Del recopilatorio llevan ya hablando unos días en el blog (muy recomendable) Mike Oldfield - Exposed, y ya circula tanto la lista de temas como la previsible portada. De Oldfield han salido demasiadas antologías en los últimos años, algunas una verdadera tontería de cara a los despistados y los completistas, aunque esta tiene su aquel. The Best of: 1992-2003, que sale en mayo, contiene dos CDs, el primero con los singles de la época Warner -falta alguna cosilla- y el segundo con temas de singles no incluidos en álbumes del mismo período. En ambos casos es material interesante para los coleccionistas que no deseen dejarse la pasta en ebay y similares para conseguir los temas por separado en sus formatos originales. El doble álbum viene a complementar el estuche The Studio Albums: 1992-2003, publicado el año pasado y que contenía todos los álbumes del período en formato digipack.
El nuevo recopilatorio tiene idéntica portada, una ilustración del libreto de The Millennium Bell.
Por otra parte, se sabe que están al caer las nuevas reediciones de la discografía "clásica" de Oldfield, y que son el popero pero muy cuidado Discovery y la banda sonora The Killing Fields, ambos de 1984. Puede haber alguna sorpresa en forma de material inédito. Muy bien.
Cuando comencé con el blog decidí que no analizaríamos discos recopilatorios, pero eso no quiere decir que no podamos comentar cómo funciona el mundillo del best of en general. En próximas entradas.
Sí, ese John Carpenter es el autor de este disco. El tipo que dirigió clásicos de culto como 1997: rescate en Nueva York (1981), La cosa (1982) o la maravillosa e inconmensurable Golpe en la Pequeña China (1986) suele figurar en sus películas como autor de las bandas sonoras, a veces en solitario y en ocasiones con algún colaborador, aunque en general es bastante identificable su sonido a base de sintetizadores. Posiblemente ha sido el empuje de su hijo Cody Carpenter, que pertenece a un grupo de rock, el que le ha dado la idea de lanzarse a la palestra como músico. Hay que decir que Carpenter no ha acertado demasiado con sus últimas propuestas como cineasta y su singular filmografía, en general, ha terminado por convertirle en un director un tanto "underground", favorito del mundo hipster. Esta aventura musical le ha salido bastante bien.
Los Carpenter, trabajando en familia (de www.joblo.com).
Lo cierto es que Lost Themes tiene el sabor de sus bandas sonoras, aunque no se trata de una colección de temas descartados para películas suyas, por mucho que el título ("Temas perdidos") pueda sugerirlo. No obstante, el toque terrorífico-pero-macarra-y-guay que se desprende de sus películas está tan presente aquí como en sus mejores tiempos. Con ayuda de su hijo y de su ahijado Daniel Davies, Carpenter crea temas muy sugerentes a base de ritmos potentes, hipnóticos, y melodías sencillas, con instrumentos electrónicos y punteos de guitarra eléctrica ocasionales, demostrando que, si bien nunca ha pretendido ser un auténtico genio musical (escúchese su más bien pobre calco de Tubular Bells para la película Halloween), sí que sabe perfectamente cómo jugar sus cartas, sobre todo mediante una interesantísima elaboración de atmósferas y un uso inteligente, muy equilibrado, del instrumental electrónico del que dispone.
No sabemos si ha sido accidentalmente o no, pero John Carpenter parece haber enfocado el disco como una lúdica recreación musical de su universo cinematográfico característico, de modo que no puedo evitar comentar cada tema con la sensación de sumergirme en una de sus películas. Lost Themes se abre con el estupendo Vortex, totalmente en la línea de acción ochentera y canalla de Carpenter (casi veo a Kurt Russell con el parche, repartiendo estopa), y con agradables ecos de la electrónica de antaño a lo Tangerine Dream. Geniales los toques de piano y guitarra. Obsidian tiene quizá un aura más a película de terror pura y dura, un slasher con máscara de hockey. Es un tema que evoluciona bastante y ofrece muy buenos momentos. También es oscura Fallen, y de nuevo acierta Carpenter con un potente ritmo y un juego melódico sutil. Dominion, sin desmerecer, parece más que nada una manera de proseguir con lo realizado en los cortes anteriores hasta llegar a su tramo final, más melódico y bastante logrado. Con Mystery -cuyo título lo dice todo- nos regodeamos en los psico-killers masacradores de adolescentes, todo un corte de peli de serie B de autocine. Abyss es otro tema con muchas variaciones, cargado de tensión, y con algunos efectos electrónicos de los de antes, muy resultones. Aventurera y muy inspirada es Wraith, de lo mejor del álbum. Purgatory comienza de modo meditativo, ambiental, aunque termina de manera relativamente más movida. Y cierra el álbum Night, otra vez con notas de sintetizador muy bien utilizadas y con una producción sencilla pero efectiva.
