domingo, 20 de octubre de 2019

Pink Floyd - THE WALL


Disco 1

1. In the Flesh? (3:20)
2. The Thin Ice (2:30)
3. Another Brick in the Wall, Part 1 (3:11)
4. The Happiest Days of our Lives (1:51)
5. Another Brick in the Wall, Part 2 (4:00)
6. Mother (5:34)
7. Goodbye Blue Sky (2:45)
8. Empty Spaces (2:07)
9. Young Lust (3:32)
10. One of my Turns (3:35)
11. Don't Leave Me Now (4:17)
12. Another Brick in the Wall, Part 3 (1:17)
13. Goodbye Cruel World (1:15)

Disco 2

1. Hey You (4:43)
2. Is There Anybody Out There (2:43)
3. Nobody Home (3:25)
4. Vera (1:36)
5. Bring the Boys Back Home (1:27)
6. Comfortably Numb (6:26)
7. The Show Must Go On (1:37)
8. In the Flesh (1:17)
9. Run Like Hell (4:24)
10. Waiting for the Worms (4:00)
11. Stop (0:32)
12. The Trial (5:21)
13. Outside the Wall (1:44)

Érase una vez, en un lugar llamado Londres y en una época en la que la música popular era más libre y alocada de lo que había sido o sería jamás, surgió un grupo revolucionario que hacía rock psicodélico llamado Pink Floyd. Al principio ni siquiera tocaban muy bien, pero usaban efectos de iluminación muy peculiares en sus shows y tenían muchísimos fans. Entonces el líder del grupo se volvió loco y los demás pasaron unos pocos años experimentando con su estilo, buscando una nueva personalidad para Pink Floyd. Aquella banda estaba destinada a borrar las líneas que delimitaban el pop y el rock convencionales con estilos más heterodoxos, y comenzó para ellos una época monumental tanto en fama como en creatividad. Eran los reyes del castillo, tan por encima de todo que todavía hay quien debate si verdaderamente Pink Floyd era o no un grupo de prog-rock o constituían un género en sí mismos.


Se añadió el título en la portada de ediciones posteriores, a veces con una pegatina.

No se sabe exactamente en qué momento ocurrió, pero los jóvenes cruzaron el foso del castillo y el cuento de hadas del rock sinfónico-progresivo terminó. No más solos de guitarra o teclado interminables, no más pasajes cósmicos, no más narraciones oníricas. Al armario el sitar y el moog, el disfraz de flor y la capa de lentejuelas. El documental de la BBC Prog Rock Britannia menciona el álbum Something Magic (1977) de Procol Harum como final oficial de la era prog, pero yo creo que un canto del cisne debía ser mucho más grandioso, un fogonazo cegador que cegase al mundo entero e hiciese sangrar las manos con el último aplauso. El álbum que puso el broche de oro a la gran década del rock, progresivo y no progresivo, en realidad es The Wall (1979), de Pink Floyd. Los reyes estaban atrincherados en la torre más alta del castillo y no se rendirían sin luchar.

Portada de la edición para coleccionistas de 2012.

El caso es que no parecía quedar mucha batalla por delante, ya que había problemas internos en Pink Floyd. Los que producen la fama y los egos, sobre todo. Roger Waters, la mente más dinámica de la banda, estaba "on fire". Había escupido a la cara de un fan durante un concierto, y buscando el no va más del espectáculo masivo pinkfloydiano con toques sociopolíticos, muy en su línea, esto le dio una idea: la del grupo separado del público por un enorme muro. Todo el nuevo álbum que publicarían a continuación, a excepción de un puñado de temas con participación de David Gilmour, sería una obra concebida por y para el esparcimiento del ego de Waters, por mucho que recordemos que los virtuosos Rick Wright y Nick Mason estuvieron más que a la altura. Waters se permitió el lujo de erigirse en líder visible de Pink Floyd y tomar decisiones drásticas que terminarían con la posterior disolución de la banda.

