jueves, 25 de marzo de 2021

Yes - RELAYER


1. The Gates of Delirium (21:54)
2. Sound Chaser (9:31)
3. To Be Over (9:03)

Hace un año que comenzó toda esta pesadilla de la pandemia, e incluso considerando que en este tiempo todos hemos tenido demasiado tiempo libre para leer libros, ver películas y escuchar muchísima música, tanta como para que sea difícil acordarse de toda ella para escribir una entrada al respecto, yo al menos sí que puedo señalar un disco que se quedará grabado en mi memoria para los años venideros: Relayer (1974), de la banda progresiva británica Yes.

Yes en 1974: Alan White, Chris Squire, Jon Anderson, Patrick Moraz y Steve Howe.

Lo mío con gran parte del progresivo clásico es un gusto adquirido que he ido configurando poco a poco. A estas alturas, salvo por algún fragmento de Close to the Edge, ya tenía decidido que Yes iba a ser el único de los grandes grupos del movimiento con los que no conectaba del todo. Demasiada filigrana, demasiados músicos virtuosos alardeando, un vocalista a veces estresante. Pero aquí estaba yo, justo donde estoy ahora, de un viernes a un lunes reprogramando todo un curso académico para adaptarlo a la enseñanza online (¿he dicho que soy profesor de instituto?), horas y horas ante el teclado. Y entre unas cosas y otras me hice con algunos discos de Yes en mp3 y me puse con Relayer. No sé si será porque me identifiqué en seguida con el propio concepto del tema central del álbum o porque necesitaba despejar la mente entre clase y clase, pero aunque ya había escuchado un par de veces antes The Gates of Delirium con escaso o nulo interés, esta vez fue como una iluminación. ¡Qué maravilla!

Despligue de portada y contraportada, obra de Roger Dean. 
Hay quien encuentra que la parte izquiera coincide con las rocas de la portada de Tales from Topographic Oceans.

Relayer ("Relevista") es el álbum que publicó la banda Yes en 1974 después del que hasta entonces había sido su momento más crítico: el lanzamiento del doble disco Tales from Topographic Oceans (1973), excesivo según el criterio de muchos, seguido del abandono del teclista estrella Rick Wakeman, que veía que la cosa dejaba de gustarle y prefería volcarse en sus trabajos en solitario. Es de suponer que los demás miembros de la banda quisieron volver a un formato más razonable con Relayer, y por eso retomaron el formato de satisfacción asegurada de Close to the Edge (1972): un tema largo muy progresivo y épico en la primera cara y un par de temas muy bien diferenciados en la segunda. 

The Gates of Delirium.

Como decíamos, el corte principal de Relayer es The Gates of Delirium ("Las puertas del delirio"), una suite alegórica inspirada vagamente en Guerra y paz de Tolstói que describe el antes, el después y el durante de una gran batalla. Comienza con los guerreros yendo a la batalla mientras cantan arengas, como vemos en la portada del genial Roger Dean; después se desarrolla la batalla en sí, con multitud de estruendosos y originales desarrollos instrumentales, todo un despliegue de efectismo en la posterior gira de presentación del álbum; y concluye con el fragmento que conocemos como Soon, que es un largo cántico prácticamente new age a cargo de Jon Anderson, que habla sobre la esperanza en el mañana y que utiliza unos fondos inmensos y unos punteos de guitarra en su recta final que rubrican más que de sobra el hecho de que The Gates of Delirium pueda considerarse con justicia, al menos a mi parecer, el mejor tema individual de Yes. 

Sound Chaser, en vivo.

Completan la cara B del vinilo original Sound Chaser ("Perseguidor del sonido"), que es un tema casi totalmente instrumental muy potente y barroco, a veces hasta ruidista; y To Be Over, bastante más melódico y relajado, con un toque exótico de sitar y Jon Anderson otra vez muy dulce. Son dos temas interesantísimos, pero con lo genial que es la primera cara del álbum, tienes la injusta sensación de que están ahí a modo de "extras". 

