for the Aegena (1:51)
16. Docking Waltz (3:22)
17. Spin (1:15)
18. Naha Rescue 1 (1:05)
19. Pat and Janet (1:34)
20. The Armstrongs (2:25)
21. I Oughta Be Getting Home / Plugs Out (1:10)
22. News Report (0:42)
23. Dad's Fine (1:03)
24. Whitey on the Moon (1:48)
25. Neil Packs (1:25)
26. Contingency Statement (1:56)
27. Apollo 11 Launch (5:50)
28. Translunar (1:01)
29. Moon (1:07)
30. Tunnel (0:52)
31. The Landing (5:31)
32. Moon Walk (1:39)
33. Home (1:51)
34. Crater (2:00)
35. Quarantine (2:15)
36. End Credits (4:19)
37. Sep Ballet (1:17)

Para muchos puede ser un desconocido, pero Justin Hurwitz ganó el Oscar a la mejor banda sonora original hace dos años por la famosísima La La Land. Los buenos resultados de aquélla garantizan que su director, Damien Chazelle, siga contando con su batuta en proyectos por venir. De momento nos quedamos con la magnífica partitura de First Man (El primer hombre), estrenada hace unas semanas.

Justin Hurwitz (de IndieWire)

El primer hombre narra la época más trascendental en la vida del tan inconmensurable como desconocido Neil Armstrong, comandante del Apolo 11 y primer hombre en pisar la Luna. Estamos frente a una de estas bandas sonoras tan perfectamente engarzadas en el desarrollo de la trama de la película que, en la práctica, no funcionan la una sin la otra, y eso que estamos en un contexto radicalmente diferente a la de la mencionada La La Land, que contenía canciones y números de baile. First Man viene a ser, en el fondo, un retrato del hombre común, ese señor de la generación de nuestros padres o abuelos que hablaba poco, que pasaba demasiado tiempo en el trabajo (vendiendo enciclopedias puerta a puerta, probando aviones experimentales en la estratosfera, ¿qué más da?) y que había asumido un cierto concepto social sobre la hombría que le impedía expresar sus emociones o mostrarse "débil" ante los reveses de la vida.

Portada de la edición en vinilo.

Y Hurwitz consigue relacionar a la perfección los momentos familiares, de intimidad, con la épica monumental de la era espacial y sus héroes. Emplea las mismas melodías para Armstrong acunando a su pequeña hija enferma que para Armstrong pilotando el módulo Águila sobre los cráteres del Mar de la tranquilidad. En el primer caso nos emociona por su delicadeza minimalista, y en el segundo caso nos deja pegados a la silla con un aplastante muro sonoro digno de los mejores momentos de Hans Zimmer. Todo con las mismas notas, todo con Armstrong como protagonista.

Armstrong Cabin

Justin Hutwitz sabe rentabilizar sus hallazgos musicales, ya que esta larga grabación contiene numerosas variaciones sobre las mismas ideas: ritmos nerviosos llenos de tensión, compases de vals (un poco a lo 2001), discretas texturas ambientales... Y ahí quedan también un estupendo efecto percusivo a base de palmadas, alguna guitarra, un sintetizador Moog y, sobre todo, el theremin.

Quarantine

Que a estas alturas hayan usado este extraño instrumento para recrear los sonidos del espacio, y de manera tan exquisita, es impagable. Pronto publicaremos una entrada sobre el theremin, su historia y su influencia en la música y la cultura popular, de modo que me limitaré a subrayar la curiosidad de que es un instrumento de origen soviético que aquí sirve para ambientar el momento histórico que supuso la victoria norteamericana en la carrera espacial. Aporta muchas cosas ese sonido dulce, esa melodía arrancada al falsamente limitado instrumento eléctrico. Nos recuerda quizá aquel espacio exterior soñado más que real, el de los tiempos en los que creíamos que había ciudades de cristal en la Luna y algún observador anónimo, como el Armstrong del comienzo del filme, la observaba con un telescopio desde su jardín. El efecto en la película es sensacional, porque añade un elemento romántico a una película que se afana por subrayar su componente humano mientras que su visión del espacio es más bien aséptica.

The Landing

Algunos críticos se han quejado de que un acontecimiento tan trascendental habría requerido una música más potente, más "clásica" en un sentido convencional (no veo que le falte precisamente vigor al temazo del alunizaje, The Landing), aunque pienso que estas pegas responden a la misma cuestión que las quejas imbéciles sobre la ausencia de una escena con el plantado de la bandera: que quienes se quejan quizá no han entendido bien la película.

