martes, 23 de diciembre de 2025
Wim Mertens - INTEGER VALOR
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Esa musiquilla en mi cabeza, capítulo 16: "KAVAL SVIRI"
viernes, 5 de diciembre de 2025
Dungeon Synth: música desde un inframundo fantástico.
Para mantener fresco un blog como el nuestro, hay que embarcarse en una constante investigación para descubrir cosas nuevas. Yo suelo hacerlo a través de varias fuentes, entre otras los estupendos espacios sobre música que mantienen varios "streamers", y últimamente me he encontrado con un par de vídeos sobre un género que yo desconocía por completo y que me ha resultado muy llamativo e interesante: el "Dungeon Synth", o lo que es lo mismo, "Sintetizador de mazmorra".
Por resumir un poco, el sub-subgénero Dungeon Synth nació en los años noventa y alcanzó cierto estatus de culto, por supuesto en su contexto muy minoritario, mediante la difusión todavía limitada de Internet en aquellos años. Es un estilo musical con un evidente regustillo friki, no por lo "rarito" o por su inclinación hacia lo fantástico, sino más bien por lo enormemente especializado. Al parecer, el Dungeon Synth surge de la idea de varias bandas de black metal del norte de Europa de incluir piezas instrumentales en sus discos que servían para dotarlos de una atmósfera épica y reforzaban el carácter conceptual de estos trabajos. A los aficionados del metal debió gustarles la iniciativa, ya que algunos músicos del gremio comenzaron a realizar álbumes completos de música instrumental con sintetizadores muy básicos, con sonidos de instrumentos midi, prácticamente a modo de maquetas. Un álbum muy representativo de esta primera época es Depressive Silence II (1996), probablemente una demo más que cualquier otra cosa. Es obra del músico alemán B. S. (B. Schmidt), guitarrista y teclista de black metal.
Se trataba inicialmente de álbumes a menudo breves, realizados a menudo por músicos semiprofesionales o por profesionales con una intención puramente experimental, con recursos técnicos precarios y grabados originalmente en el soporte más pobre del momento: el cassette. Hoy en día, con muchas posibilidades tecnológicas baratas o gratuitas, se mantiene la idea de que un álbum de Dungeon Synth debe sonar sólo regular, lo que llaman en "lo-fi" o "baja fidelidad", como una cinta grabada y reproducida muchas veces hasta que el sonido pierde nitidez. El universo de este género ha experimentado un auténtico big bang, ya que la variedad de sub-sub-subgéneros que hoy en día pululan por la red (YouTube mismo está repleto) es abismal. El Dungeon Synth nunca ha logrado meter la cabeza, ni de lejos, en la escena mainstream, pero tiene su público y se está diversificando. Pongo aquí el álbum Mark of the Worm (2023) de Landsraad, inspirado en Dune con un acierto -para mi gusto- espectacular.
Temáticamente hablando, un álbum de Dungeon Synth busca recrear una atmósfera oscurantista, gótica y decadente aunque más onírica que terrorífica, con regusto medieval si se puede, aunque en especial inspirada por la fantasía épica literaria y videojuegos modernos con un espíritu parecido, como el famoso Dark Souls. De hecho, parece que este estilo es especialmente codiciado por los aficionados a los juegos de rol, que lo utilizan de fondo durante sus partidas. En lo que nos toca, el Dungeon Synth resultará más que agradable a los aficionados al ambient y el dark ambient, y no descarto que pueda hacer las delicias de los nostálgicos de la música añeja de sintetizador, en general. Termino con este estupendo vídeo especializado del canal de YouTube Central Sonora, del que he obtenido -agradecido- mucha de la información del texto:
lunes, 17 de noviembre de 2025
Aphelion Psalm - PORTAL TO CASSIOPEIA
Alguna vez, hace mucho tiempo, hice un elogio de uno de los mejores momentos que experimenta quien mantiene un blog como este: abrir el buzón y encontrarte un estupendo CD, a menudo autografiado pero siempre con la pátina de lo minoritario e interesantísimo. Todo un placer fue encotrarme con este breve álbum, un EP si nos remontamos a la época de los formatos físicos, enviado desde Nerja por el artista que se hace llamar C. Pilgrim. Supongo que Aphelion Psalm es más el nombre del proyecto que un alter ego del propio músico.
Todavía más placer se siente al sumergirse en un buen trabajo de música cósmica (la portada es en sí misma una sólida promesa) al estilo del que hacían los artistas de la denominada Escuela de Berlín. Para los nuevos en el blog, porque ya llevamos comentados por aquí un buen montón de trabajos de este subgénero de la electronic music, se trata de música generada con sintetizador que suele poner más énfasis en la atmósfera que en el colorido musical, más acento en las complejas texturas superpuestas que en las melodías. Durante los años setenta, fue precisamente en Alemania (no solamente Berlín, aunque allí estaba el epicentro) donde se desarrolló este estilo musical vanguardista, buscando una forma de posmodernidad que iba más allá del rock convencional y funcionaba en paralelo al krautrock, a veces cruzándose los caminos de ambos sin que sea fácil distinguir siempre dónde terminaba uno y comenzaba el otro. Los gurús de esta escuela, cuyos máximos exponentes son Tangerine Dream y Klaus Schulze, con permiso de algún otro, hacían las delicias de los fans de la psicodelia con conciertos en iglesias y catedrales, luces apagadas, ojos cerrados y alguna que otra sustancia por allí diluida.
El rock progresivo, otro subgénero con el que también daban lugar a híbridos, tuvo un claro declive en su popularidad durante la segunda mitad de la década de 1970, de sobra conocido por producirse en un contexto que rebasaba lo meramente musical... Pero en el caso de la música de la Escuela de Berlín no me parece tan claro que hubiese una decadencia tan marcada, un canto del cisne concreto, pese a que su edad de oro quedó enmarcada en aquellos años. Experimentó un bajón durante los años ochenta, en los que el tecnopop (pongamos a los también alemanes Kraftwerk) acaparó el protagonismo de la electrónica europea "dura", pero algunos de sus representantes más ilustres han seguido haciendo una música bastante coherente con los postulados iniciales del movimiento hasta la actualidad. Hoy en día, además, el estilo Escuela de Berlín se ha reencarnado en diversas formas de electrónica entre las que destaca por su relativa cercanía el dark ambient. No es tan común encontrar obras a la berlinesa fuera de la propia Alemania, pero haberlas haylas. Aquí mismo, en España, hay que recordar la interesantísima discografía de Neuronium y los posteriores trabajos en solitario de Michel Huygen.