Los miembros de Pink Floyd con los uniformes pseudo-fascistas que usaban en la gira.

Más que un simple álbum conceptual, The Wall es lo que entonces se conocía popularmente como una ópera rock. Como Tommy de The Who o Jesucristo Superstar. El concepto puede sonar anticuado, pero The Wall, un álbum que sigue ganando nuevos adeptos cuando se cumplen 40 años de su publicación, no parece un producto de otra época. The Wall cuenta la historia de un individuo muy concreto, una especie de alter ego muy turbio de Roger Waters, a lo largo de distintos momentos de su vida. En la versión cinematográfica de esta historia, de la que hablaremos después, recibe el nombre de "Pink". No tengo tan claro que figure como tal en las letras o el libretillo del álbum original.

Imágenes en el estuche desplegable del vinilo, diseñadas por el caricaturista Gerald Scarfe.

Como Waters, este tipo pierde a su padre en la Segunda Guerra Mundial (Another Brick in the Wall, Part 1) se educa con una madre sobreprotectora (Mother) y en el gris sistema educativo inglés (Another Brick in the Wall, Part 2), alcanza la fama como músico y conoce el mundillo de la mala vida: drogas, sexo desenfrenado (Young Lust) y rupturas de pareja (Don't Leave Me Now) etc. Se le empieza a ir la olla (Is There Anybody Out There?), se encierra en casa a ver la tele (Nobody Home), piensa en el suicidio (Goodbye Cruel World) y, en fin, construye a su alrededor un muro mental, metafórico, en el que se aisla del mundo (Comfortably Numb).

Another Brick in the Wall, Part 2

En medio de una serie de delirios, el protagonista desarrolla fantasías violentas (Run Like Hell), para ser después encarcelado (Waiting for the Worms) y juzgado (The Trial) y encontrar una especie de redención al derrumbarse finalmente el muro (Outside the Wall). Entre unas cosas y otras, entroncando con el trauma infantil de "Pink", encontramos también temas antibelicistas como Goodbye Blue Sky, Vera (inspirado muy probablemente por la película de Stanley Kubrick ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú) o el espectacular Bring the Boys Back Home. 


Nobody Home, Vera, Bring the Boys Back Home y Comfortably Numb.

The Wall es un álbum tortuoso a causa de su longitud y su complejidad, y eso que no se percibe en él, al menos superficialmente, un carácter demasiado experimental desde el punto de vista sonoro. Lo que sí es complejo, una auténtico pandemónium, es la variedad de estilos, ritmos y grados de dureza rockera. Hay piezas que recuerdan al Pink Floyd clásico y elegante de álbumes anteriores (Mother, Comfortably Numb), temas mucho más duros (In the Flesh, Hey You), otros en plan cantautor con un planteamiento teatral puramente Waters (Goodbye Cruel World, Nobody Home), y también hay temas más rápidos muy pop, como el famosísimo single Another Brick in the Wall Part 2, que es una canción bailable apropiada para discotecas de la época, o Run Like Hell, un chute de dinamismo con el talento comercial de Dave Gilmour tras la cortina.

Run Like Hell en vivo, del álbum publicado en 2000.

Además de los muchos fragmentos que incluyen grabaciones telefónicas o salidas de la TV, la parte más desconcertante del doble álbum es el último cuarto, sobre todo la operística The Trial, en la que intervienen numerosos personajes salidos de los sueños febriles de "Pink", entre ellos su madre, su ex, su estricto profesor y el juez, cuyas voces caricaturescas parecen salidas de una película de dibujos animados. Han entrado previamente en escena unos peculiares coros doo wop (The Show Must Go On, Waiting for the Worms) y adquiere pleno protagonismo el sonido sinfónico la New York Orchestra, dirigida por Michael Kamen y con arreglos del también productor, junto a James GuthrieBob Ezrin. Casi se podría decir que Ezrin es el "quinto Pink Floyd" de The Wall.