Whitey on the Moon

Terminaremos mencionando que el tema Lunar Rhapsody es obra del intérprete de theremin Dr. Samuel J. Hoffman, y que la curiosa Whitey on the Moon, una especie de proto-rap, está cantada por Leon Bridges, que a su vez interpreta en la película al también cantante Gil Scott-Heron. Se quejaba este artista de los muchos problemas que tenían los afroamericanos mientras los "blanquitos" estaban ya en la Luna. Divertido.

viernes, 12 de octubre de 2018

Loreena McKennitt - LOST SOULS


1. Spanish Guitars and Night Plazas (6:41)
2. A Hundred Wishes (4:34)
3. Ages Past, Ages Hence (5:27)
4. The Ballad of the Fox Hunter (5:48)
5. Manx Ayre (4:03)
6. La Belle Dame sans Merci (6:09)
7. Sin, Moon and Stars (4:34)
8. Breaking of the Sword (5:30)
9. Lost Souls (5:09)

Publicado antes del verano pasado, Lost Souls es el nuevo álbum de Loreena McKennitt, el primero con material totalmente nuevo desde 2006. Y como con todo buen álbum de una artista consagrada, la buena noticia es que el estilo de McKennitt sigue intacto sin que ello vaya acompañado de una merma en su calidad o una sensación de hastío. La canadiense sabe cómo hacer perfectamente lo que tiene que hacer, y lo hace tan bien como siempre. Sin más.

Loreena McKennitt (imagen de Spill Magazine)

El adelanto del álbum fue quizá su tema de mayor impacto, Breaking of the Sword ("La rotura de la espada"), un himno con tintes nacionales, casi militares, que es un homenaje a los soldados canadienses caídos en la Primera Guerra Mundial.

Breaking of the Sword

El primer tema del álbum, Spanish Guitars and Night Plazas, responde bien a su título: es un tema muy atmosférico y nocturno en el que las notas de guitarra española acompañan a la voz de la cantante. Es bastante moderno, considerando el gusto de McKennitt por lo medieval y teniendo en cuenta que Lost Souls es un álbum en el que se busca -en general- un regreso a las raíces célticas, campesinas y poéticas de la artista. El segundo tema es A Hundred Wishes ("Cien deseos"), muy luminoso, optimista y apacible. Ages Past, Ages Hence está inspirada en el fenómeno del cambio climático y es uno de esos temas en los que la artista, aun acompañada por varios instrumentos -violín, piano, etc.- que suenan exquisitos, se basta y se sobra con su propia voz para sostener todo el esfuerzo melódico. Bien podría haberlo grabado a capela sin grandes diferencias.

Ages Past, Ages Hence, en vivo.

Muy rural y auténtica es The Ballad of the Fox Hunter ("La balada del cazador de zorros"), aunque su melodía me suena un poco a reutilizada de algún tema suyo anterior. Es una versión de un poema de W. B. Yeats. Con el instrumental Manx Ayre viajamos por fin, cómo no, a esa frontera exótica entre Europa y Oriente que tan bien recrea McKennitt, y que nos suena a mercado medieval, a cruzada, a Ruta de la seda.

The Ballad of the Fox Hunter

La Belle Dame sans Merci es un tema que adapta la balada romántica original de John Keats, un poema que suena sencillo y delicado en boca de la canadiense pero que en realidad ha sido objeto de controversia desde el siglo XIX por su temática un tanto misteriosa y difícil de descifrar. El segundo instrumental del disco, el trepidante Sun, Moon and Stars, es otro viaje al territorio mestizo de los Balcanes, de Turquía, de Chipre y las islas griegas, quizá esta vez más orientándose más hacia lo musulmán que hacia lo cristiano, como se percibía en Manx Ayre. Al parecer, se inspira en la época en que los navegantes se orientaban mirando los astros.

Sun, Moon and Stars

Y tras la ya mencionada Breaking of the Sword, el álbum concluye con su tema homónimo Lost Souls, francamente hermoso y con bastante potencial comercial, pese a que en este sentido Loreena McKennitt no se complica demasiado y no llega a ofrecer ningún tema, ni siquiera este, que destaque por su espectacularidad en la producción o sea especialmente pegadizo. Ni falta que le hace, porque este es uno de esos álbumes/experiencia que se disfruta de una sentada.

Lost Souls

jueves, 27 de septiembre de 2018

Hans Zimmer - THE THIN RED LINE


1. The Coral Atoll (8:00)
2. The Lagoon (8:37)
3. Journey to the Line (9:22)
4. Light (7:20)
5. Beam (3:44)
6. Air (2:21)
7. Stone in my Heart (4:28)
8. The Village (5:52)
9. Silence (5:06)
10. God Yu Tekem Laef Blong Mi (1:59)
11. Sit Back and Relax (2:07)

Hemos levantado una pequeña polvareda cada vez que ha salido por aquí una entrada sobre Hans Zimmer, por mi parte subrayando lo poco que me gustan algunas de sus costumbres como artista y su exagerado peso en el cine actual, y por parte de algunos comentaristas, destacando sus innovaciones y su indiscutible legado. Por lo general, las discusiones se zanjan cuando admito este último aspecto y se citan obras cuya calidad va más allá de mis gustos personales. Mi favorita es seguramente El código Da Vinci, aunque me gustan también la mayor parte de su trilogía de Batman, las secuelas de Piratas del Caribe, Origen, Rain Man, El rey león, etc. Un trabajo que suele estar entre los más defendidos por sus fans es La delgada línea roja, y creo que es un buen momento para analizarlo.