Portal to Cassiopeia (2025), como buen álbum en su estilo, se trata de un trabajo conceptual con una narrativa muy concreta (un viaje a través de un portal a la constelación de Casiopea, en el centro de la ilustración de portada) que se desarrolla musicalmente a lo largo una única pista dividida en cuatro secciones. La primera, "Apertura del portal" es la más atmosférica y oscura, con capas de sonido entre las que destaca un afilado zumbido electrónico, en la línea de la Escuela de Berlín más primitiva, antes de que comenzase a adquirir tintes new age. Es como asomarse al abismo, literalmente. La segunda sección, "Criosueño de diez mil años", tiene una melodía indefinida, juguetona, y un ritmo más marcado. Quizá busca emular el tictac de un reloj, el mecanismo de esta maquinaria de hibernación que nos mantiene jóvenes mientras viajamos por el cosmos, o incluso el latido del corazón del durmiente, que vuelve a sonar mientras éste se aproxima a su destino. "Abismo del vacío de antimateria" retoma un planteamiento estático, menos tétrico que el del primer tramo de la suite pero también cósmico e inquietante. No habría desentonado en alguna escena de Blade Runner. Concluye el trabajo con "A las puertas de Alfa Casiopea", que hace referencia a la estrella más brillante de la constelación (la estrella Schedar, una gigante naranja) y contiene unas grandiosas notas de teclado que no se quedan muy lejos del sonido de un órgano de iglesia. Se pierden en la lejanía mientras concluye la composición.
El álbum es muy satisfactorio si se escucha en contexto, sabiendo lo que te vas a encontrar y más todavía si conoces el estilo musical aunque sea sólo un poco, aunque un melómano casual deberá hacer un ejercicio de escucha activa libre de prejuicios para entender con qué conceptos juega aquí C. Pilgrim. Por mi parte, quedo a la espera de escuchar nueva música de Aphelion Psalm y recomiendo a connoisseurs y curiosos que se acerquen a su espacio en Bandcamp, donde pueden escuchar Portal to Cassiopeia al completo y descargarlo para su escucha en un reproductor en condiciones.
martes, 11 de noviembre de 2025
The Tolkien Ensemble - AN EVENING IN RIVENDELL
2. The Old Walking Song, The Road... (4:58)
Uno de mis fenómenos literarios favoritos, y creo que también uno de los más queridos de la cultura popular, es el conjunto de obras del autor inglés J.R.R. Tolkien sobre la Tierra Media. Ni que decir tiene que el fenómeno de El señor de los anillos ha ido mucho más allá de lo literario a partir de la fiebre suscitada hace ya casi un cuarto de siglo por el estreno de la trilogía cinematográfica. Es un mundillo que me encanta, que me llena, y por eso intento traer por aquí de vez en cuando alguna de las numerosísimas obras musicales relacionadas con el vasto "legendarium" que constituye toda esta mitología moderna.
Lo cierto es que el universo de la Tierra Media fue durante muchos años, y para mucha gente, una afición de culto. No es que hubiese de qué avergonzarse por leer fantasía (Tolkien fue candidato al Nobel), pero todos sabemos que el seguimiento de esta clase de material se ha asociado habitualmente con la cultura friki, los juegos de rol o a la pura evasión psicodélica, por no hablar de músicas fuera del circuito de la radio comercial. Existe, de hecho, toda una constelación de grupos de rock duro (metal, sobre todo) que han tirado de la inspiración Tolkiana para su música y sus letras. Todo tan estupendo como nos quiera parecer, pero indudablemente minoritario. Aunque el propio profesor llegó a grabar en su día un disco recitando -y hasta cantando- algunos de los poemas contenidos en sus libros, nunca hubo un intento tan riguroso como el de The Tolkien Ensemble que aquí nos ocupa por grabar todos los poemas y canciones contenidos en El señor de los anillos, que no son pocos. En total, llegaron a registrar cuatro álbumes, el primero de los cuales, de 1997, es anterior incluso al inicio de la producción de las películas, momento en el que el "fandom" se volvió poco menos que universal.
La influencia de Tolkien abarca desde Led Zeppelin hasta Enya, pasando por la música clásica académica, el jazz de vanguardia y el rock progresivo. No obstante, lo que hace tan interesante el álbum que tenemos entre manos es que está ideado para responder precisamente a lo que promete su título: un atardecer en Rivendell. Rivendell es un refugio para el pueblo de los elfos que aparece tanto en El hobbit como en El señor de los anillos. Es la residencia del sabio Elrond y su corte, una casa de exquisita arquitectura al pie de las montañas, en un valle repleto de riachuelos y cascadas. Es también un bastión de las artes, y en sus salones se compone y se interpreta música, se canta y se recitan poemas a diario. Este Ensemble nos ofrece con coherencia la clase de música que podríamos escuchar si estuviésemos de paso en Rivendell, interpretada por un pequeño conjunto que utiliza instrumentos sencillos y tradicionales. Está a caballo entre el folk y la música de cámara, sin arreglos épicos y sin recurrir gratuitamente a socorridas sonoridades new age.