To Be Over, en la versión remezclada de Steven Wilson.

La alineación de Yes, además del mencionado Anderson, incluye el bajo de Chris Squire, la guitarra de Steve Howe, la batería de Alan White y los teclados de Patrick Moraz. Este último fue contratado por la banda tras una serie de audiciones a las que acudió nada menos que Vangelis, seguramente animado por su amigo Jon Anderson, y también seguramente sin la menor intención de unirse a Yes. Moraz, que hace aquí un muy buen trabajo, duraría un par de años en la banda y después se iría con los Moody Blues. 

Dos imágenes conceptuales del libreto del CD.

En cualquier caso, Relayer no gustó del todo en su momento a los críticos, que ya estaban dando más y más la espalda al rock progresivo en favor de expresiones rockeras más del gusto popular. Hoy en día, el álbum es reconocido como una obra fundamental, supongo que gracias a que su virtuosismo y su imaginación desbordante lo convierten en un perfecto ejemplo (y bastante accesible, por cierto) de todo lo bueno que tenía el progresivo. Puede disfrutarse en varias versiones en la actualidad, una de ellas pulida con bastante acierto por Steven Wilson.

Siempre agradeceré lo mucho que me ayudaba a relajarme escuchar Soon entre clase y clase durante la horrible primavera de 2020. Un rayo de luz entre tanta oscuridad.

martes, 9 de marzo de 2021

Azul y Negro: LA EDAD DE LOS COLORES


1. Me estoy volviendo loco (6:15)
2. No queda paz (3:54)
3. Televisión (3:14)
4. No controlo nada (3:03)
5. La torre de Madrid (3:14)
6. Catedral de sal (3:35)
7. El misterio de la pirámide (3:55)
8. Mar de la Tranquilidad (4:19)
9. La úlitima estrella (2:45)
10. El color del tango (2:38)

Son varias las ocasiones en que lectores del blog han pedido una reseña de algún trabajo de Azul y Negro, y aunque estuve tentado de publicar algo sobre su tema más famoso Me estoy volviendo loco en una entrada de la serie "Esa musiquilla en mi cabeza", creo que la calidad e importancia de su discografía merecen que, al menos para empezar, comentemos la totalidad de este primer álbum de 1981.

No tengo recuerdos de 1981 porque nací solo dos años antes, pero sí que recuerdo que durante toda la que sería esa década iba a viajar a Madrid en Navidad. Eran los años de la Movida, y si bien no tenía edad de entrar a garitos ni a mis padres les iban estas cosas, sí que recuerdo -de años posteriores, obviamente- el ambiente colorista en las calles, los punkis, las chicas con medias de rejilla rotas adrede, las cazadoras vaqueras llenas de chapas. Incluso tengo un primo que era muy fan de Mecano y los había conocido personalmente en alguna ocasión. La música pop en aquella época era omnipresente, y tanto en la radio como en la televisión estábamos inundados de canciones del efervescente panorama nacional. Hasta en los programas infantiles. No era muy fan de la música patria de entonces, y creo que sigo sin serlo, pero mientras escuchaba La edad de los colores hace unos días, se me despertaba la clase de recuerdos que, salvando las distancias, impulsaron a Proust a escribir su obra maestra bajo el influjo del olor de una magdalena.

Contraportada de una edición en CD.

El caso es que los dos componentes de Azul y Negro, los ya veteranos Carlos García-Vaso y Joaquín Montoya, son cartageneros y no madrileños, pero qué más da. La edad de los colores, el primer álbum del dúo, respira esa libertad electrizante de la Movida, sobre todo porque contiene el espíritu innovador que muchos creadores españoles querían dar a sus obras, muchas veces inspirados por lo que hacían los grandes de cada género en el mundo anglosajón, pero casi siempre -como aquí- realizando algo genuino, único. Para ir presentando a Azul y Negro con el tópico de "a quién se parecen", lo tenemos un poco difícil, pero muy grosso modo vienen a ser una mezcla de Kraftwerk, The Buggles, Depeche Mode y los coetáneos Pet Shop Boys. Azul y Negro quisieron ser y fueron durante algunos años la punta de lanza del tecnopop español. 