Tráiler de la película.

The Thin Red Line fue una de las películas más premiadas de 1998. Hoy está un poco olvidada, ya que compitió en popularidad con la mucho más célebre Salvar al soldado Ryan. El director Terrence Malick se excedió un poco en el metraje y su trama se vuelve difusa, haciéndola una película un tanto complicada de digerir para públicos amplios. Pero es muy buena. El caso es que Malick, uno de estos autores que ejercen un control total sobre sus obras, iba a hacer picadillo sí o sí, en sucesivos montajes, la banda sonora que le encargó a Hans Zimmer. En consecuencia, no sirve de mucho recordar lo visto y escuchado en la película a la hora de analizar el trabajo de Zimmer. Algo parecido, más sangrante si cabe, fue lo que ocurrió con la posterior partitura de Alexandre Desplat para El árbol de la vida, también de Malick.

Contraportada

Quedándonos, por lo tanto, con el álbum propiamente dicho, se podría decir que The Thin Red Line es un trabajo un poco irregular, constituido en su mayor parte por temas deliberadamente discretos, muy efectivos por su carácter atmosférico y por servir de argamasa útil a un director que -Zimmer debió verlo venir- iba a recortarlos y reordenarlos hasta la náusea. Y también está ahí el temazo por excelencia de Hans Zimmer, tal vez el que mejor representa su aportación al campo de la música de cine: Journey to the Line. Por pura coincidencia, el divulgador Jaime Altozano ha dedicado hace poco un vídeo a entrevistar a Zimmer y comentar el peso posterior de esta pieza musical, entre otras cosas. No hay que perdérselo.


Journey to the Line es un tema largo que va in crescendo, con una melodía minimalista que sorprendente por su efectismo y que va aglutinando más y más capas de sonido hasta lograr un efecto emocional hiperdrámatico, un muro sónico  situado entre lo orquestal y lo electrónico que resulta potentísimo. Ha sido reutilizado en varios tráileres de otras películas y lo han imitado una y mil veces. En realidad, y aunque el primitivo Hans Zimmer "synthesizer hero" de los ochenta ya poseía este toque, es a partir de Journey to the Line cuando Zimmer y casi todos sus músicos afines se dedicarían a las fanfarrias mega-saturadas, cayendo a menudo en lo pomposo y reiterativo, cuando no directamente convirtiendo este tabique sonoro en puro ruido sin sentido. En la mayoría de los casos, se olvida el carácter verdaderamente épico, maduro y profundo de aquel tema seminal.

Journey to the Line

God Yu Tekem Laef Blong Mi

Otras cosas interesantes que hay en The Thin Red Line son su uso de algunos instrumentos exóticos como el koto y la flauta shakuhachi y los también bastante conocidos cantos melanesios del tema God Yu Tekem Laef Blong Mi, que ha tenido su propio recorrido en la cultura mainstream de la publicidad y los tráileres. Dos temas están compuestos por otros autores: Beam, de John Powell, y Sit Back and Relax (vaya título), de Francesco Lupica. Parece que el primero de ellos está inspirado también en un tema del autor del segundo.

Beam

Sit Back and Relax

El álbum se escucha con agrado de principio a fin, aunque el planteamiento más  bien ambiental de muchos temas hacen desear quizá algo más de variedad. Teniendo en cuenta los trabajos ambient "hardcore" que a veces comentamos en el blog (y que yo disfruto sin reservas), no diré que este álbum aburre, pero sí creo que puede hacerse largo a quienes prefieran bandas sonoras de cine compositivamente más... intensas. En cualquier caso, es un gran trabajo que merece reconocimiento y cuya fama es bien merecida. Hay que escucharlo.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Vuelve Jarre con otro recopilatorio. Y reediciones.


Planet Jarre se llama el nuevo producto que Jean-Michel Jarre saca a la venta en una semana. Es un recopilatorio al uso, sólo que los temas están ordenados en cuatro categorías, dependiendo de si el francés los considera "paisajes sonoros" (Soundscapes), "temas" (Themes), "secuencias" (Sequences) o "exploraciones y obras tempranas" (Explorations & Early Works).

Los temas de cada sección.

Contiene un par de temas nuevos, con el morbo añadido de que hay por ahí un trocito de la maqueta del mitológico Music for Supermarkets (1983), álbum del que sólo existe una copia en todo el mundo. La edición normal en digipack y doble CD tendrá su aquel para los completistas, la digital en 5.1 gustará a los sibaritas del sonido, y la edición en vinilo gustará a los fetichistas, pero el estuche de lujo con doble casete (YESSSS!!!) puede ser la coña más elaborada que he visto en años. Si Jarre pone de moda el casete, juro que me rindo y me compro una gramola de manivela.

Portada renovada de Geometry of Love.

