Ya hemos explicado muchas veces que hay controversia sobre si los álbumes de Mike Oldfield en los años noventa suponen o no una buena época en su carrera discográfica. Suelen salvarse del donoso escrutinio Tubular Bells II y The Songs of Distant Earth, aunque lo que vino después sigue causando división entre sus seguidores. Quizá el primer álbum de Oldfield en ser universalmente denostado en aquellos años fue este The Millennium Bell, hasta el punto de que el músico tuvo que excusarse en alguna entrevista, explicando que no pretendía ejercer de historiador en esta peculiar revisión de acontecimientos de la Historia que salió a la venta a finales de 1999.
Está claro que Mike Oldfield se había venido arriba tras el éxito de Tubular Bells III, y tras la también exitosa gira Then & Now '99 en la que lo presentó, junto al también recentísimo Guitars. Esto es peligroso en artistas tan creativos como Oldfield, que necesitan que alguien de su entorno les pare los pies de vez en cuando y les haga reconsiderar si lo que están haciendo merece la pena. El álbum que nos ocupa surge de la fiebre milenaria de finales de aquella década, en la que la palabra Millennium estaba en todas partes. Pese a quien pese, este Oldfield post-Virgin tenía a veces una vena oportunista, y tuvo la nada original idea de componer un álbum instrumental, en su línea, para celebrar el cambio de milenio.
Sus fuentes de inspiración fueron variadas, aunque se puede decir que la única más o menos directa fue su visita a de Machu Picchu (Perú) ese mismo año. Se quedó fascinado y manifestó su deseo de componer música inspirada en aquella cultura y en concreto en el conjunto monumental de Saqsaywaman, en Cusco. Es de suponer que la idea evolucionó hacia algo más amplio cuando el álbum que estaba cocinando adquirió el título provisional de Saqsaywaman and the Millennium. No sé muy bien cuándo se asentó la concepción definitiva de The Millennium Bell, pero en algunas webs en las que se puede descargar una versión temprana del álbum todavía le mantienen el título antes mencionado.
The Millennium Bell es un batiburrillo de temas inspirados en diferentes momentos históricos que, por lo que sea, interesaron a Oldfield o encajaban con composiciones que tenía desde antes en la cabeza. La elección de los eventos es cosa del artista y no tenemos por qué discutirla, pero hay algunos un poco raros. Comienza el álbum con Peace on Earth, un villancico coral (nada que ver con sus villancicos folk de los setenta) que representa el nacimiento de Jesús. De ahí pasamos a Pacha Mama, la pieza de inspiración inca que mencionábamos; Santa Maria, sobre el viaje de Colón; Sunlight Shining Through Cloud, sobre la esclavitud y la posterior emancipación; The Doge's Palace, sobre el Renacimiento italiano; Lake Constance, sobre el Romanticismo decimonónico; Mastermind, sobre el fenómeno de la mafia y los gánsters; Broad Sunlit Uplands, sobre la Segunda Guerra Mundial; Liberation, sobre el fin de la guerra y el auge de las tecnologías; Amber Light, sobre el final del apartheid; y The Millennium Bell, que es un megamix de mucho de lo anterior con ritmo de baile.
Sobre la calidad de dichos temas, debemos decir que es un conjunto irregular. Nos movemos entre algunas composiciones meritorias para el Oldfield de los noventa y algunas de las menos afortunadas de toda su carrera. En lo más alto, y estoy siendo tan subjetivo como puedo serlo en un blog de opinión, pongo tres temas: Sunlight Shining Through Cloud, Broad Sunlit Uplands y Liberation. El primero de ellos, en mi opinión el más sorprendente del disco, tiene la cualidad de no mostrar por ninguna parte el sello clásico de Oldfield y ser, por todo lo demás, un tema fresco, original y fantásticamente bien construido. Broad Sunlit Uplands es un ejercicio impecable de integración de un arreglo orquestal (interviene la London Session Orchestra) en una melodía original del artista, con samples que recuerdan un clima bélico muy bien aplicados. Uno de los temas descartados se titulaba Excalibur, y curiosamente se escuchaba la misma melodía que la del final de Broad Sunlit Uplands. La leyenda dice que el Rey Arturo volvería de su retiro en Avalon cuando Inglaterra lo necesitase, y quizá hay aquí una alusión a su regreso "espiritual" con la feroz resistencia inglesa y la posterior victoria ante los nazis.