No controlo nada.

Sin menospreciar la aportación de Joaquín Montoya, creo que es justo afirmar que el motor inicial del dúo fue Carlos García-Vaso (o simplemente Carlos Vaso), que cuando se fundó Azul y Negro ya tenía en su haber una respetable trayectoria como músico de sesión al servicio de los mencionados Mecano, Tino Casal y el mismísimo Nino Bravo, entre otros. Leyendo cualquier texto biográfico sobre el dúo, deduzco que el aglutinante del proyecto fue quien funcionaría como su productor: el polifacético Julián Ruiz, que lo mismo presenta prestigiosos magazines musicales en la radio comercial que produce algunos de los discos de "músicas inusuales" españoles más conocidos de los noventa, del estilo de Elbosco o CCCP. Ruiz bautizó también a Azul y Negro con los colores del Inter de Milán, al que acababa de ver jugar, supongo que siguiendo un criterio puramente dadá. Por extensión, entiendo que también metería mano en algún momento el hoy director de orquesta clásica y compositor Luis Cobos, con quien García-Vaso ya había trabajado, y que con los años también participaría en los mencionados proyectos de Julián Ruiz.

Una imagen promocional.

Yendo a lo puramente musical, los temas de La edad de los colores son sorprendentemente cálidos si entendemos que mucho de lo que se escucha es electrónico. Es verdad que las bases rítmicas son a menudo demasiado potentes y un poco machaconas, pero hay un buen trabajo de composición e ingeniería de sonido que se aprecia en cada matiz. Es probable que algunos cortes tengan una vocación muy comercial (No queda paz, No controlo nada), pero queda bastante espacio para lo experimental, y algunos temas son sorprendentemente delicados pese a su naturaleza en teoría tecnológica (Mar de la Tranquilidad, que es una exquisitez cargada de efectos de sonido retro; o La última estrella, que parece una versión de The Shadows, de algo tipo Apache).

Portada del single Me estoy volviendo loco, igual que la portada de la segunda edición del LP.
La portada original, por cierto, la diseñó Tino Casal. 

Está claro que el temazo que lanzó al dúo a la fama fue Me estoy volviendo loco, que fue la sintonía de la Vuelta Ciclista a España en unos años en los que esto era sinónimo de sonar a todas horas y en todas partes. Recordemos la enorme fama que consiguió en nuestro país, gracias a esto mismo, el mismísimo Jean-Michel Jarre. La cosa es que La edad de los colores se había publicado antes que tan famoso single, que no estaba incluido en el álbum, por lo que se hizo necesario un relanzamiento del mismo con Me estoy volviendo loco como tema inicial. Normal. Y por cierto, recuerdo que no muchos años después volveríamos a escuchar a Azul y Negro en la Vuelta gracias a otro de sus temas señeros: No tengo tiempo, que también debería sonarte. Me estoy volviendo loco y No tengo tiempo son verdaderos himnos del pedaleo ochentero. 

El peculiar vídeo de Me estoy volviendo loco, que hasta ha sido objeto de parodias tronchantes.

Solo me queda recomendar la escucha de La edad de los colores con algo de perspectiva, ya que el sonido del álbum está muy atado a las posibilidades técnicas de su contexto histórico, y por lo tanto es posible que suene extraño a algunos jovenzuelos. Dejando esto a un lado, tendremos entre manos uno de los grandes hitos del pop español, una experiencia musical disfrutable mucho más allá del encanto de la nostalgia. Tenía que estar en este blog.

jueves, 4 de marzo de 2021

Jean-Michel Jarre lanzará "Amazônia" en abril.