The Tolkien Ensemble es un conjunto danés fundado en Copenhague en 1995 que tiene como líderes y compositores principales a Peter Hall (guitarra, armónica y flauta irlandesa) y a Caspar Reiff (guitarra), que había sido alumno del anterior. Destacan también la voz solista de Signe Asmussen, el acordeón de Oyvind Ougaard, el contrabajo de Katja Nielssen y el violín de Morten Ryelund Sorensen. Su debut en concierto se produjo en 1996, en el castillo de Gjorslev, tras el cual realizaron esta primera grabación suya de obras de Tolkien. En An Evening in Rivendell intervienen, además de otros músicos, varios vocalistas que hacen el papel de personajes como Aragorn, Bilbo Bolsón, Gildor y Baya de Oro, todos interpretando las mismas canciones que cantan en el libro. Cuentan con el beneplácito de las editoriales que han publicado las obras de Tolkien, así como con el visto bueno de los herederos del autor, que se han dejado ver en alguno de sus conciertos. Una aliada de lujo de este conjunto musical es la reina Margarita II de Dinamarca, que aporta la ilustración de la portada en este trabajo y que continuó aportando material de su colección personal, creado cuando era princesa heredera, para posteriores álbumes.
La sensación que queda al escuchar el álbum al completo es que hay dos tipos de canciones bastante diferenciadas: algunas de corte rústico, popular, con sabor a cancionero medieval; y otras con un carácter más elevado, más etéreo, en este caso un poco más propias de un contexto fantástico, y que en algún momento (por ejemplo, en el tema de Eldamar cantado por la reina élfica Galadriel) parece entrar en un campo parecido a aquel en el que se mueven algunos fragmentos de las posteriores BSOs de Howard Shore. El contraste es notable, pero el propio libro establece bien ambos tipos de canción, condicionados por el intérprete y el contexto. Y de ambos tipos se canta en Rivendell, al fin y al cabo.
Posteriormente, saldrían a la venta A Night in Rivendell (2000), At Dawn in Rivendell (2002) y Leaving Rivendell (2005), que completan el conjunto de poemas y canciones de El señor de los anillos y que en alguna ocasión se han publicado en un solo pack. En los dos últimos discos mencionados, ya a rebufo del éxito de las películas de Peter Jackson, contaron con la intervención del actor Christopher Lee y realizaron una gira en la que reinterpretaban pasajes compuestos por Howard Shore mezclados con sus propias versiones del poemario.
martes, 4 de noviembre de 2025
Tsode - TOTUM
1. Totum (65:12)
"La música no es sólo una creación humana, sino una fuerza omnipresente que habita en cada rincón del universo. Es el murmullo del viento, el susurro del río, el latido del corazón. Es la danza de las galaxias, el crujir de la tierra al amanecer y el silencio profundo entre las notas. Es el rumor de las hojas que caen en el otoño y el rugido de las tormentas que desgarran el cielo. Es el canto de los pájaros que saludan al sol y el eco milenario de las montañas. La música es tiempo convertido en eternidad, instante convertido en infinito. Es la verdad desnuda que se revela sin palabras, una vibración sagrada que une lo visible y lo invisible. En cada instante, en cada lugar, la música está presente, recordándonos que somos parte de un todo armonioso e interconectado, un todo donde cada ser, cada molécula y cada pensamiento, bailan al compás de una sinfonía universal: TOTUM."
Los hijos de la generación del baby boom, un poco boomers también por contagio, tuvimos durante algunos años la sensación -el convencimiento, incluso- de que la Historia se había detenido en algún momento tras la caída del muro de Berlín, y que eso que tiene un nombre tan feo como la "industria del entretenimiento" se había congelado también gracias a muchos de los productos artísticos que habían tocado el techo de lo guay, de lo insuperable, en una franja de tiempo que se mueve entre los primeros años setenta y los primeros años noventa: la música, el cine y hasta los videojuegos repetían modelos que se nos antojaban inamovibles. Incluso ya metidos en el siglo 21, y teniendo en cuenta que sí pasaron cosas que nos debieron sacar del ensimismamiento (el nuevo orden mundial tras el 11-S, la implantación hegemónica de Internet, la pandemia) había un sustrato en la cultura popular que seguía bebiendo de los usos y costumbres de los setenta y ochenta, adornados si acaso por las nuevas posibilidades tecnológicas. Éramos los reyes.
Entonces, un día cualquiera, disfrutando de algunas series y películas este verano, me he dado cuenta de que se están estrenando masivamente, publicando a gran escala, cosas que ya no son para mí. No son para el niño consentido de los ochenta que pensaba que el 99% de los que crean nuevos contenidos seguirían tirando para siempre de los viejos comodines. ¿Es sólo nostalgia? No. Es algo más lo que se nos ha escapado entre la sobreabundancia salvaje del streaming y las redes sociales más epilépticas, todo girando alrededor de las puñeteras prisas por hacerlo todo rápido, desde entregar un acta inútil en la oficina hasta convertirnos en adultos si todavía somos niños. Me han cambiado los biorritmos.
Creo que la clave de muchos males está en esto mismo, en la aparente falta de tiempo que tenemos hoy para disfrutar de lo que nos gusta, y esto afecta a la manera en que se conciben muchos productos culturales. Es bien sabido que sólo una cantidad ínfima de usuarios de servicios como YouTube o Spotify escuchan las canciones hasta el final, cosa que nos hace llevarnos las manos a la cabeza a los sibaritas que en su día disfrutamos de vinilos y CDs, sentaditos en el sofá con toda nuestra atención puesta en ellos. Con esto en una mano y la opinión generalizada de que la calidad de la música popular actual es cada vez más baja en la otra, me encontré con un comentarista anónimo de Facebook que dio en el clavo: los jóvenes no demandan buena música simplemente porque la música ya no es tan importante para ellos como lo fue para nosotros. No es un elemento definitorio de su vida. Es sólo utilitaria porque así debería serlo. Y lo mismo puede aplicarse al cine, por ejemplo. No creo que las salas se estén vaciando porque la gente no tenga dinero para la entrada y prefiera ver algo en TV; creo que el cine ya no se ve como una experiencia colectiva sino como un entretenimiento más, no tan práctico, no tan rápido, sujeto a reglas sociales que no todos estamos dispuestos a aceptar.
