lunes, 8 de febrero de 2016

Yanni - LIVE AT THE ACROPOLIS


1. Santorini (6:57)
2. Keys to Imagination (7:35)
3. Until the Last Moment (6:37)
4. The Rain Must Fall (7:24)
5. Acroyali / Standing in Motion (Medley) (8:51)
6. One Man's Dream (3:36)
7. Within Attraction (7:46)
8. Nostalgia (5:46)
9. Swept Away (9:22)
10. Reflections of Passion (5:22)

Uno de los mayores éxitos comerciales de la música new age es, sin sombra de duda, Live at the Acropolis (1994), el famoso doble LP en directo del músico griego Yanni. Grabado en directo en el anfiteatro ateniense de Herodes Ático en 1993, Live at the Acropolis es especialmente célebre gracias a su emisión en varias ocasiones en la PBS (la televisión pública estadounidense) y a su edición en vídeo doméstico, todo un best seller musical que batió récords de ventas.

Yanni subrayó en varias ocasiones el personal placer que supuso para él regresar a su Grecia natal (su carrera estaba ligada sobre todo a norteamérica) para este evento tan notable, y desde entonces se ha dado el gusto de celebrar otros conciertos multitudinarios en lugares emblemáticos. Se hizo acompañar el teclista por la Royal Philharmonic Concert Orchestra y por otros instrumentos como el bajo y la batería, lo que proporciona una interesante amplitud de sonido a composiciones que en algunos casos bien podrían haber surgido directamente de un sintetizador. El mayor mérito logrado por Yanni en este sentido es acercar la new age a lo que se conoce como música neo-clásica, gracias a los matices románticos que aporta la orquesta. No obstante, y pese a que el público yanqui es bastante receptivo hacia la música instrumental suave (ellos la llaman "easy listening"), parece que en el caso de Yanni se ha hecho necesario en muchas ocasiones una justificación, o más bien una excusa, para vencer cualquier posible recelo ante este estilo musical que tanta gente sigue considerando de segunda categoría. Hablamos de eso que llaman el "efecto Mozart", y que, por mucho que tenga ciertos fundamentos psicológicos que no pienso negar, al final es un modo de dar una seriedad impostada a piezas musicales que de otro modo corren el riesgo de quedar relegadas a ascensores de centros comerciales y salas de espera de dentistas.

Y sería una pena, porque la música que interpretaron Yanni y su ensemble en aquel septiembre ateniense se sostiene por sí misma, sin que tenga que venir un experto extramusical a recomendarla como si fuese un remedio homeopático o una forma de hacer que tu bebé te salga ingeniero. Vale que es música no agresiva, dulze -dulzona a veces- y más o menos sentimental, pero hay en toda la obra un excelente trabajo compositivo que abarca un gran abanico de sonidos y colores musicales. Los temas desprenden energía y cierta grandiosidad no del todo vacua, y el ambiente general que se desprende del visionado del concierto en vídeo hace comprender el porqué de su éxito popular. 

Santorini

El álbum comienza briosamente con la ágil Santorini, que combina con equilibrio fragmentos de teclado con arreglos sinfónicos. Keys to Imagination aporta algo de pausa en su comienzo, así como un levísimo toque a lo big band y sutiles matices orientalistas a base de flautas, cuerdas y percusiones, aunque recupera a ratos el nervio del primer tema. Until the Last Moment y su piano son puro romanticismo new age muy bien entendido, un tema digno de la mejor música para el cine. The Rain Must Fall posee unos ritmos y una atmósfera mucho más contemporáneos, con fragmentos al bajo que parecen -o son- completamente improvisados, casi propios de un jazz sencillo. El espectacular Acroyali / Standing in Motion es uno de los temas más conocidos del disco, ya que ha sido utilizado en varias campañas de publicidad. Es el tema del álbum del que se dijo que poseía el famoso efecto Mozart, aquello de que el cerebro es capaz de predecir qué notas van a sonar a continuación y se nos enriquecen con ello las neuronas. One Man's Dream incide en el romanticismo neo-clásico, otra vez con una inspirada melodía muy evocadora. 

Llegados a este punto, parece que se busca una alternancia de lo íntimo y lo rítmico, porque el siguiente Within Attraction incide en lo segundo, otra vez con el violín desbocado de Shardad Rohani y sabor mediterráneo. Más grandilocuente que íntima resulta ser Nostalgia, pese al protagonismo del piano solista. Swept Away es puro easy listening por su ritmo de batería muy acusado y su ambiente urbano. Seguramente sea el único tema del álbum en el que la orquesta sinfónica no termina de estar bien integrada en el conjunto. Más romanticismo sentimental nos espera para cerrar el disco con Reflections of Passion. Lo cierto es que, una vez superada la grata sorpresa inicial, la segunda mitad de este largo trabajo suena un poco rutinaria, y esto es injusto, porque no hay una verdadera merma de la calidad musical de los últimos temas. Quizá sea uno de esos discos que funcionan mejor si se escuchan por tramos y no de un tirón.