También jugosas son las próximas reediciones de su catálogo clásico, que incluyen  (según he visto, aunque puedo equivocarme) Revolutions, Chronologie, Oxygène 7-13, Metamorphoses y Geometry of Love, el último de los cuales tuvo en su momento una tirada minúscula. Habrá que atraparlo legal y físicamente esta vez.

martes, 28 de agosto de 2018

Tangerine Dream - LE PARC


1. Bois de Boulogne (Paris) (5:07)
2. Central Park (New York) (3:37)
3. Gaudi Park (Guell Garden Barcelona) (5:10)
4. Tiergarten (Berlin) (3:28)
5. Zen Tarden (Ryoanji Temple Kyoto) (3:07)
6. Le Parc (L. A. - Streethawk) (2:56)
7. Hyde Park (London) (3:50)
8. The Cliffs of Sydney (Sydney) (5:20)
9. Yellowstone Park (Rocky Mountains) (6:10)

Le Parc (1985) fue el primer álbum de estudio, sin contar alguna banda sonora, que Tangerine Dream lanzó tras su salida de Virgin Records. Ficharon por el sello Jive y se inició su época conocida como "años azules". Habían metido un pie en EEUU gracias a sus obras para películas de renombre (Ojos de fuego y Risky Business estaban recientes, Legend al caer), pero seguían afincados en Europa. Este nuevo trabajo se grabó mayoritariamente entre Berlin y Viena, y los componentes del grupo eran  entonces Christopher Franke, Edgar Froese y Johannes Schmoelling.

Contraportada de una edición más reciente.

Le Parc tiene toda la pinta de querer ser un álbum hecho para gustar, un trabajo muy comercial, en un sentido no necesariamente negativo. En los ochenta ya había sitio más que de sobra para la música instrumental popular en cualquier ámbito, y la música realizada mediante sintetizadores gozaba de una efervescencia especial. Pero seguramente TD poseía todavía cierta aura oscurantista asociada a trabajos más o menos experimentales de la década anterior, también causada por el hecho de haber sido siempre una banda poco inclinada a lo melódico "puro", poco dada, en fin, a generar singles que sonaran en la radio como los de Jarre o Kraftwerk. Le Parc quiso ser un álbum que superase esta imagen de banda de culto, que fuese más allá de los sonidos ya bastante aperturistas de trabajos previos como Exit o Hyperborea.

Clip oficial de Tiergarten.

Incluso el concepto del álbum -porque este trabajo es claramente conceptual- es muy luminoso y new age: una serie de temas no demasiado largos que sirven como souvenirs musicales de distintos parques públicos del mundo. Los temas poseen el detallado trabajo textural y la atmósfera genuina de TD, pero lo melódico es preeminente, y creo que con mucho acierto. Vale que son los ochenta y el acercamiento a los parques, así como ciertas soluciones para conseguir un toque étnico (en Zen Garden y Yellowstone Park, por ejemplo), es a veces un poco maniquea, pero negar que es un álbum francamente inspirado es ser muy cínico.

Bois de Boulogne

Le Parc

Bois de Boulogne gusta por su potencia y dinasmismo, Central Park por su toque nervioso (como de oficinistas runners neoyorquinos), Gaudi Park por su elegancia, Tiergarten por su atmósfera beatífica, Zen Garden por el lapso de relax que aporta al conjunto, Le Parc por ser quizá el temazo más molón de TD en toda su historia, Hyde Park por su ritmo marcado y su sabor urbano, The Cliffs of Sydney por sus gaviotas sintéticas y Yellowstone Park por su misticismo. En el último tema, por cierto, canta Clare Torry, la legendaria vocalista de The Great Gig in the Sky de Pink Floyd.

El single Streethawk.

Y no, no me olvido de mencionar que el tema homónimo al álbum sonó, en una versión cortita y remezclada, como sintonía de la serie de TV Streethawk, en España El halcón callejero, que era como El coche fantástico pero con una moto.

jueves, 2 de agosto de 2018

Jean Michel Jarre - AERO


1. AERO Opening (0:50)
2. Oxygene 2 (7:40)
3. Aero (3:09)
4. Equinoxe 8 (1:24)
5. Oxygene 4 (5:04)
6. Souvenir of China (4:45)
7. Aerology (3:39)
8. Equinoxe 3 (6:32)
9. Equinoxe 4 (6:46)
10. Last Rendez-Vous (5:07)
11. Zoolookology (3:54)
12. Aerozone (4:55)
13. Magnetic Fields 1 (5:58)
14. Chronology 6 (6:09)
15. Rendez-Vous 4 (Live version) (7:33)

Es inevitable que cualquier artista con una larga carrera y el suficiente éxito acabe dando pie a numerosos álbumes recopilatorios. Jean-Michel Jarre, que además es un referente esencial en su género, también cuenta con sus antologías, algunas bastante prescindibles y otras que bien pueden contarse como álbumes de pleno derecho. Pienso que Aero (2004) entra en la segunda categoría, ya que los temas escogidos están completamente regrabados y sus arreglos son distintos de los originales sin llegar a entrar en el terreno de los remixes. 

