1. Things Left Unsaid (4:27)
2. It's What We Do (6:18)
3. Ebb and Flow (1:56)
4. Sum (4:49)
5. Skins (2:38)
6. Unsung (1:08)
7. Anisina (3:17)
8. The Lost Art of Conversation (1:43)
9. On Noodle Street (1:43)
10. Night Light (1:43)
11. Allons-y (1) (1:33)
12. Autumn '68 (1:36)
13. Allons-y (2) (1:33)
14. Talkin' Hawkin' (3:30)
15. Calling (3:38)
16. Eyes to Pearls (1:52)
17. Surfacing (2:47)
18. Louder than Words (6:37)
Teniendo en cuenta las características de este disco, no podemos saber si alguien lo considerará el mejor trabajo musical publicado este año. De lo que caben pocas dudas es de que se trata de uno de los más importantes, y ya no solo del año, sino de lo que llevamos de siglo. El regreso de Pink Floyd con un álbum inédito es un acontecimiento que no sucedía desde hacía veinte años, y el hecho de que se trate -creo que esta vez sí- de su último álbum de estudio convierte a The Endless River en algo muy especial.
La verdad es que quienes somos seguidores de Pink Floyd sabemos que desde lo años ochenta casi todo lo que se publica con su nombre es poco menos que un regalo, prácticamente un favor que se hace a los melómanos y, de paso, a los bolsillos de estos señores. El último disco que la banda publicó en un estado de "normalidad" fue
The Wall (1979), y eso que ya estaban teniendo lugar cambios irreversibles en el cuarteto. Roger Waters reclamaba un estatus de líder que nadie ocupaba claramente desde los tiempos de Syd Barrett, y su decisión más discutida fue la salida por la puerta trasera del teclista
Richard Wright, que en el siguiente álbum
The Final Cut (1983) fue sustituido por una orquesta clásica. Tratándose este disco de un vehículo para lucimiento de Waters, los otros dos miembros no se quedaron demasiado cómodos, y tuvo lugar la ya conocida separación y el paso por los tribunales.
David Gilmour y
Nick Mason retuvieron la franquicia Pink Floyd, y el 1987 lanzaron el desigual
A Momentary Lapse of Reason, en el que Wright volvía al escenario de nuevo por la misma discreta puerta trasera por la que había salido. Giras aparte, no hubo garantías de un regreso del grupo hasta
The Division Bell, en 1994, donde por fin le fue restituida a Rick Wright su antigua titularidad.
Richard Wright durante las sesiones de The Division Bell y The Endless River. (de www.digitaltrends.com)
Aquel The Division Bell, aunque hoy suena a gloria, no fue en su momento del gusto de todo el mundo. Pese a los esfuerzos por recuperar el sonido característico de los Pink Floyd de siempre (con más exito que en A Momentary Lapse of Reason, por cierto) y por ofrecer una riqueza asombrosa a nivel de producción, se hizo evidente una clara vocación comercial traducida en la colección de elegantes temas pop-rock en que consistía el trabajo. Fue gracias al instrumental Marooned que la banda consiguió un Grammy, y personalmente siempre me ha parecido que el tema más interesante de todo el disco es Wearing the Inside Out, compuesto y cantado por Rick Wright. ¿Tuvo esto algo de profético?
Puede que sí, porque el recién publicado
The Endless River hace especial hincapié tanto en las fastuosas aportaciones de Wright a los sintetizadores como en el poderío tecnológico de la banda a la hora de desarrollar atmósferas instrumentales. ¿Se trata
The Endless River de una reelaboración instrumental de los mismos conceptos musicales de
The Division Bell? ¿Es el nuevo disco de Pink Floyd un refinado monstruo de Frankenstein construido a base de pedazos de las sesiones de grabación del álbum de 1994? Es las dos cosas, pero también es algo más, bastante más complicado de describir. Voy a usar un símil que se me ocurrió mientras escuchaba el disco.
Versión de la portada con títulos, nada habitual en un disco de Pink Floyd.