Resumiendo, Live at the Acropolis no solamente es una estupenda obra en la mejor línea de la new age comercial en sus años de esplendor, sino que es bastante recomendable para iniciarse -o iniciar a otros con nuestra recomendación- en el mundillo de la música instrumental contemporánea más accesible. No soy un seguidor acérrimo de Yanni ni de la new age, pero es un título cuya escucha siempre me resulta muy agradecida.

miércoles, 27 de enero de 2016

Mike Oldfield - DISCOVERY


1. To France (4:37)
2. Poison Arrows (3:57)
3. Crystal Gazing (3:02)
4. Tricks of the Light (3:52)
5. Discovery (4:35)
6. Talk About Your Life (4:24)
7. Saved by a Bell (4:39)
8. The Lake (12:10)

El proximo viernes se publica la reedición en formato "deluxe" del famoso álbum de Mike Oldfield de 1984, Discovery. Siendo el músico uno de los predilectos del blog, he decidido dedicarle un comentario al trabajo, pese a que no lo incluí en el pequeño widget de la derecha que informa sobre próximas entradas. Mucho se ha quejado el multiinstrumentista de cómo la compañía Virgin Records le presionaba para componer temas cantados radiables, pero, tal como intenté argumentar en una entrada hace tiempo, dudo mucho que crear obras tan hermosas como ésta supusiese un sufrimiento. No voy a dejar a Oldfield por mentiroso, pero sí que es evidente en él una enorme inestabilidad emocional que le ha conducido a distintos ejercicios de revisionismo sobre su propia vida y obra, calificando cualquier cosa de basura y luego de obra maestra, o al revés, según tenga el día. De Discovery llegó a decir que era su mejor disco, y aunque está claro que exageraba por razones promocionales, hay mucho amor y dedicación puestos en él.

Imágenes del interior del libreto del CD.

Estamos a mediados de los ochenta, y Oldfield, que va dejando atrás su época de mayor originalidad (los años setenta), se adapta a los tiempos con nuevos trabajos que, si bien mantienen su popularidad y sus ventas muy altas, dejan a los fans un poco pendientes de qué pasará, hibernando a la espera de nuevos instrumentales épicos. La irrupción de nuevas vertientes en el pop mundial debieron impulsar al músico a tontear con canciones propiamente dichas, tímidamente con aquel I Got Rhythm de Platinum (1979), y con mucho más calado en el álbum Five Miles Out (1982), con Family Man. La explosión pop de Oldfield llega con el álbum Crises (1983), cuya segunda mitad, salvo por una pequeña miniatura aflamencada, es una pequeña colección de canciones muy variadas y llamativas. Destaca entre todas la sempiterna Moonlight Shadow, que sigue siendo el tema más popular del británico junto a Tubular Bells, pese a que alguien poco informado jamás supondría que son obra del mismo autor.

Contraportada del vinilo.

Pues bien, el álbum Discovery está planteado como una potente secuela de la vocación pop de Crises, ambiciosa por dejar el instrumental -mucho más breve- al final, y llenar cara y media del LP con canciones vocales. El sonido de éstas es muy depurado, meritorio a más no poder si valoramos la faceta de Oldfield como ratón de laboratorio musical (le ayudó en la producción Simon Phillips, también batería), aunque está claro que, escuchadas hoy en día, algunas de las canciones suenan muy de su momento. La cantante Maggie Reilly se consagra aquí como una de las voces femeninas más características del pop ochentero, revalidando el éxito de Moonlight Shadow con la excelente To France, que abre el disco. Fue un pepinazo en la radio y sigue sonando con frecuencia en la actualidad.

El vídeo "oficioso" de To France
El original, con la banda tocando en un tejado en llamas durante una inundación (?) es cada vez más difícil de encontrar.

Se alterna o complementa Reilly con la voz masculina de Barry Palmer en una serie de temas que se enlazan muy elegantemente, con unos arreglos cada vez más elaborados y una atmósfera medio cósmica (se utilizó abundantemente un sintetizador Fairlight en la composición), medio folk-rock. No soy muy admirador de la ingenua Tricks of the Light ni de la para mí un pelín seca Discovery, pero sólo puedo caer rendido ante la belleza de Poison Arrows, Crystal Gazing y, sobre todo, Talk About Your Life, que reinventa inteligentemente la dulce melodía de To France. Hay quien se queja de que Saved by a Bell es ñoña, y de que a Barry Palmer le falta fuelle en algún punto de la melodía, pero me gusta su toque soñador.