"Aero: un tributo al viento", al completo.

La idea del álbum, cuyo nombre podría venir de las siglas A.E.R.O. (Anthology of Electronic Revisited Originals, o "Antología de Originales Electrónicos Revisitados"), viene directamente del concierto Aero: a Tribute to the Wind celebrado en Dinamarca en 2002 en un parque eólico, y en el que Jarre sacó a relucir varias revisiones modernizadas -unas más acertadas que otras- de sus clásicos de siempre. Tengamos en cuenta que, en aquella época, Jarre estaba embarcado en una cruzada contra su propio y reconocible estilo que traía bastante confundido a gran parte de su público, y que se había materializado en álbumes inusuales (que no necesariamente malos) como Sessions 2000 (2002) o Geometry of Love (2003). Creo que Aero funcionó bien como un eslabón tardío entre el que había sido su sonido hasta finales de los noventa y lo que iba a venir después. Agradó a los viejos seguidores y aportó algo más refrescante para pescar nuevos fans.

Aero

Un aliciente decisivo en Aero fue el segundo disco del álbum, un DVD que contenía el trabajo completo en formato envolvente 5.1. Mientras escuchas la música puedes ver los ojos de la entonces novia de Jarre, la actriz Anne Parillaud (Nikita), reaccionando ante lo que escucha. Los ojos de la portada, en cambio, son los del propio Jean-Michel. Algo tendrá el músico de fetichista, después de usar también el pubis hirsuto de su anterior pareja Isabelle Adjani como portada de su álbum anterior.

Aerology

El álbum fluye sin interrupciones gracias a pequeñas transiciones entre pistas, y la presencia de cuatro temas nuevos contribuye a darle coherencia de conjunto. Se trata de Aero Opening (una mera introducción), Aero (que recupera sin mucho disimulo el Je me souviens del álbum Metamorphoses), Aerology (bastante ágil y simpática, como sacada de Zoolook) y Aerozone (más atmosférica que melódica, pero igualmente efectiva).

Equinoxe 4

Y los demás temas son más o menos los previsibles en una recopilación. En general, la mayoría de los cambios van enfocados a su disfrute en 5.1 multicanal, y consisten en una acentuación de los ritmos (mi adorada Equinoxe 4 pierde algo de epicidad), arreglos más densos (escúchese Zoolookology) y algún retoque curioso y quién sabe si con retintín, como unos toques de campana en Oxygene 4. Vuelve a obviarse la maravillosa segunda mitad de Magnetic Fields 1, y como guinda al pastel se incluye, como tema extra, la versión en vivo de Rendez-Vous 4 grabada en Dinamarca con la colaboración de los entonces muy célebres percusionistas Safri Duo.

Jarre in China

El sonido renovado del viejo Jarre en Aero dio de sí durante algún tiempo más, incluyendo el estupendo concierto en la Ciudad prohibida de Beijing el año siguiente, que sería ofrecido también en 5.1 y filmado con el sistema de alta fidelidad THX de Lucasfilm, y que se publicaría en DVD con el nombre de Jarre in China. Tiempo tendría el músico más adelante de continuar su cruzada evolutiva, a veces con buen tino, pero en algún caso contra su propio prestigio, pero de lo que ocurrió entre Téo y Téa hablaremos otro día.

sábado, 21 de julio de 2018

Max Corbacho - NOCTURNES II


1.Celistia (23:13)
2. Nocturnal Bloom (3:38)
3. Starlight Grace (8:43)
4. Heart of the Night (3:33)
5. Indigo Sphynxes in Dark Canyon (3:10)
6. Timelapse (7:20)
7. Moon Apparition (7:20)

He dejado pasar demasiado tiempo desde la última vez que tuve ocasión de comentar un disco de Max Corbacho, e incluso me he saltado alguno muy bueno entre el primer Nocturnes y esta segunda parte. Recuerdo que cuando escuché el primero me quedé muy sorprendido, tanto que puedo recordar perfectamente el momento en el que lo escuché y redacté la reseña. Cuando tuve a mano Nocturnes II (2018), mi primer pensamiento fue intentar reproducir aquel momento, lo que pasaba indiscutiblemente por encontrar el momento de relax y sosiego necesario. O lo que es lo mismo, por esperar al verano, en concreto a ese feliz día en mitad de julio en el que te levantas una mañana y tienes que preguntar a otra persona qué día de la semana es. Espero que el señor Corbacho disculpe mi tardanza.