El músico cordobés Jesús Valenzuela (que es de mi edad) me envió hace unos días un enlace privado para la difusión en los medios del que es su último álbum bajo el nombre de Tsode, llamado Totum. Un trabajo de algo más de una hora de duración, sin pausas, totalmente instrumental, a caballo entre lo electrónico y lo acústico y con numerosos invitados de prestigio, homenajeando quizá pero no imitando, a los queridos Jarre, Oldfield y Vangelis. Valenzuela lleva mucho tiempo creando expectación respecto a Totum en sus redes sociales, creo que más por su ilusión con esta nueva obra que por una simple cuestión de márketing, y debo disculparme por no haber sido más rápido con esta reseña. Como ya le dije, no estaba dispuesto a escuchar Totum si no era con atención total, y mucho menos (esto no se lo dije) sin haber tenido tiempo de digerirlo y organizar mentalmente mis impresiones, que es como creo que debe abordarse una obra artística tan ambiciosa como esta.
Llevo tres escuchas, contando una más mientras escribo esto, y pienso que Totum es el mejor trabajo que he escuchado de Tsode, además de una de las mejores cosas que me he encontrado en mucho tiempo. Me ha tocado la fibra.
Impresiona pero todavía no sé si me gusta la idea de utilizar un introducción narrada, en este caso a cargo del actor de doblaje Claudio Serrano -la voz en castellano del Batman de Christian Bale y Ben Affleck-, y después escucho tres notas que me hacen pensar en Tubular Bells III. Falsa alarma. Totum no es un clon de Mike Oldfield, pese a que, seguramente por su abundancia de fragmentos de guitarra cristalina y por su carácter de obra-tocho sugerido por Amarok (1990), sea el de Reading el músico cuya influencia más se percibe a lo largo de toda la pieza. Tsode no es Rob Reed, y en este caso, con todo el cariño hacia el autor de los Sanctuary, el músico cordobés sale ganando con ello. Totum es la consecuencia de muchos años de aprendizaje, de experiencia acumulada por parte de Tsode: en lo tecnológico, con una producción simplemente excelsa en todos y cada uno de los 65 minutos del disco, lo mismo en un pasaje de ambiente cósmico que usando un arreglo orquestal; y en lo expresivo, en lo musical, en la capacidad de trasladar emociones genuinas al oyente y hacerlo partícipe de las mismas. Me he descubierto tarareando algunas de sus melodías, cosa que cada vez me ocurre menos.
Ya en una segunda escucha, es cuando suelo intentar ver una estructura, un programa de concierto. Ha sido difícil en este "todo" que es Totum, porque, como escribió acertadamente José Cantos en su biografía de Oldfield acerca de Amarok, las ramas no te dejan ver el bosque. Totum no es una obra caótica, picassiana y desafiante como aquel trabajo referencial, aunque sí que es muy cambiante dentro de la armonía que transmite. Necesitaré algunas escuchas más si sigo empeñado en ver el esquema completo, pero lo que sí llego a captar es una sensación de equilibrio. No es una composición tan prosaica como para alternar simplemente fragmentos épicos con otros más íntimos, pero logra no saturar en ningún momento ni con los unos ni con los otros, ni tampoco con su alternancia dentro de la disposición más o menos impredecible que se les concede a lo largo del trabajo. Hay en Totum, por explicarlo en otras palabras, una equilibrada asimetría. Totum, pero no revolutum.
Mucho ojo: Totum no es un tributo a la nostalgia, el pataleo de un niño de los ochenta que quiere recuperar sus juguetes y compartirlos con otros cuasi-boomers como él. No es una obra realizada a despecho de la industria actual, porque Tsode ES música actual, con independencia del impacto que pueda tener en determinados medios o grupos sociales. No es un manifiesto en favor de otros tiempos "mejores" por los que andar lloriqueando, en fin, sino una obra fresca y del todo contemporánea, un intento exitoso de crear belleza pura, cuyo formato sirve, si queremos encontrarle el puntillo perverso, para añadir un agradecido elemento de riesgo e ir un poco a contrapelo. Sí que busca recuperar algunos viejos -como los llamé antes- usos y costumbres.
Sólo con lograr que unas cuantas personas lleven por primera vez a cabo el ritual de sentarse cómodamente, lejos del móvil, para escuchar una pieza musical de una hora y pico al completo, creo que Tsode ya habrá logrado buena parte de sus objetivos artísticos. Porque el mundo ha cambiado nos guste o no, y aunque seamos los mayores los que tengamos que adaptarnos a lo nuevo y no los jóvenes a lo viejo, nunca hay que arreglar lo que no está roto. La buena música, la que nos inspira y nos hace soñar, sigue mereciendo tiempo y atención. Va a seguir existiendo porque va a haber gente haciéndola, aunque quizá tengamos que hacer un esfuerzo activo para encontrarla.
Colaboran en Totum las guitarras eléctricas, clásicas y acústicas de Rubén Álvarez, Daniel Minimalia, Jaime Helios, Curro Martín, Manuel Galán, Manu Herrera, José Luis Serrano Esteban e Yhael May; los sintetizadores y pianos de Pepe Benlloch, JM Mantecón, Pablo Seque y Luis Alberto Naranjo; y también está Elvira García, que aporta varios instrumentos del folclore celta como la gaita y la flauta irlandesa.
Totum va acompañado en su versión para YouTube de un impresionante videoclip que se estrenó en pantalla de cine, en la Filmoteca de Andalucía sita en Córdoba, que prefiero no ver hasta haber interiorizado la música un poco más. Siendo Totum un trabajo efectista y lleno de recovecos hasta decir basta, supongo que debe ser una montaña rusa con subidones de los buenos. Lo pongo aquí mismo, para terminar.
viernes, 3 de octubre de 2025
Klaus Doldinger - DAS BOOT
Una película de culto con una BSO también de culto que he querido tener por aquí desde hace tiempo es Das Boot (1981), titulada en España como El submarino y dirigida por el debutante en el largometraje y futuro director estrella Wolfgang Petersen. Pese a que esta banda sonora no es una obra especialmente conocida, y tampoco sé si muy influyente, es habitual encontrarse con el tema de Das Boot en más de una antología de bandas sonoras, por no decir que también puede encontrarse en recopilatorios de música realizada con sintetizador.