The Trial, de la película dirigida por Alan Parker que adaptaba el álbum.

El álbum es uno de los más vendidos de todos los tiempos, el más vendido en su formato de disco doble (33 millones y pico de copias), y su impacto en la cultura popular fue enorme, pero con él cayó el último bastión del rock setentero. El caso es que, pese a su éxito aplastante -o quizá por culpa del mismo-, en Pink Floyd se tuvo la sensación de que habían tocado techo. Ya no volverían a ser aquella banda universitaria que tocaba en clubes y deleitaba a los amantes de los ácidos, no serían una banda de culto para entendidos, sino poco menos que el buque insignia del rock mainstream... Y muchos fans nunca lo encajaron del todo. The Wall no falta en ninguna colección, pero raramente es citado por un fan como su favorito. Demasiado grande, demasiado ruidoso. Demasiado amargo el fin de una época de esplendor tras la que sólo quedaron los escombros de los que saldría el crepuscular The Final Cut (1983) y el feliz pero no muy trascendente revival que fue el Pink Floyd sin Roger Waters de los años ochenta y noventa. ¡Qué grandes fueron cuando eran grandes!

Roger Waters (imagen de Uncut)

Una de las más recientes reediciones, la de 2012, consiste en una caja de coleccionista con 6 CDs, que incluye el álbum original, un segundo álbum (también doble) que se había publicado en el 2000 bajo el título de Is There Anybody Out There? The Wall Live 1980-81, y también la maqueta de The Wall que de haberse plasmado tal cual en el estudio habría dado lugar a un trabajo terriblemente oscuro, un heredero muy directo del anterior disco de la banda, Animals (1977).

La próxima entrada también será sobre The Wall.

2 comentarios:

DANI dijo...

Por fin, Conde!!! Tus seguidores estamos de enhorabuena. Gracias por comentar esta obra, para mí, capital en el mundo de la música popular contemporánea, y siempre bajo mi humilde punto de vista una obra maestra con mayúsculas. Siempre he considerado "Nobody home" como una de mis 4 o 5 canciones favoritas de todos los tiempos... Imagínate, yo, tan amante de la electrónica, del Jarre, del Vangelis, del Miguelito Campoviejo y hasta del Zanov que nos descubriste no hace mucho, tengo como una de mis canciones de cabecera una aparente balada a piano, con unas cuerdas finales de fondo..., pero con una letra cargada de profundidad y de sentido trágico de la vida.
Este disco tiene algo detrás que va más allá de las palabras. No sé si será el concepto en sí, con su carga de incomunicación, desesperanza, castración familiar, represión escolar, aislamiento..., o será la increíble diversidad estilística en lo musical. El caso es que no soy objetivo con esta obra...

Más allá de etiquetas de género, o de si fue el final del prog, o el principio del fin del grupo como tal..., me quedo con una obra impresionante, monumental y absolutamente imperecedera de un grupo irrepetible, por más que pasen los años. Y son 40 ya...

I got a strong urge to fly, but I´ve got nowhere to fly to, fly to, fly to... ¡GENIALES!

Gracias, Conde, una vez más.

Juan Pini dijo...

Muy buena entrada. Me ha gustado mucho ese enfoque de The Wall como posible canto del cisne del rock progresivo. Un disco al que tengo un especial cariño, ya que fue la primera obra de PF a la que tuve acceso (hace 40 años en España los Floyd eran lo que hoy denominaríamos una banda "de culto"), pero que, como dices, muy pocos fans solemos colocar entre nuestros títulos favoritos. Quizá tiene que ver en ello que The Wall ya no es tanto una obra de PF como de Roger Waters, con una presencia testimonial de los otros tres miembros (y eso se nota); quizá también tenga que ver el escándalo de muchos puristas ante la inclusión de una pieza tan comercial como "Another Brick In The Wall, pt. 2"... Quién sabe. Por mi parte, lo único que puedo decir es que es una obra que sigo escuchando y que me acompañará toda la vida.

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