Max Corbacho (imagen de last.fm)

Para comenzar por el principio, repetiré (matizando) algo que ya he dicho: Nocturnes II debe escucharse en un momento de relax. Primero te relajas y luego lo escuchas, en ese orden y no al revés. Primera regla del aficionado al instrumental contemporáneo: desconfía del álbum que se autodefina como "relajante", porque para eso hay cantidad de hierbas de las que se hierven y también de las que se fuman. Nocturnes II surge de las mismas experiencias que su predecesor, esto es, del paseo nocturno -físico o mental- por determinados parajes geográficos, medio recelosos por la oscuridad circundante, medio abrumados por el espectacular cielo estrellado que todavía puede disfrutarse en algunas zonas apartadas, fuera de las ciudades, lejos de los alumbrados públicos y los humos. No todos tendremos la oportunidad de escuchar esta música en esta clase de lugares, pero por suerte la propia música te transporta allí, haciendo levitar el sofá de casa. Tampoco descarto una sutil aproximación hacia el terreno de la pura ciencia-ficción musical, pero todo es cuestión de opiniones.

Celistia

Max Corbacho plantea muchos de sus temas como densas suites ambientales, realizadas mediante instrumentos electrónicos pero con un sonido muy natural, nada robótico ni computerizado. Da la sensación de que las largas notas que van y vienen como en un majestuoso oleaje cósmico surgieran del propio cielo nocturno, como si las constelaciones y la Vía láctea emitiesen alguna clase de onda que nosotros interpretásemos a capricho como música. Tanto el primer tema como el último son largos e inmersivos, aunque las demás piezas, relativamente más breves, están realizadas en una línea parecida, y algunos de ellos están enlazados sin pausas. Lo mismo podría haber puesto nombre a un solo tema de 70 minutos que haber separado las dos piezas más largas en tramos cortos; da igual, porque la experiencia sigue siendo un todo.

Moon Apparition

Aunque esto no significa que todos los temas de Nocturnes II sean iguales. El planteamiento sí lo es, a primera vista al menos, aunque son pequeños matices los que marcan la diferencia, ya sea el sutil sonido de insectos y aves en Celistia, el momento álgido de Moon Apparition en el que -se entiende- sale la luna, o los diferentes grados de "lavado" o definición a los que las atmósferas de los temas intermedios son sometidas. Por supuesto, como todo buen trabajo de corte ambient, Nocturnes II exige un cierto esfuerzo de imaginación, de recurrir a nuestros recuerdos y fantasías para dar aún más entidad a la experiencia de su audición, lo que -como en tantos otros casos- lo alejan de lo meramente consumible que es tan típico en nuestra era de videoclips. Excelente álbum, una rara avis que reivindica la música como acto de creación artística en el que el oyente tiene su propio margen interpretativo, una obligación de participar activamente en el proceso de escucha. Una ventana al universo con los pies descalzos sobre la tierra.

Aquí la web de Max Corbacho y aquí su rincón en Bandcamp.

martes, 10 de julio de 2018

Paraísos musicales en la web: el canal de Jaime Altozano en YouTube.

Ya sé que puede parecer una ocurrencia de verano lo de entrar en el mundillo de los "youtubers", pero llevo una temporada viendo los vídeos de Jaime Altozano sobre música y debo decir que he aprendido muchísimas cosas con ellos. Eso no quiere decir que coincida con él en todas sus opiniones o sus gustos musicales (en muchas cosas sí que coincido), pero es asombrosa la capacidad didáctica de este muchacho a la hora de explicar aspectos de teoría musical que en boca de otro habrían resultado muy áridas. Pongo como ejemplo un vídeo sobre qué son y cómo funcionan la armonía y los acordes que no tiene precio:

¿Cómo funciona la música?

Altozano, que es compositor y productor, también ha publicado vídeos sobre producción musical de lo más interesantes, tanto para explicar truquillos a quien se plantee crear algo desde casa con unos medios de aficionado de a pie como para exponer algunas picardías del actual "star system" de la industria musical.

"La verdad sobre la música POP"

Muy interesantes son también sus análisis en profundidad, a nivel compositivo y temático, de algunas de las BSOs de referencia de este blog como son las de Star Wars y El Señor de los Anillos. Pero nunca resulta Altozano demasiado académico, sino ameno y cercano, con un lenguaje a la vez distendido y absolutamente educado (excelente dicción la suya, por cierto) que no suele ser la norma en un gremio, el de los youtubers, a veces tan dado a ganarse a la chavalería mediante la palabrota fácil.

En resumen, excelente labor la que realiza Jaime, que también puede ser apoyada mediante Patreon. Enlazo también con su página https://jaimealtozano.com, desde la que puede accederse a sus vídeos en YouTube.

sábado, 30 de junio de 2018

John Powell / John Williams - SOLO: A STAR WARS STORY


1. The Adventures of Han (3:49)
2. Meet Han (2:20)
3. Corellia Chase (3:34)
4. Spaceport (4:07)
5. Flying with Chewie (3:30)
6. Train Heist (4:48)
7. Marauders Arrive (5:15)
8. Chicken in the Pot (2:09)
9. Is This Seat Taken? (2:36)
10. L3 & Millennium Falcon (3:17)
11. Lando's Closet (2:13)
12. Mine Mission (4:11)
13. Break Out (6:15)
14. The Good Guy (5:25)
15. Reminiscence Therapy (6:13)
16. Into the Maw (4:49)
17. Savareen Stand-Off (4:26)
18. Good Thing You Were Listening (2:08)
19. Testing Allegiance (4:21)
20. Dice & Roll (1:55)

Parece que la franquicia iniciada por George Lucas se está resintiendo en la taquilla con este último título, lastrado quizá por el protagonismo de un Han Solo que (lógicamente) no es Harrison Ford, un tono general más bien planito y, sobre todo, la sensación de que la abundancia de películas de la saga está haciendo que dejen de percibirse como "acontecimientos". Paga el pato una película que, no obstante, sí tiene cosas muy a reivindicar. Sin ir más lejos, su banda sonora es una agradable sorpresa.