El autor de la música original de El submarino es el saxofonista de jazz Klaus Doldinger, cuya obra más conocida es La Historia Interminable, que, sin ir más lejos, fue la siguiente película que dirigió Petersen. En aquella partitura metieron mano desde la productora del film, añadiendo arreglos diferentes a los de Doldinger por parte del gurú electropop Giorgio Moroder. En la BSO que nos ocupa, seguramente por tratarse de un trabajo más discreto, Doldinger trabajó en solitario. Esto no impide que la música diegética de la película (la que los propios personajes pueden escuchar) incluya algunas piezas que no son suyas, y que están recogidas en algunas versiones del álbum oficial. La película fue un éxito enorme, lo que dio lugar a ediciones extendidas tanto de la misma como del álbum que se editó con su banda sonora, por lo que hemos decidido encabezar la entrada con la portada y el tracklist originales.
Lo más interesante de esta BSO es el uso -en general- sutil que hace Klaus Doldinger de los elementos electrónicos en combinación con los desarrollos orquestales. En el tema principal se utiliza una base rítmica sintética que acentúa la tensión junto al sencillo crescendo de la melodía. A lo largo y ancho de la grabación se utilizó equipamiento como el Minimoog, el Prophet 5 y el Fairlight CMI, no sólo como aderezo "modernizador" de las piezas orquestales, sino también para aportar sonidos como el del sónar que escuchamos en el tema principal. No me atrevería a decir que la mezcla de orquesta y sintetizadores suponga la traslación musical del contraste entre la épica clásica de señores guerreando llenos de mugre y la alta tecnología de un submarino U96, pero igual van por ahí los tiros.
El caso es que, vista la película hoy en día, podemos ponerle las mismas pegas que en su momento se pusieron -con mucho más énfasis- a aquello que hicieron Andrew Powell y Alan Parsons para Lady Halcón (1985): la música suena bonita, original e inspirada, pero para muchos críticos no termina de encajar con el tono general de la película, que quizá habría funcionado mejor con una ambientación musical más clasicista. Entre finales de los setenta y principios de los ochenta era muy común este elemento electrónico en muchas BSOs de películas de éxito (pensemos en el mencionado Giorgio Moroder o nuestro querido Vangelis), y entendemos que Das Boot buscaba estar en la misma línea.
Los resultados son desiguales, al menos para mi gusto. Tanto el tema principal como los distintos arreglos del mismo que escuchamos a lo largo del filme me parecen acertados, pero en algún caso se cae en el error de imitar un sonido orquestal con sintetizadores, en especial en algunas escenas de acción tipo "zafarrancho de combate", lo que no contribuye al buen envejecimiento de la película. Con lo bien gestionada que está la orquesta de toda la vida en temas como Gibraltar... También funcionan bien los temas intimistas con guitarra (Erinnerung), y esa utilización del ritmo sintetizado para añadir dinamismo en algunas partes (que recuerda inevitablemente a los temas más aventureros de La Historia Interminable) me tiene que gustar a la fuerza, aunque a mi lado melómano le toque echar un pulso con mi lado cinéfilo.
Resulta que en 1992 se publicó un remix del tema principal Das Boot a cargo del proyecto musical U96, un tema dance que tuvo una difusión importante en toda Europa y que reavivó en interés de algunos aficionados por la BSO que nos ocupa. Un trabajo interesante, representante de una época muy particular que merece la pena recordar.
jueves, 4 de septiembre de 2025
Nueva edición de "Amarok" en vinilo: el sacacuartos por antonomasia.
Si prácticamente cualquier edición revisada, remasterizada y con nuevo diseño de portada que se publica actualmente va destinada a complacer sólo al coleccionista, el nuevo lanzamiento de Amarok de Mike Oldfield se tira de cabeza a hacer las delicias de los afectados por el síndrome de Diógenes. Debe ser ínfima la cantidad de compradores de este ítem que verdaderamente le quiten el plástico y lo pongan a girar en el tocadiscos. ¿Y por qué? Porque Amarok (1990) es un álbum ideado desde el minuto uno para ser escuchado de un tirón. Es un único tema musical de 60 minutos sin interrupción, ideado así adrede por varios motivos, que se ajustaba perfectamente al formato físico dominante cuando salió a la venta (sí, el CD) y que hoy también puede disfrutarse de manera parecida en versión digital (mp3, flac, etc.).
No se les ha ocurrido mejor idea que lanzar Amarok en LP y a media velocidad, con lo que la pieza original de una hora queda troceada en cuatro cachos, o sea, en dos vinilos. Se supone que Mike Oldfield en persona ha dado el visto bueno, pero no veo a este hombre amarrando el velero y bajando por la pasarela hasta el puerto para rubricar la mutilación de su obra. Si ya fue todo un atraso la primera versión en vinilo, en la que hubo que partir Amarok por la mitad, el nuevo invento es un despropósito. ¿Qué tal un lanzamiento en Bluray, Dolby Atmos, surround 5.1 o algo por el estilo, si de verdad querían celebrar el 35 aniversario del álbum con algo que mereciese la pena?
Como gancho para el fan acrítico, la publicidad promete arte conceptual expandido. Si está en la línea del nuevo título en la portada, que tira por tierra aquella tipografía que parecía formada por piezas de metal reales en favor de una horterada digital feísima, por mí se lo pueden ahorrar. La moda del vinilo se nos ha ido de las manos, y es que una estupidez como la que nos ocupa apenas puede justificarse como una broma anti-establishment en la línea de lo que supuso el propio Amarok a nivel compositivo. Sólo falta que un audiófilo analice el vinilo una vez se publique y descubra que, como tantas otras veces, no es más que un "transfer" de la versión digital del álbum.
martes, 2 de septiembre de 2025
Camel - MUSIC INSPIRED BY THE SNOW GOOSE
Una de las bandas más "de culto" del rock progresivo es Camel. No es tan archiconocida como Genesis, King Crimson y Yes, pero sus seguidores la ponen siempre en lo más alto del escalafón del género en cuanto a calidad se refiere. Sin menosprecio de otros trabajos emblemáticos que todavía no conozco, he querido que el primer álbum de Camel que tengamos por aquí sea Music Inspired by the Snow Goose (1975), que este año cumple su cincuenta aniversario. Menudo año fue aquel.