Vortex.
Lost Themes es un disco muy recomendable para los amantes de la música electrónica de décadas pasadas, y absolutamente imprescindibles si además se es admirador del cine de John Carpenter. Personalmente, lo que más me gusta del disco es que sigue guardando sensaciones para posteriores escuchas. No solamente es válido como un proyecto musical atípico del auteur de turno, sino que Lost Themes es bueno de verdad.
La lista de reproducción de Spotify incluye remixes.
Hace algún tiempo me hice con varias grabaciones del músico independiente Carlos Devizia, y como suelo tener en mente una lista de álbumes de los que quiero hablar en el blog, me ha costado encontrar el momento para dedicar una entrada al álbum que nos ocupa, Walking on a Straying Stone (2014). Espero que Carlos no me tenga en cuenta la tardanza, sobre todo si tiene en cuenta que pretendo presentar su obra en positivo.
Puede escucharse y descargarse de manera gratuita, por lo que invito a cualquier lector a hacerse su propia opinión al respecto. Personalmente, debo decir que me ha parecido un álbum fresco y con alma, una buena aproximación a la música pop instrumental para sintetizador que fue popular en los años setenta y ochenta gracias a figuras como Jean Michel Jarre, Jöel Fajerman, Jan Hammer, etc. El sonido que se busca es de tipo cósmico en una línea "clásica", con lo que, aun utilizando instrumentos más avanzados que aquellos con los que contaban los synthesizer heroes de toda la vida, se logra una atmósfera retro que, intencionada o no, nos resulta agradable a los admiradores de este mundillo.
Carlos Devizia tocando el tin whistle.
Devizia ha mencionado que uno de los propósitos de Walking on a Straying Stone es experimentar con su método de grabación. Para mezclar el álbum se ha servido del tracker Psycle. ¿Y qué es un tracker, si puede saberse? Wikipédicamente hablando, es una especie de secuenciador con el que se puede hacer música a base de programar en qué momento y siguiendo qué pauta rítmica o temporal va a sonar un determinado instrumento o sonido pregrabado (sample), todo ello representado de manera visual en la pantalla del ordenador con símbolos numéricos, no los de la notación musical tradicional. Devizia comenta que incluso los instrumentos no electrónicos fueron añadidos a la mezcla vía Psycle.
Como no soy un gran conocedor de la tramoya musical actual, prefiero centrarme en un análisis puramente musical del disco. Desde un punto de vista compositivo, y aun a sabiendas de que Devizia ha debido disfrutar bastante con la libertad que otorga tener un equipo de última tecnología -amén de su propio talento musical-, hay una clara intención lúdica en todos los temas, si bien en algunos casos se obtienen resultados algo descafeinados. Como introducción, el ambiente minimalista de Solar Wind funciona bastante bien. No termina de arrancar A Saucerful of Presets, cuyo sonido de bajo (sea uno real o uno sintético, y me inclino por lo segundo) y su base rítmica, en general, es demasiado prosaica para brillar.
Riding the Currents of Space.