Se ha anunciado hace un par de horas el lanzamiento de un nuevo álbum de Jarre titulado Amazônia, que es la banda sonora de la exposición fotográfica del fotógrafo y cineasta Sebastião Salgado. No es que Jarre haya publicado muchas bandas sonoras en su carrera, pero sí que podemos mencionar algunas obras suyas de "música aplicada" como Geometry of Love (2003), para un local de copas, o el mítico Musique pour supermarché (1983), también para una exposición. Se publicará en formato digital, en CD, en vinilo y en una edición con sonido binaural el 9 de abril. Este hombre no para, y nosotros que nos alegramos.

En la página oficial: https://jeanmicheljarre.com/

sábado, 27 de febrero de 2021

Mike Oldfield - TUBULAR BELLS III


1. The Source of Secrets (5:35)
2. The Watchful Eye (2:09)
3. Jewel in the Crown (5:45)
4. Outcast (3:49)
5. Serpent Dream (2:53)
6. The Inner Child (4:41)
7. Man in the Rain (4:03)
8. The Top of the Morning (4:26)
9. Moonwatch (4:25)
10. Secrets (3:20)
11. Far Above the Clouds (5:30)

Hay quien menciona su fichaje por la discográfica Warner, quien echa la culpa a sus trabajos chill out de comienzos de este siglo, e incluso quien pone la chincheta en los ya lejanos años ochenta, en el parón que siguió a la publicación de Discovery y The Killing Fields en 1984. Pero si tengo que dar mi opinión, el momento en el que Mike Oldfield hizo algo que convertiría cada nuevo trabajo en un habitual objeto de polémicas y señalamiento popular por parte de algunos, fue cuando tomó la decisión, poco antes de la publicación de su álbum Voyager (1996), de irse a vivir a Ibiza. Esto no tendría por qué haber tenido mayores consecuencias más allá de la curiosidad de que Oldfield fijase su residencia en nuestro país... Pero en 1997 se publicó un inofensivo recopilatorio titulado XXV: The Essential Mike Oldfield y se desató una pequeña tormenta.

Mike Oldfield, en una imagen del libretillo del CD.

Resulta que en XXV, además de una selección poco inspirada de temas de su carrera hasta entonces, había un adelanto del que iba a ser su nuevo álbum, y cuyo título sería nada más y nada menos que Tubular Bells III. No era entonces el mundo como hoy, cuando podemos investigar noticias y datos en la red, y salvo por la existencia de algunos muy buenos fanzines que se basaban en fuentes diversas, no había manera de saber si aquel tema incluido al final del CD era una pieza definitiva, una maqueta, un remix o vete a saber qué. El caso es que el inesperado extracto de Tubular Bells III era un tema tecno de baile prácticamente bakala, muy electrónico y apenas matizado por unas voces feotas, unas notas de guitarra y un riff de teclado que recordaba al del Tubular Bells (1973) original, pero simplificado. La noche ibicenca quizá había convertido a Mike Oldfield en Chimo Bayo. HU-HA. 

El famoso extracto incluido en el recopilatorio XXV: The Essential Mike Oldfield.

Considerando que música como la que hizo famoso a Mike Oldfield era esgrimida por muchos de sus seguidores precisamente como el proverbial opuesto a la morralla discotequera que se estilaba a mediados de los años noventa, muchos no supimos si celebrar que con el nuevo trabajo volvería el gran icono de su discografía o si echarnos las manos a la cabeza. Relajó un poco la tensión la publicación en algunos medios de que Oldfield había contado con "música gallega" en el álbum, lo que indicaba que quizá sí habría espacio para algo más orgánico, más propio de los sonidos que cultivaba el músico. Después resultó que aquella noticia solo era verdad a medias, ya que los contactos con Luar Na Lubre iniciados en los tiempos de Voyager solo consistirían esta vez en un préstamo de su vocalista.


La extraña secuencia de imágenes del interior del libretillo: una fotonovela porno en potencia.