Al parecer, en el disco anterior de Camel, titulado Mirage (1974), se incluía un tema inspirado en El señor de los anillos que tuvo mucha aceptación. Esto animó a la banda a realizar un álbum completo inspirado en un libro. El elegido fue la novela corta El ganso de las nieves (1941), de Paul Gallico, una historia de amistad entre un artista solitario y una muchacha ambientada en la ofensiva alemana sobre Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Según he leído por ahí, Gallico, que era anti-tabaco, se opuso a que el álbum se titulase exactamente igual que su libro por un motivo interesante: la banda Camel no sólo tenía el mismo nombre que una marca de cigarrillos, sino que en varias ocasiones empleó en sus portadas la misma tipografía que aparecía en las cajetillas. Es por eso que el título fue Music Inspired by..., de la misma manera que The Alan Parsons Project tuvo que quitar la coma de I, Robot para su álbum conceptual sobre los relatos de Asimov.
La aproximación a la novela es parecida a la de otros álbumes conceptuales que han pasado por aquí, el más reciente de ellos A Celtic Tale: The Legend of Deirdre. Se trata de una serie de piezas musicales cortas que funcionan a modo de "banda sonora" del libro en cuestión, buscando más una recreación de ambientes y sensaciones que una narración que pueda seguirse independientemente. Lo cierto es que sorprende que un disco instrumental tan dulce y meditativo sea obra de una banda de rock que además estaba en un momento fuerte de su trayectoria. Sólo en los años setenta se hacían estas cosas y, encima, se vendían bien y la crítica daba el visto bueno.
Hay rock en The Snow Goose, aunque mezclado con arreglos orquestales, en ocasiones dando el protagonismo a instrumentos solistas muy diversos, desde el oboe a la guitarra acústica. Supongo que a esto es a lo que llamaban con pleno acierto rock sinfónico. Y algunos temas son puramente experimentales, como las versiones de introducción y de cierre de The Great Marsh o el tema correspondiente a la evacuación de Dunkerque (Dunkirk), casi cinematográfico. Se considera que Camel tenía pie y medio en lo que se conocía como Escena de Canterbury, y esto se refleja en el toque jazzístico de temas como Rhayader -cuya flauta recuerda un poco a Jethro Tull- y en la pátina bucólica, muy británica, del conjunto de la grabación. Hay algún detalle curioso, como cuando Doug Ferguson agita un abrigo tipo parka junto al micrófono en el tema Epitaph para simular el sonido de aleteo del ganso.
Los componentes de Camel eran entonces los que hoy se consideran su formación clásica: Andrew Latimer (guitarras, flauta y voz), Peter Bardens (teclados de todo tipo), Doug Ferguson (bajo) y Andy Ward (batería y percusiones). Bardens y Latimer figuran como compositores de este trabajo en particular, y participan también en el álbum la London Symphony Orchestra y David Bedford como director y en los arreglos. Se volvieron a unir estos últimos a Camel para la exitosa presentación del disco en el Royal Albert Hall en octubre del mismo año, cuya grabación posteriormente ocuparía uno de los dos vinilos del doble álbum en directo A Live Record (1978).
El álbum que nos ocupa podría ser la obra más referencial de Camel, con permiso del posterior Moonmadness (1976) y el mencionado Mirage. Lo más interesante de la apuesta es que el álbum huye totalmente de la pomposidad de algunas obras conceptuales de su época. Nada de grandes fanfarrias ni de arranques de virtuosismo sin sentido. The Snow Goose es un trabajo sobrio y elegante, de gran madurez pese a que se trata sólo del tercer disco de la banda, lo que ayuda a que haya envejecido con plena dignidad. La nostalgia es poderosa, y en 2013 la formación actual de Camel (en la que sólo permanece Latimer) regrabó el álbum al completo, con algunos pequeños retoques, en esta ocasión con el título reducido a The Snow Goose. No lo he escuchado todavía pero, según parece, el resultado fue excelente y debe merecer mucho la pena.
lunes, 28 de julio de 2025
El poder del "Triunvirato" (II)
Pienso que la primera dificultad para tratar de encontrar a artistas que "sucedan" (esto es, que lleguen a tener roles similares en la cultura popular) a los tres grandes es que no es fácil saber dónde buscar, más que nada porque el mundillo de la música digital autoeditada es tan vasto y carente de asideros como el océano mismo, y porque la industria musical convencional ha compartimentado muchísimo los géneros y subgéneros.
En última instancia, la forma de hacer llegar la música al público es mediante estrategias de mercado, y hoy tenemos un montón de etiquetas bajo las que se ofrecen productos en lugares como Spotify. En el caso de la música instrumental de ámbito popular, el etiquetado múltiple viene desde finales de los años ochenta y primeros de los noventa, cuando esa música que nos gustaba empezó a llamarse de maneras diversas según matices no siempre tan claros: ambient, minimalismo, new age, electronic music/electrónica, chill out, drone, world music, downtempo, jazz fusión, folk fusión, soft jazz, neoclásica, neorromántica, etc. Yo mismo utilizo muchos de estos términos como etiquetas en las entradas, por hacer más fáciles las búsquedas.
Pasamos de la dificultad de definir estilos de música que son previos a la diversificación del panorama, y mucho más libres (como los del Triunvirato), a otro contexto en el que la inmensa mayoría de los músicos que beben del Triunvirato deciden conscientemente adherirse a los subgéneros, a uno o dos a lo sumo. Hace tiempo que acabó el ecumenismo.
Es más, dos de los miembros del propio trío de ases, a partir de cierto momento de sus trayectorias, empezaron a sentirse cómodos también bajo el paraguas de esos subgéneros que en sus mejores años les habrían quedado estrechos. Aunque sólo fuese momentáneamente. Jarre entró de lleno en el eurodance mientras que Oldfield publicó álbumes autoproclamados como chill out. Para muchos seguidores de ambos, además, esto supuso una decepción, teniendo en cuenta que en nuestra mente habían representado lo contrario de todo aquello, casi desde una perspectiva moral.