Poison Arrows

Hacia The Lake, y a sabiendas de que es uno de los cortes instrumentales más admirados por los seguidores de Oldfield en su etapa ochentera, tengo sentimientos encontrados. La pieza está inspirada por el lago Lemán, o Ginebra, en Suiza, cerca del cual se grabó Discovery. Como dice una frase impresa en la contraportada del disco, todo él fue "grabado en los Alpes suizos, a 2000 metros de altitud, con vistas al lago Ginebra en días soleados". Es un tema bonito, digno del mejor Mike Oldfield (recuerda por momentos al tema Taurus II de Five Miles Out, más que al precedente inmediato Crises), pero hay tramos que me dejan un poco frío pese a ser en general una composición briosa e imaginativa (suena incluso la sintonía de la 20th Century Fox y -creo- el rugido del león de la Metro) y, como el conjunto del álbum, exquisitamente bien producida. Algunos fragmentos se me hacen un poco simples, aunque es cierto que otros son muy profundos y expresivos. Hay grandísmos fragmentos de guitarra.

The Lake, en vivo en San Sebastián.

Creo que mi problema es que suelo escuchar los álbumes de Oldfield de principio a fin, y para cuando llego a The Lake ya tengo la sensación de haber disfrutado de una experiencia completa con las canciones anteriores (recordemos que la penúltima recupera melodías de la primera, cerrando una especie de círculo conceptual), con lo que estoy... digamos que saciado. El postre, por muy bueno que sea, se me hace largo. Tal vez la cuestión esté en que el mismo Mike considera, de algún modo, que el instrumental es una obra separada, independiente de lo que segundos antes ha sido el álbum Discovery, y de ahí el título secundario del LP, Discovery and The Lake.

No sobra mencionar que los singles de Discovery incluyeron algunos temas reseñables que después han aparecido en recopilatorios, y que están en la novísima reedición del álbum. Hablamos de Afghan, In the Pool y Bones, las dos primeras muy bonitas, la tercera un interesante experimento. Por cierto, Afghan ha sido reelaborada y ampliada bajo el título The Royal Mile para la "deluxe".

 Los singles de Discovery.

Discovery dio origen a una gira europea de presentación, muy arquetípica del sonido en directo de Mike y lo que era su banda más o menos estable de los ochenta. La nueva edición no contiene el clásico concierto de la gira en el segundo CD, sino la extraña Suite 1984 que pretende hermanar musicalmente el álbum que nos ocupa con la banda sonora de Los gritos del silencio (The Killing Fields), creada poco más o menos en paralelo y que, más allá de la proximidad de las fechas, no tiene nada que ver ni con Discovery ni con The Lake. Otra vez Mike Oldfield, el revisionista de sí mismo, haciendo de las suyas.

viernes, 22 de enero de 2016

David Bowie - LOW


1. Speed of Life (2:46)
2. Breaking Glass (1:52)
3. What in the World (2:23)
4. Sound and Vision (3:05)
5. Always Crashing in the Same Car (3:33)
6. Be my Wife (2:58)
7. A New Career in a New Town (2:53)
8. Warszawa (6:23)
9. Art Decade (3:46)
10. Weeping Wall (3:28)
11. Subterraneans (5:39)

De entre los varios álbumes de David Bowie que entran en la categoría de clásicos (y son unos cuantos), Low es, además, uno de los más firmes candidatos a obra maestra del músico británico. Publicado en 1977, Low es el primer disco de la etapa que conocemos como "trilogía de Berlín", y que en su momento comentamos conjuntamente con sus dos continuaciones, "Heroes" (1977) y Lodger (1979). Es cierto que "Heroes", gracias sobre todo a su maravilloso tema homónimo, suele ser un disco de referencia en la carrera de Bowie, aunque Low retiene una pátina especial de trabajo de culto que lo hace muy especial. Por su parte, Lodger es un trabajo más convencional en lo que a estructura se refiere, y que en su momento pasó relativamente más desapercibido.

Contraportada de una edición en CD.