John Powell (de starwarsnewsnet.com)

John Powell, el compositor elegido para Solo, logra resolver con notable el gran problema que supone componer una música que tenga en cuenta la herencia creativa del maestro Williams y que sea al mismo tiempo innovadora y fresca. Solo: una historia de Star Wars (2018), igual que Rogue One (2016), es y no es Star Wars, en el sentido de que no es un episodio numerado y, por lo tanto, busca jugar un poco con ese universo tomándose unas cuantas -y bienvenidas- licencias formales. Powell contribuye a esto con una banda sonora fresca y colorista, no carente de brío, pero que, todo hay que decirlo, podría haber caído en la herejía si hubiese sido compuesta para uno de los "episodios". 

Yo mismo tenía el cuchillo preparado, entre otras cosas porque Williams anunció hace poco que el futuro Episodio IX sería el último para él, y sospechaba que antes o después metería la zarpa en Star Wars ese sindicato del crimen musical que es Remote Control Productions. Afilé el cuchillo, digo, al comprobar que Powell está entre sus filas. Afortunadamente, Powell no es un Badelt ni un Jablonski, y alguien ha tenido la muy feliz idea de que el propio John Williams componga y dirija el tema principal de la película, The Adventures of Han, marcando así la línea a seguir por Powell.

The Adventures of Han

Pero con o sin los dictados de Williams, Powell sabe mezclar bien el sinfonismo clásico romántico con sonidos más de moda, típicos del actual cine de acción y aventuras, sin "nolanizar" ni "zimmerizar" en exceso la partitura. Hay aportaciones muy interesantes, de hecho, como un coro étnico femenino/infantil que encarna musicalmente a los bandidos enmascarados de la escena del tren (Marauders Arrive), o un tema de amor bastante inspirado (Lando's Closet). También tiene su encanto el típico tema diegético que contiene casi toda BSO de Star Wars, en este caso un sensual dúo pop en lengua alienígena titulado Chicken in the Pot ("Pollo en la olla"), que cuenta con la colaboración de otro colega de Remote Control, Gavin Greenaway.

Marauders Arrive

Lando's Closet

Chicken in the Pot

Sí nos chirrían los dientes algunos recursos muy genéricos que están presentes en algunos puntos de Solo. Por ejemplo, hacia el final de Flying with Chewie suena un fragmento optimista con un punto de charanga que debe estar pregrabado en los archivos de Remote Control desde los tiempos de Gladiator (en Now We Are Free), y que hemos escuchado hasta el vómito en películas y anuncios de TV. Da pena que algo tan manido se haya colado en el sacrosanto canon musical de Star Wars.

Flying with Chewie

Reminiscence Theraphy

Pero en fin, hay una indudable inteligencia en la manera que tiene Powell de reutilizar y adaptar el famoso The Asteroid Field de El Imperio contraataca para las escenas en que el Halcón Milenario atraviesa el famoso Corredor Kessel. Toca la fibra nostálgica con mucho acierto y la escena sabe a gloria. Se ahorra el álbum otras dulzuras para fans al suprimir la fanfarria de Star Wars de los créditos finales, como en Rogue One.

Imagen de la contraportada.

Me parece difícil comparar, como han hecho algunos críticos, este Solo de John Powell con el Rogue One de Michael Giacchino, sobre todo porque el segundo intentó mantener una fidelidad escrupulosa al estilo Williams que le impidió expandir musicalmente sus recursos musicales, mientras que el primero, aportación del propio Williams aparte, ha hecho su agosto. Tiempos vendrán, me temo, en los que lo genérico y pregrabado, el sonido estándar de la BSO comercial contemporánea, terminen de invadir los mundos de Star Wars, y si bien Solo no merece ser acusada directamente de ello, sí que ha dejado la puerta abierta.

jueves, 21 de junio de 2018

Pink Floyd - THE DIVISION BELL


1. Cluster One (5:59)
2. What Do You Want from Me? (4:22)
3. Poles Apart (7:05)
4. Marooned (5:28)
5. A Great Day for Freedom (4:18)
6. Wearing the Inside Out (6:49)
7. Take It Back (6:12)
8. Coming Back to Life (6:19)
9. Keep Talking (6:11)
10. Lost for Words (5:15)
11. High Hopes (8:32)

El álbum de Pink Floyd The Division Bell (1994) es de los que más "división" causan entre los seguidores de la banda británica. Ni siquiera se le acercan discos difíciles como el extravagante Ummagumma (a ratos casi inaudible) o el personalista The Final Cut (obra más de Waters que del grupo), y eso sin hablar del mero auto-homenaje que es The Endless River, que se aceptó por su vocación anecdótica más que por su calidad intrínseca. The Division Bell reunió una serie de características que podrían haberlo convertido en un álbum maldito, de no ser porque el buen funcionamiento económico y la benevolencia del paso del tiempo lo evitaron.