Nada impide que de repente aparezca un renovador (¡O renovadora!) ecléctico de talla internacional que vuelva a difuminar las barreras entre etiquetas, pero no parece la tendencia natural, imitadores confesos aparte. En realidad, muchos artistas hoy en auge que admiten de algún modo seguir los pasos del Triunvirato parecen estar mucho más influidos por la etapa de -digamos- decadencia de sus ídolos que por aquella otra que los aupó al estrellato.
Me resultaría difícil identificar como sucesor a alguien que siga los pasos del Jarre DJ, del Oldfield ibicenco o hasta del Vangelis sinfonista con soprano. Eran (son) artistas muy completos con un rango compositivo amplio, virtuosos en la ejecución con sus instrumentos, sorprendentes en la producción, rupturistas en las formas pero siempre comprensibles para el no iniciado, impactantes en lo visual, capaces de equilibrar lo electrónico y lo acústico... Demasiadas cosas a la vez.
La última cuestión que se me ocurre es también fundamental: ¿Para qué queremos sucesores para el Triunvirato? Nadie nos va a quitar sus discos, que además van adquiriendo una vigencia renovada con los años como clásicos, por no mencionar que los tres poseen discografías muy largas a las que puede añadirse todavía una cantidad respetable de material hoy inédito.
Creo que la aparición de sucesores me resultaría ilusionante más por lo que ello tendría de sintomático respecto a la música actual que porque de verdad necesite nuevos ídolos a los que seguir. La cantidad de prejuicios sobre la música instrumental (hoy marginal para el público masivo si exceptuamos la de baile y algunas BSOs de cine) que caerían hechos añicos si emergiese una figura de esa talla haría que valiese la pena la espera, incluso a sabiendas de que difícilmente este nuevo -o nueva- gurú pueda hacernos olvidar a los tres grandes.
jueves, 24 de julio de 2025
El poder del "Triunvirato" (I)
A raíz del reciente concierto de Jean-Michel Jarre en Sevilla, pude leer un interesante artículo enlazado en una entrada de los fans del músico en Facebook. Está aquí. Se trata de una crítica del concierto y al mismo tiempo de una reflexión sobre el estado de las cosas en este tipo de música. Lo de "este tipo de música" que conste que lo digo yo, porque echar en el mismo saco a Jarre, a Mike Oldfield y a Vangelis (el "Triunvirato") es arriesgado.
Son hombres y europeos los tres, artistas generalmente instrumentales y superdotados para la melodía, calificados a menudo como genios por lo innovadoras y a la vez accesibles que fueron en su momento sus propuestas musicales, y por supuesto un poco "raras avis" al no casar sus obras con lo habitual en la cultura pop. No sé si son tantas cosas en común.
Lo que se dice echarlos al mismo saco, me temo que sí, que los echamos. Y somos nosotros, los seguidores de estos artistas, los que lo hacemos, porque en realidad lo que los une es algo que ha estado siempre más en nuestra cabeza que en la realidad objetiva: hacen unas músicas que nos gustan, que tocan una fibra muy especial. No sé si los aficionados a algún género musical muy alejado también harán "paquetes" de artistas parecidos a los que tener como referencia.
Llevo escuchando al Triunvirato desde los primeros años noventa, y posteriormente 16 años indagando para aportar información a este blog. Puedo aplicarme aquello de que más sabe el diablo por viejo que por diablo, aunque no voy de erudito por la vida, y he tenido tiempo de reflexionar largo y tendido sobre el porqué de la adoración que sentimos muchos hacia la música de estos señores.
No vale decir que "nos hemos criado" con ellos, ya que algunos (yo mismo) los conocimos ya creciditos y en etapas tardías de sus carreras. No vale tampoco lo que alguna vez he leído, que son artistas de rock progresivo, porque dudo mucho que lo sean salvo muy ocasionalmente. En realidad, ni siquiera los fans del progresivo tienen del todo clara una definición del género. ¿Y por qué ellos y no otros? Nos encantan Tangerine Dream, Alan Parsons, Enya, Klaus Schulze y demás, pero casi siempre los ponemos un escalón o dos por debajo.
Me he planteado si es alguna clase de condición peculiar nuestra, que a lo mejor tenemos algo de inadaptados, de frikis solitarios, de soñadores, de culturetas. Y después he conocido a otros fans que describen sus experiencias musicales con las mismas palabras que usaría yo, y que no tienen ninguno de estos "problemas" que, en mi hipocondría, he creído sufrir. Personas totalmente diferentes entre sí y distintas a mí en casi todo.
He llegado a pensar, y pido perdón por adelantado, que igual es música para simplones, que tal como se etiqueta hoy en día en muchos ámbitos sólo es música ligera ("light music"), de ascensor, relajante, intrascendente, pomposa cuando creo que es grandiosa, sensiblera cuando la juzgo sensible, melodías sin más valor que un jingle publicitario o un tono para móvil, que apenas destacan por tener un alto nivel de producción que me cautiva porque no tengo la capacidad suficiente para apreciar lo que haría un sesudo poeta cantautor de los de voz y guitarra, o un virtuoso del jazz más sibarita.
Me libro de estos pensamientos oscuros escuchando música pop convencional y comprobando cómo, acostumbrado a la riqueza y complejidad artísticas de la clase de música que comentamos aquí, puedo verle las hechuras de cartón y plastiquillo a casi cualquier producto de moda, incluso si goza de cierto prestigio. No pretendo traspasar el carnet de tonto al aficionado a otra música (en realidad, hay muy pocos estilos que me generen verdadero rechazo), pero tampoco creo que los seguidores del Triunvirato lo merezcamos.
Y para terminar esta primera reflexión, mencionaré que hay algo preocupante en esta fidelidad acérrima al Triunvirato: que tras 50 años largos de carrera, ninguno de los tres parece tener sucesores a la vista, al menos sucesores que hayan brillado más allá de un destello puntual previo al olvido. O peor todavía, que a lo mejor esos sucesores son tan buenos como nos gustaría pero llevan ya tiempo ahí afuera y no sabemos encontrarlos. O el colmo de lo terrible, que sí que los tenemos delante pero nos falta el valor de darles esa oportunidad que tanto ellos como nosotros necesitamos.