Recuerdo que hace algunos años un crítico de cine comentó que, al fallecer el director David Lean en 1991, dejó sin rodar el guión que había preparado para adaptar la novela
Nostromo, de Joseph Conrad, y que tanto aquel guión como las propias tendencias del director de
Lawrence de Arabia lo empujaban a terminar dirigiendo filmes de ciencia-ficción, de haber seguido con vida. En el caso de Pink Floyd, yo había pensado en varias ocasiones que, de haber seguido en activo y evolucionando a su ritmo, acabarían seducidos por eso tan indefinible que solemos llamar "nuevas músicas" o
música instrumental contemporánea. Era demasiado el gusto que tenían estos instrumentistas virtuosos por crear paisajes sonoros,
soundscapes que dirían Eno o Fripp, como para creer que seguirían anclados al
art rock para siempre. De hecho, paralelamente a
The Division Bell, los miembros de Pink Floyd encargaron a un productor que montase una pieza ambient de una hora de duración, a base de las mismas sesiones de las que ha nacido
The Endless River, que se llamaría
The Big Spliff, y que nunca llegó a publicarse. No obstante, no hubo una continuidad en la carrera de Pink Floyd tras
The Division Bell en la que quedase demostrada esta deriva a nivel discográfico, y el hecho de que
The Endless River haya resultado responder a ello podría ser meramente casual. O no.
Dos de los clips que han ido apareciendo a modo de adelanto.
Con todos los temas unidos, como siempre,
The Endless River se mueve entre las texturas aéreas de los sintetizadores de Wright y los desarrollos cristalinos de guitarra eléctrica de Gilmour, con algo menos de presencia de la batería, si bien el bueno de Mason se hace notar cada vez que aparece (escúchese
Skins). Las sesiones de grabación tuvieron lugar originalmente en los estudios
Britannia Row, donde no trabajaban desde mediados de los setenta, y es posible que esto los inspirase para que, entre las 20 horas de material que produjeron entonces, hubiese guiños evidentes a álbumes clásicos de la banda que han sido incluidos entre los temas de
The Endless River. Tenemos unas pinceladas de
Shine On You Crazy Diamond en
It's What We Do, un ritmillo de balada a lo
Us and Them en
Anisina, algún ambiente cósmico que recuerda a
Set the Controls for the Heart of the Sun y unos punteos de guitarra muy a lo
Run Like Hell en
Allons-Y (1). Entre otras peculiaridades, escuchamos la voz computerizada del cosmólogo
Stephen Hawking en
Talkin' Hawkin', y el mismo sampleado de campanas repicando del
High Hopes de
The Division Bell hacia la parte final. Concluye el álbum con el único tema "convencional" del mismo,
Louder Than Words ("Más fuerte que las palabras", bastante apropiado), cantado por David Gilmour y con letra de su mujer
Polly Samson. No es magistral, pero es un buen tema y un cierre estupendo. El álbum cuenta, por cierto, con la producción, entre otros, del ex Roxy Music
Phil Manzanera.
David Gimour y Nick Mason (imagen de www.mojo4music.com).
David Gilmour afirma que The Endless River es una experiencia musical pensada para melómanos de los de antes, de los que son capaces de escuchar un álbum de música al completo de un tirón, y añadiría yo que también es para quienes disfrutamos más de una obra musical cuando la calidad de su sonido es exquisita, perfecta, como en este caso. En cualquier caso, conviene entender el álbum como un epílogo a la carrera de Pink Floyd y un homenaje al desaparecido Richard Wright en los últimos momentos que compartió trabajando con sus compañeros, porque no es un disco representativo de su sonido ya familiar que venga a saciar las ansias de los fans acérrimos. Desde los extraños experimentos psicodélicos de More o Ummagumma no hemos escuchado un trabajo de la banda tan notoriamente peculiar, aunque esto no ha evitado que el álbum arrase en ventas mundialmente durante su primera semana y haya batido récords en preventa.
Está disponible en varias ediciones, alguna de ellas con un montón de CDs y blurays, y hasta con temas extra, así que hay para elegir. Como siempre en este caso, recomiendo la edición más completa posible, que es la que con los años más gusta conservar.
Vídeo promocional de Louder than Words.