Cuando Tubular Bells III salió finalmente a la venta al final del verano de 1998, se despejaron las dudas. No fue fácil ignorar este lanzamiento, ya que tanto en televisión como en la prensa hubo publicidad masiva, y la radio española que más apoyaba a Oldfield, Cadena 100, ponía piezas del disco cada 15-20 minutos. Radiaron también un especial con una entrevista al músico mientras se analizaba el álbum al completo. Incluso ocurrió algo nada habitual: el concierto de presentación del disco en el Horse Guards Parade de Londres se emitió en directo por La 2 de TVE. Aunque en el Reino Unido no llegó a lo más alto, Tubular Bells III se convirtió en un aplastante número 1 en ventas en España y, en general, funcionó muy bien en lo económico. 

El primer tema que sonó en la radio: Secrets.

No puedo decir que no me guste, pero creo que es el álbum de Mike Oldfield que más rápidamente se "desinfló" para mí entre toda su discografía tras la agradable sorpresa inicial. Lo primero que sentí al ponerlo la primera vez fue alivio, ya que, si bien se mantienen importantes elementos de música discotequera en un par de temas (The Source of Secrets, Secrets), el producto final es mucho menos zafio de lo que prometía aquel dichoso adelanto de un año antes. Después me fui dando cuenta de que, salvo que te pusieras a hilar muy fino, el nuevo álbum de Oldfield tenía de Tubular Bells poco más que el título. 

Contraportada de la edición en vinilo.

Suena el riff en los temas ya citados, y hay por ahí un tema tosco con una voz ruda (Outcast) y otro en el que una voz anuncia el sonido de las campanas (Far Above the Clouds) pero esta secuela tubular no tiene nada que ver con las suites sinfónicas progresivas, complejas y llenas de piezas recurrentes de los anteriores Tubular Bells y Tubular Bells II (1992). Cada corte del álbum desarrolla linealmente un concepto propio, y aunque en todos los casos lo hace con un indudable afán de crear belleza, la única manera de percibir un atisbo de cohesión interna es subrayar el hecho de que los mencionados The Source of Secrets y Secrets están al comienzo y al final del álbum como para darle cierta "circularidad", con permiso del conclusivo Far Above the Clouds, que por cierto debe más al clímax final de Ommadawn Part One que a Tubular Bells.

Far Above the Clouds ("Muy por encima de las nubes").

Como una extraña bisagra disonante en mitad de un conjunto ya de por sí errático, Oldfield coloca la canción pop Man in the Rain, que por muy bonita que sea, es un reciclaje confeso de Moonlight Shadow con una letra que Mike tenía en el cajón. Y por el camino tenemos un temilla ambient interesante pero sin suficiente desarrollo (The Watchful Eye); un corte chill out con tintes hindúes (Jewel in the Crown); el mencionado Outcast, tema guitarrero con un curioso efecto sonoro de hielos cayendo en un cubata; un poco memorable intento de flamenco con ritmo enlatado (Serpent Dream); un bonito tema cantado -sin letra-, este sí bastante logrado, sobre todo en su tramo final (The Inner Child); un tema bailable con piano in crescendo que podría haber sido el más feo engendro tecno del álbum y al final resulta cautivador (The Top of the Morning); y otra meritoria pieza ambient soñadora (Moonwatch), justo antes del intenso último tramo. 

Man in the Rain.