Algo parecido ocurre con Riding the Currents of Space, un tema que, aunque es bastante colorido en cuanto a variedad de sonidos, suena demasiado amateur, improvisado en el mal sentido del término. Una exploración sonora algo más interesante es la que ofrece Cosmic Organism con sus fondos percusivos y su atmósfera inquietante, y encontraremos uno de los mejores temas del álbum en el siguiente corte, The Lydian Affaire, un tema cósmico de factura brillante que mantiene nuestra atención hasta el final. Into Hyperspace, sin ser lo peor del disco, no parece tomarse demasiado en serio a sí mismo, recordando bastante a algún fragmento de aquel álbum "de tanteo" que lanzó Jean Michel Jarre con el título de Deserted Palace (1972). Otro muy buen momento nos lo encontramos en Sunset on Mars, un tema con un innegable sabor épico y exótico que nos hace pensar en alguna fantasía sci-fi al estilo Dune. También hay un interesante exotismo en The Eye of the Night Still Watches, especialmente gracias a la intervención de la flauta. Sad Peach nos ofrece un pasaje algo oscuro, nocturno, cuya guitarra eléctrica no acaba de encajar del todo con el sonido galáctico del resto del disco, aunque es efectiva. Hay momentos realmente exquisitos en A Saucerful of Pretzels que me han recordado a los trabajos instrumentales de William Orbit, aunque los fragmentos con ritmo "enlatado" empeoran el conjunto. El álbum concluye con Xenharmonic Garden, un tema que divaga un poco entre melodía y melodía pero que mantiene un buen nivel.
Xenharmonic Garden.
Pienso que Walking on a Straying Stone habría funcionado bastante mejor si Devizia se hubiese planteado mejor qué hacer con las bases rítmicas de sus temas, que en más de un momento suenan a presintonía de sintetizador casero. Humildemente aconsejaría a este músico que pasara un poco de ritmos y se centrase completamente en el componente ambiental del disco, tanto a nivel melódico como en lo que se refiere a la elección de los instrumentos, sonidos y efectos utilizados, que son francamente meritorios. Por así decirlo, creo que el álbum habría estado mejor de haber sido planteado como ejercicio música cósmica y/o new age pura, y no como un raro híbrido entre eso mismo y el tecno-pop. En cualquier caso, la mayor parte del álbum es, como poco, muy interesante.
4. Melody of Kashmir in Contemporary Music (36:10)
El santoor es un instrumento tradicional indio -de la India, se entiende- parecido al dulcémele, un instrumento de cuerda percutida, solo que con una forma más triangular. Como otras tantas cosas en el místico oriente, los secretos del santoor parecen fluir por venas familiares, de generación en generación. En el caso de los Sharma, se añade el hecho de que su dedicación al instrumento ha servido para darle a este un mayor prestigio, incluso dentro de lo que en India se considera "música culta". Rahul Sharma es, como poco, la tercera generación de su familia que se dedica a cultivar el arte del santoor, y aunque se ha hecho un nombre en la escena de la llamada world music gracias a su aperturismo y sus colaboraciones como gente tan variopinta como Deep Forest o Kenny G, me apetecía comentar el primer disco suyo que llegó a mis manos, de título Music of the Himalayas (2002), y que es, relativamente, algo más purista.
Contraportada.
Music of the Himalayas fue grabado, parece que sin conocimiento previo del propio Sharma y del ensemble con el que trabajaba, mientras se encontraban de gira por Europa presentando un espectáculo étnico a base de músicas variadas del Indostán y otras zonas cercanas a la famosa cordillera. Como integrantes de su segmento del show estaban también sobre el escenario Ustad Shafat Ahmed Khan a la tabla y Pandit Bhawani Shankar al pakhawaj.
Melody of Kashmir.
Encontramos en el álbum cuatro piezas largas que, al menos para el oyente no acostumbrado, sonarán muy parecidas entre sí. Quizá la más excepcional sea Melody of Kashmir in Contemporary Music, que parece haber exigido un mayor despliegue de virtuosismo en su ejecución, pero el sonido es más o menos el mismo. ¡Pero menudo sonido! Es pura evocación del viaje a un lugar lejano y exótico, del descubrimiento y la aventura, toda una exquisitez interpretativa a base de percusiones trepidantes y melodías siempre cambiantes, siempre impredecibles, a base de santoor. Una bomba sonora para la imaginación que se disfruta doblemente gracias a su larga duración y al efecto de trance que conlleva su escucha. Más que recomendable.