Seguiremos con la reflexión, a ver dónde nos lleva.
lunes, 30 de junio de 2025
Jean Michel Jarre - HONG KONG
CD 1
Ni siquiera tenían que poner el nombre completo en la portada; te plantaban un JARRE bien grande, unas letras chinas potentes y unos rayos láser rojos y ya sentías un hormigueo en el escroto. Hong Kong (1994) es de cuando Jean-Michel Jarre era sinónimo de buena música y espectáculo garantizado, un álbum que, si bien no era el colmo de la innovación dentro de la trayectoria de su autor, querías tener en tu colección sí o sí.
Y el caso es que ya desde el título te estaban engañando, porque la inmensa mayoría del doble CD corresponde a música que ni siquiera se grabó en dicha ciudad. El evento que inspira el título al álbum fue la inauguración del Estadio de Hong Kong en 11 de marzo de 1994, para la que Jarre fue invitado a ofrecer uno de sus shows megalómanos. No obstante, aquellos fastos estuvieron enmarcados en las numerosas celebraciones mediáticas que señalaban el inminente traspaso de poderes de las autoridades británicas hongkonesas a las de la República Popular de China en 1997, dejando atrás la ciudad su régimen especial -más democrático, más cosmopolita- dentro del aparato económico y político del régimen fundado por Mao. Imagino que gran parte de la población no estaría por la labor de celebrarlo, pero si Jarre venía a tocar a tu ciudad había que ir a verlo. Las entradas se agotaron en menos de 48 horas.
En la elección del título del álbum, seguramente se quiso jugar con el hecho de que los conciertos en China de 1981 formaban ya parte de la mitología de la música electrónica, y alguien supuso que un álbum que sugería el regreso de Jarre a China debía vender un trillón de ejemplares. La verdad desnuda es que casi todos los temas que componen el doble trabajo se grabaron durante la gira Europe in Concert, la primera de Jean-Michel en toda su carrera. Uno de los conciertos, el de Barcelona, fue editado para su venta en VHS, y quizá por no repetir título se acudió al evento de China, en el que el repertorio fue parecido, para editar el que, a fin de cuentas, fue el álbum que reflejó aquella gira.
Europe in Concert, que comenzó con un espectacular concierto en el Mont Saint Michel de la costa francesa, recorrió Europa -creo que no pasó por los países escandinavos- con el reciente éxito del álbum Chronologie (1993) como columna vertebral de los espectáculos de luz y sonido que todos habremos visto alguna vez. Hasta entonces, Jarre había ofrecido muchos conciertos en lugares emblemáticos, normalmente para celebrar efemérides puntuales, y esta fue la primera vez que adoptó un modelo "portátil", repetible de ciudad en ciudad. Creo que el formato de los shows se diseñó con buen criterio, ya que la espectacularidad de la gira fue evidente.
Por supuesto, este álbum recoge, estando el concepto centrado en China, una estupenda versión del clásico Fishing Junks at Sunset que sí se grabó en Hong Kong, y otra de Souvenir of China también registrada allí, pero que se mezcla con grabaciones del mismo tema en el concierto de Paris-La Défense de 1990. Lo demás es todo de la gira europea, incluyendo un único tema que no ha aparecido en ningún disco de estudio, Digi Sequencer. El álbum contiene varios cortes con voces y efectos sonoros, supongo que del evento de Hong Kong, aunque es difícil considerarlos como verdaderas piezas musicales. El orden de las pistas en el disco no se corresponde ni con el repertorio de la gira ni con el del concierto hongkonés en particular, por lo que entendemos que se buscó la experiencia musical doméstica más que la fidelidad a los conciertos.
Sobre la calidad del sonido hay poco que objetar: es excelente, bastante mejor que la del -en comparación- modesto Destination Docklands (1989), su anterior obra en directo. Y la selección de temas convierte Hong Kong en prácticamente un recopilatorio de lo más popular de Jarre hasta aquel momento. Por eso mismo es difícil destacar qué temas me gustan más, porque hay muchísimo donde elegir. Me quedaría, por no eludir la cuestión, con la versión de Rendez-Vous 4, por su tratamiento rítmico muy pop en el mejor sentido de la expresión, y porque la aportación que hace aquí a la guitarra eléctrica Patrick Rondat es estupenda. De hecho, Rondat añade un elemento nuevo, fresco, a gran parte de los temas sin resultar invasivo, subrayando sólo los momentos que tiene que subrayar (fijémonos por ejemplo en el tramo final de Chronologie 2) y sin que la esencia electrónica y cósmica del Jarre clásico quede adulterada. También hay un magnífico trabajo de percusiones en la intro expandida de Chronologie 4, un fin de fiesta por todo lo alto con el último gran éxito de Jarre.
La especulación sobre qué temas son un puro playback o cuáles interpretó allí de verdad (en Hong Kong o donde fuese) me temo que es café para los muy cafeteros. Si alguien lo sabe con certeza, que lo ponga en los comentarios y lo añado con gusto a esta reseña para que quede constancia. Después de haberlo escuchado últimamente, creo que las melodías principales de los temas -casi todas, al menos- sí que se interpretaron en directo de verdad, como lo fueron por supuesto la mencionada guitarra eléctrica, el bajo, las percusiones acústicas y las voces corales. Junto a Jarre, intervienen en los temas otros tres teclistas (incluyendo el habitual Francis Rimbert), por lo que no debió ser necesario tirar de pregrabaciones. Pero quién sabe.
El álbum doble original fue publicado nuevamente en 1997 en un solo CD, recortando el Fishing Junks at Sunset y alguno de los temas de transición, y por ahora creo que es el único disco oficial de Jarre que no ha sido objeto de reedición en los últimos años. Tanto la edición en 1 CD como en 2 CDs son fáciles de encontrar en eBay y similares, normalmente de segunda mano, pero no los busques en tiendas normales.

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