En efecto, lo que hace de Low una obra tan interesante es no ser en absoluto un disco convencional. Si bien es verdad que el Duque blanco nunca se caracterizó por atenerse a los tópicos de la música popular del momento, no deja de ser sorprendente que un artista al que podemos considerar como vocalista publique un álbum poco menos que instrumental. A ver, la segunda mitad del LP es un experimento cercano al ambient, mientras que la primera consiste en una pequeña colección de piezas cantadas en la órbita pop de la época... pero incluso en éstas últimas vemos que Bowie está mucho más volcado en cuidar la instrumentación y las atmósferas que en lucir su personal estilo vocal.

Contraportada de otra edición, esta vez con temas extras.

En la época en que se grabó Low, Bowie estaba luchando por salir del mundo de las drogas y encaraba cambios importantes en su vida personal y artística, lo que, suponemos, le animaba a experimentar un poco en varios campos. Por ejemplo, el año anterior protagonizó por primera vez una película, El hombre que vino de las estrellas (The Man Who Fell to Earth, Nicolas Roeg, 1976), que se aprovechaba una vez más de su imagen extravagante y "marciana". Para aquella película se le propuso componer una serie de temas musicales a modo de banda sonora, que finalmente no fueron utilizados. Se supone que Low nace como mezcla de las ideas musicales heredadas del anterior álbum Station to Station (1976) y los experimentos para la película.

Decisiva en el sonido de Low fue la inteligente producción de Tony Visconti, que sabe jugar con el sonido general y el equilibrio entre instrumentos para transformar una simple melodía en algo mucho más interesante (gran trabajo el realizado con el sonido de las percusiones, por ejemplo), y para hacer que las canciones tengan un carácter áspero, sin limar, muy vanguardista y más urbano que lo que venía siendo buena parte del art-rock de entonces. Low contiene joyas como Speed of Life, Sound and Vision o Be my Wife, sin que ninguna de las otras canciones merezcan menor atención.

Sound and Vision

Pero la palma se la lleva Brian Eno, que en la segunda cara del vinilo es poco menos que coautor fifty-fifty, desarrollando las composiciones de Bowie con su habilidad para la innovación electrónica hasta lograr resultados impresionantes en temas como -por citar el más conocido- el instrumental Warszawa. Aunque el disco se grabó en Francia, la influencia berlinesa en la música queda clara si pensamos en los parecidos que hay entre los temas casi del todo instrumentales de Low y lo que en los años setenta hacían los grupos punteros del krautrock, desde Neu! a Kraftwerk. Las texturas sobre por encima de las melodías, lo cósmico por encima de lo terreno. Puede permitirse Bowie intervenir en toda una segunda cara como un elemento más de la amalgama, añadiendo algunas voces sueltas, más cánticos sueltos que verdaderas canciones. En cualquier caso, y aun siendo Eno quien marca la diferencia, los instrumentales de Low se mantienen en la atmósfera agradable del ambient de su coautor, sin llegar al grado de frialdad electrónica del krautrock.

Warszawa en directo, en 1978.

Con estos trabajos de David Bowie, al igual que con muchos de los grandes títulos del rock de los setenta, uno no puede dejar de sorprenderse al ver cómo la música popular alcanzó sus más altas cimas en lo que a libertad creativa se refiere. La industria lo fomentaba y el público lo bendecía de buena gana, tal vez porque los medios de entonces eran menos dados a crear sus propios ídolos prefabricados y solían apoyar a los de verdad, a los que se hacían a sí mismos. La relación entre las compañías discográficas, los medios de comunicación y el público ha cambiado muchísimo desde aquella década del siglo pasado, y en muchos casos sólo los supervivientes de entonces han podido mantener su independencia artística. La evolución artística de Bowie solo se ha detenido cuando le ha fallado el cuerpo, cuando una maldita enfermedad le ha impedido seguir haciendo lo que le daba la gana. A falta de que se publiquen todos los recopilatorios que son de esperar en estos casos, nos sigue quedando una larga discografía a la que poder acudir de vez en cuando, con la suerte de que no contiene música de usar y tirar. Sirva esta reseña como homenaje a su indiscutible talento y su influencia irrepetible sobre quienes no nos conformamos con medianías.

sábado, 16 de enero de 2016

Morricone, el eterno candidato.

Quentin Tarantino siempre ha sido un gran admitador de los westerns crepusculares que dirigía el italiano Sergio Leone con Clint Eastwood como protagonista, y con Ennio Morricone a la batuta. Y no es que los dos últimos filmes del autor de Pulp Fiction vayan en la misma línea estética o argumental que aquella "Trilogía del dólar" o "del Hombre Sin Nombre", pero tanto Django desencadenado (2012) como la recién estrenada Los odiosos ocho (2015) son westerns carismáticos y sangrientos que demuestran el gusto de Tarantino por los espaguetis bien cargados de tomate. 