Contraportada del CD.

Tras el antes mencionado The Final Cut (1983) y la separación de Pink Floyd, la publicación en 1987 de A Momentary Lapse of Reason fue acogida como la confirmación tranquilizadora de que el grupo seguiría adelante con David Gilmour como líder "no dictatorial" y con mucho que ofrecer pese a la marcha de Roger Waters. Con todo, y aunque tiene muy buenos momentos, es un álbum un tanto irregular y acomodaticio. El primer problema de The Division Bell, el siguiente trabajo de estudio de esta etapa, es que incide en esto último, llevando a ratos lo cómodo a lo llanamente autocomplaciente. Waters se cachondeó bastante.

Nick Mason, David Gilmour y Richard Wright en una foto de la época.

The Division Bell (cuyo título se refiere al toque de campana con el que el parlamento británico se alinea para disponerse a votar) es álbum que maneja como concepto general la comunicación entre las personas y los problemas que causa la falta de ésta. Salvo en casos como el de The Wall y algún otro, Pink Floyd nunca llegó a profundizar demasiado en su visión de cada álbum como pieza conceptual explícita, y el CD que nos ocupa es igualmente difuso en su tratamiento temático. Lo que queda tras su escucha, aun contando con las letras traducidas, tiene más de sucesión de temas exquisitamente producidos y melódicamente bellos que de pieza "narrativa" coherente.

Coming Back to Life

¡Y qué bellos son sus temas! David Gilmour, autor de la mayoría de las canciones (junto con su esposa Polly Samson, aunque no todo el mundo cree lo que afirman los créditos) se saca de la manga unos cuantos cortes que suenan a himnos pese al poco riesgo creativo asumido en ellos: A Great Day for Freedom, Coming Back to Life, Lost for Words... También hay algunos temas más rockeros (con algo de blues) como What Do You Want From Me? o Keep Talking, donde suena la voz sampleada de Stephen Hawking. También está por ahí Take It Back, que por aquí sonó mucho en la radio y que contiene un punteo de guitarra que recuerda a U2.

Marooned

Ninguno de estos temas es manifiestamente malo o pobre, pero Pink Floyd, incluso en versión recortada y algo descafeinada, deslumbra cuando arriesga. El tema instrumental Marooned logró el primer y único Grammy para la banda, en plena era del "Britpop", y la pieza introductoria Cluster One es también muy notable. Con todo, el tema que más me sigue impresionando es Wearing the Inside Out, salido directamente del cerebro de Richard Wright. Tanto la voz del teclista (que en el álbum anterior figuraba como invitado y no como miembro titular) como el ritmo lánguido, el saxo de Dick Parry y los coros femeninos crean una atmósfera peculiar que alcanza el éxtasis con su breve solo de teclado. Durante unos segundos, benditos sean, nos hace volver a la épica cósmica de The Dark Side of the Moon.

Wearing the Inside Out (en vivo, 2006).

Completa el álbum la larga y ambiciosa High Hopes, un tema con videoclip de los caros y mucha grandiosidad sonora gracias a la orquesta sinfónica que dirige Michael Kamen, pero que de nuevo sabe a poco en lo imaginativo y roza lo pomposo. Suele estar presente en recopilatorios más por su carácter de single que por ser lo mejor o más representativo del disco.

High Hopes

Terminaremos mencionando la presencia en el "artwork" del genial Storm Thorgerson, a cuya estética surrealista debe tanto la iconografía de Pink Floyd. No sé si fue obra suya o no, pero el estuche de las primeras ediciones en CD de The Division Bell llevaba varios elementos en relieve en la zona izquierda de la bandeja del disco, la que sobresale junto a la portada, entre ellos algo en braille (supongo que el título del álbum o el nombre de la banda), todo perdido hoy en día por culpa de la barata y genérica reedición en digipak que hoy puede adquirirse en tiendas.

Cada formato de la primera edición (CD, casete, vinilo) tuvo una portada distinta.

El álbum que nos ocupa fue el origen de una gira multitudinaria, la última de Pink Floyd, que terminaría siendo recogida en el portentoso doble álbum en vivo titulado Pulse (1995), del que hablaremos en otra ocasión. Reconozco que The Division Bell no es uno de los grandes álbumes de la banda, pero sí que es uno de los que reescucho con más frecuencia, siempre con mucho gusto. 
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