En realidad, y aunque el título Tubular Bells III pudo ser una imposición de la discográfica o quizá una simple ocurrencia comercial de Oldfield, este álbum es un trabajo muy conceptual que, en líneas generales, describe el periplo personal del artista durante su estancia en Ibiza. Digamos que Mike Oldfield no se dedicó precisamente a cultivar su cuerpo y su mente durante su estancia en la isla, porque aquella época de su vida consistió en realidad en una mezcla de tai chi y juergas con estupefacientes a partes iguales. Veamos: los primeros temas del disco suponen el descubrimiento de la isla una vez el músico se instaló allí, con especial atención a su ambiente místico-hippy y al esoterismo de rincones como el islote Es Vedrá (favorito de los ufólogos y portada de Voyager), para continuar después con el relato musicado de una noche de fiesta y conducción temeraria (Oldfield estrelló su coche contra un árbol), una posterior reflexión autocompasiva típica de la embriaguez, variadas visiones febriles y una redención final en la que el músico, en fin, decide volver a ser una persona de bien e irse a vivir otra vez a Inglaterra. Termina la tormenta y cantan los pajarillos tras Far Above the Clouds. Es como si Tubular Bells III consistiera en una explicación de por qué Mike Oldfield grabó Tubular Bells III. La película tiene como argumento su propio making of. 

The Inner Child ("El niño interior"), interpretado en vivo por Rosa Cedrón.

Ramón Trecet hizo trizas el álbum en su programa Diálogos 3, y aunque creo que se excedió un poco, en realidad coincido con algunas de sus apreciaciones. Sobre todo, estoy de acuerdo en que el álbum es un prodigio con mayúsculas en lo que respecta a su producción, que es una de las más cuidadas y espectaculares de la carrera de Oldfield. Un esfuerzo así haría que un concurso de eructos sonara como el arabesco de Debussy. También coincido en lo innecesario, postizo, de ese Man in the Rain. Pero por lo demás, creo que lo más reprochable del disco es en realidad su título desafortunado. Era innecesario un nuevo Tubular Bells solo seis años después del anterior, y está claro que cualquier otro nombre podría haber convertido el trabajo en una obra autobiográfica más sincera e interesante, pero hay cosas realmente muy bien hechas en este disco que hacen imposible una descalificación del mismo. Después de desinflarse con rapidez, los años le han dado algo de brío en mis recuerdos, también en parte porque soy consciente de que muchísimos fans actuales de Oldfield descubrieron su música gracias a aquella etapa de gran popularidad en los noventa. Hasta el director de cine Danny Boyle contó con el músico para la ceremonia de apertura de los JJOO de Londres gracias a que había visto el famoso concierto de Londres en DVD.

El medley interpretado por Mike Oldfield y su "jazz band" en los Juegos de Londres, tal como se grabó para el álbum oficial.

Colaboran en el álbum la vocalista anglo-india Amar (The Source of Secrets, Jewel in the Crown, Secrets), la entonces cantante y violonchelista de Luar Na Lubre Rosa Cedrón (The Inner Child), Cara Dillon y Heather Burnett (Man in the Rain, en la que no quiso participar la añorada Maggie Reilly) y Clodagh Simonds y Francesca Robertson (Far Above the Clouds). Creo que la voz infantil que introduce el tema final es de una hija de Mike llamada Greta. Oldfield subrayó en varias ocasiones el carácter "femenino" de este álbum, del cual se extrajeron como singles, al menos más allá de ediciones exclusivas para la radio, Man in the Rain y Far Above the Clouds, cargadísimos de remixes de baile.


Algunas de las portadas de los singles, en los que no hubo material nuevo, remixes aparte.

Oldfield publicaría otros dos álbumes en un espacio de tiempo desacostumbradamente breve, justo después de este, y saldría de gira por última vez hasta el día de hoy. Tuve el enorme placer de verle por primera y única vez en directo al paso por San Javier (Murcia) de su espectáculo Live Then & Now '99, en el que este Tubular Bells III estuvo muy bien representado. Es una lástima que el mencionado DVD, que reunía los conciertos del Castillo de Edimburgo de 1992 y el del Horse Guards Parade, consista en gran medida en una versión editada con música sacada directamente del álbum y montada sobre las imágenes originales. Lo cierto es que tanto el sonido del concierto londinense como el de los eventos de la gira fue fabuloso, impecable. Eso que nos perdemos, salvo que tiremos de grabaciones piratas. 

"Terrible, wonderful, crazy, perfect", como escribió Mike Oldfield en el libreto del CD.

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