La novísima banda sonora de Ennio Morricone.

A punto estuvo Morricone de componer la partitura de Malditos bastardos (2009), aunque los ritmos del cine comercial actual entraron en conflicto con el estilo musical del italiano, y el pobre Quentin tuvo que admitir la incompatibilidad de caracteres y conformarse con material reciclado de otros filmes. No en vano, ya desde los tiempos del díptico Kill Bill (2003, 2004) encontramos a Morricone entre los variopintos músicos escogidos para las carismáticas bandas sonoras tarantinianas. 

Escena de Kill Bill Volumen 2.

Una pieza musical de Morricone en Death Proof.

Otra de Malditos Bastardos.

Y otra más, de Django desencadenado.

Volvimos a escuchar a Morricone, discretamente en la inclasificable Death Proof (2007) y a saco en las geniales Malditos Bastardos y Django Desencadenado, en esta última nada menos que con el tema original Ancora Qui, con lo que las incursiones de Tarantino en el western pedían a gritos una colaboración con todas las de la ley que finalmente ha sido posible en Los odiosos ocho (The Hateful Eight) tras muchas conversaciones y peregrinaciones de Quentin a Italia. 


Casi se diría que el director ha rodado la película a conciencia para dar cabida en ella al estilo de su músico soñado, con un ritmo más pausado y, en general, un planteamiento estético más atmosférico que la anterior Django. En realidad, Los odiosos ocho viene a ser esencialmente una única y muy intensa "set piece".

Lo bueno y lo malo de la música original de The Hateful Eight es que Morricone no se ha repetido a sí mismo. No encontraremos en sus 50 minutos de banda sonora ningún tema que recuerde a aquellos épicos himnos con silbidos de Curro Savoy, o al lirismo arrebatador de Once Upon a Time in the West, sino piezas no demasiado melódicas que se definen por la tensión desquiciante de la trama del filme, no necesariamente propias de un western. La música del italiano crece y crece, se retuerce, suda junto a los pistoleros refugiados en la posada de montaña en la que transcurre la rocambolesca historia. Indagando en sus evidentes matices terroríficos, he podido averiguar que Tarantino utiliza también en la película alguna pieza de Morricone para el clásico de John Carpenter La cosa (1982), que no está recogida en el álbum oficial de esta nueva película. ¿Tendrá algo que ver la presencia de Kurt Russell en un paisaje nevado?

Un "cómo se hizo" en inglés, con escenas de la grabación junto a la Orquesta Sinfónica Nacional Checa.

Ni por asomo diría yo que se trate de una de las mejores partituras de Morricone, aunque desde luego es más que digna del talento de su autor. En fin, lo importante es que en la película funciona a las mil maravillas, si bien como música para escuchar de manera independiente no da tanto de sí.

El caso es que Ennio Morricone ha sido galardonado recientemente con el Globo de Oro en su categoría, y tan pronto como se han anunciado las candidaturas a los Oscars se le ha puesto como ganador seguro en casi todas las quinielas. Compite con El puente de los espías de Thomas Newman, Carol de Carter Burwell, Sicario de Jóhann JóhannssonStar Wars: el despertar de la Fuerza de John Williams. Solo conozco la primera y la última de las mencionadas, amén de la que nos ocupa, y aunque opino que el brontosaurio Williams ha superado al diplodocus Morricone, no creo que haya objeciones a la victoria del segundo. Por cierto, se ha quedado fuera de las candidaturas la potente banda sonora de Ryuichi Sakamoto para El renacido.


Las rivales de The Hateful Eight.

Recordaremos que Morricone ha estado nominado en cinco ocasiones antes de que se le concediese el Oscar honorífico en 2007 (un solo músico, Alex North, lo había recibido antes), y la derrota de maravillas como La misión ante obras musicales que ya nadie recuerda ha alimentado un comprensible sentimiento de injusticia hacia su persona. No olvidemos que este señor es, con todo mérito, uno de los músicos más originales y reconocibles de la historia del cine. Para más desgracia, está también la pifia de quien estaba encargado de inscribir la banda sonora de Érase una vez en América (1984) para los premios, cuya negligencia dejó en la cuneta a una de las obras maestras del italiano.

Es de esperar, por lo tanto, que el ya bastante vejete maestro logrará ese raro Oscar que muy pocos artistas han recogido después del honorífico (me acuerdo de Paul Newman). La verdad es que el premio ya estaba otorgado tan pronto como se supo que Ennio Morricone estaría en el filme de Tarantino.

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