Y Liberation me gusta porque hace una asociación peculiar entre ideas que, no teniendo mucho que ver sobre el papel, funciona mágicamente desde lo musical: una recitación de extractos del Diario de Ana Frank que desemboca en unos samples que parecen presagiar la era de las comunicaciones, como jugando con la idea de lo que podría haber sido de aquella niña escondida en un desván si hubiese contado con los medios tecnológicos actuales. Brilla la voz de Miriam Stockley, conocida por su intervención en los trabajos de Adiemus / Karl Jenkins.
Pongo un notable bajo a otros tantos cortes: Peace on Earth, que sin ser arrebatador sí que logra muy bien su objetivo; Pacha Mama, más bien sencillito en la composición pero felizmente rescatado por una producción espectacular; y Amber Light, que tiene un sonido impactante pero que al final no va mucho más allá de lo que ya ofrece al principio, pese a la sensación de que va in crescendo.
En un quiero y no puedo dejo a The Doge's Palace, un ejercicio divertido, con algún fragmento bonito, pero insulso y estropeado por unos coros estridentes, que recuerda a las fantasías pseudobarrocas de Rondò Veneziano; Lake Constance, con una bella melodía pero con un arreglo orquestal a lo John Barry demasiado retocado en la producción que no suena todo lo natural que debería; y el megamix The Millennium Bell, rescatado por unos buenos pasajes de guitarra de Oldfield y por un clímax correcto, pero que no tiene más valor que el de ser un "fin de fiesta" más bien predecible. El invitado aquí fue DJ Pippi, reclutado tras la conocida etapa ibicenca del compositor.
Y en la zona más baja quedan (insisto: para mi gusto personal) Santa Maria, un intento muy pobre de recrear algo parecido al Conquest of Paradise de Vangelis; y Mastermind, un aburrido ejercicio tecnológico con trompetas falsas que podría estar inspirado por el tema de Al Capone que compuso Morricone para Los Intocables. Es muy feo.
No creo que Mike Oldfield pretendiese plagiar adrede al Rondò Veneziano, a Vangelis o a Morricone, pero sí me parece que debería haber tenido más cuidado a la hora de decantarse por melodías que responden a clichés populares demasiado conocidos por sus seguidores, que suelen (solemos) tener una culturilla musical amplia.
En algún momento, Oldfield pensó que sería buena idea que este trabajo fuese presentado en concierto. Se habló de algún evento en Londres, siguiendo la estela de la presentación de Tubular Bells III en en el Horse Guards Parade, pero todas las piezas encajaron cuando las autoridades de Berlín lo invitaron a tocar allí en Nochevieja, coincidiendo con el espectáculo de luces láser que tenían preparado alrededor de la Columna de la victoria. Parece que David Bowie era la primera opción para aquella noche tan señalada, pero declinó la oferta y a Mike le vino todo perfecto.
El concierto, que se publicó en DVD, ofreció una calidad musical irregular, aunque la noche fue gélida y los músicos parecen a punto de quedarse tiesos. No se ciñó al contenido de The Millennium Bell, sino que lo mezcló con una selección de temas de toda su carrera, incluyendo canciones de los ochenta. Otro batiburrillo. Y se añadió una composición específica para el juego de luces de la mencionada columna, titulada Art in Heaven, que incluía extractos de la 9ª Sinfonía de Beethoven. Como espectáculo fue sobresaliente, pero en lo estrictamente musical no fue la octava maravilla. Esa misma noche, por cierto, Jean-Michel Jarre ofrecía su concierto egipcio en la meseta de Guiza, deslucido también por una tormenta de arena, aunque creo que un poco más interesante -por lo arriesgado- en lo artístico.
Como alguna vez ha explicado Pepe Cantos (que de Oldfield sabe lo suyo), incluso los peores discos del músico siempre tienen cosas que merecen la pena, y aquí hay muchas cosas que la merecen. Y sin embargo, me cuesta hablar de The Millennium Bell como un álbum infravalorado o incomprendido. Me conformo con decir que no merece un linchamiento y que el propio Oldfield se empeña en reivindicar algunos de sus temas. Creo que algo tan simple como evitar poner la típica campana doblada en la portada por segunda vez en apenas un año, con ese fondo que recrea el pesebre de las gominolas de mi pequeño pony, le habría dado unos cuantos puntos más, pero la falta de planificación del conjunto y la obvia precipitación con la que están acabados algunos temas no lo hacen volar tan alto como quisiéramos.

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1 comentario:
Leerte me hace vlver a discos que tengo muy olvidados. Este es de los que más. Haré un esfuerzo e intentaré volver a escucharlo
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