miércoles, 25 de abril de 2012

Vangelis - BEAUBOURG


1. Beaubourg, Part I (18:10)
2. Beaubourg, Part II (21:06)

Que nadie se sorprenda si estos días se encuentra con varias entradas más o menos seguidas en el blog sobre discos de Vangelis, ya que este señor posee una discografía tan amplia e insigne que me resulta difícil no volver a él con más frecuencia que lo que lo hago. En vista de que hasta ahora nos hemos centrado en obras seminales  y "clásicas" dentro de su repertorio, me apetecía comentar alguno de sus trabajos con menor tirón popular. No se trata simplemente de tirarnos el rollo cultureta, sino más bien redescubrir a un Evangelos Papathanassiou menos comercial, menos inclinado por lo accesible pero igualmente genial. Creo que Beaubourg (1978) es un buen ejemplo de esta vertiente.

Por supuesto, Beaubourg no fue el primer trabajo experimental en la trayectoria de Vangelis. Ahí quedan sus flirteos con el free jazz en aquellos dos álbumes no oficiales que se grabaron en sesiones de improvisación impulsadas por el productor Giorgio Gomelsky, en 1971, y publicados finalmente -y sin permiso- como Hypothesis y The Dragon. Aquel era efectivamente el sonido de Vangelis, pero otro Vangelis a fin de cuentas; un Vangelis que todavía buscaba un estilo propio y tanteaba distintos terrenos mientras se iba haciendo un nombre en el mundillo bohemio. El Vangelis que grabó Beaubourg es el que todos conocemos, el que en los setenta aportó su personal visión de la electrónica cósmica (y algo de new age y progresivo) en discos que hoy son reconocidos como puntales del género, tales como L'Apocalypse Des Animaux (1973), Heaven and Hell (1975) o Spiral (1977). Cierto que quizá Vangelis no completó su búsqueda estilística hasta los tiempos de Opera Sauvage (1979) o Chariots of Fire (1981), pero Beaubourg puede considerarse ya como un álbum de madurez, quizá el primero como tal de cuantos ha realizado.

Contraportada del vinilo, reproducida en el libreto del CD. El diseño de la cubierta es del propio Vangelis.

¿Y por qué digo esto? Porque no cualquier músico principiante se atrevería con algo como Beaubourg. Hay que tener una gran confianza en la propia imagen para no temer que alguien te acuse de haber "perdido el rumbo". Incluso hay quien sostiene que Vangelis grabó un montón de tonterías sin sentido para completar su contrato con la compañía RCA, de la que deseaba largarse cuanto antes, aunque el músico ha dado explicaciones contrarias a esta teoría. Más bien parece que el griego se suele divertir en su estudio creando estas extrañas e inconexas amalgamas de sonidos, mucho más centrados en los efectos a un nivel técnico que orientados hacia el ritmo o la melodía. A él le gusta esta clase de música y en un momento dado decidió compartirlo con sus seguidores. La verdad sea dicha: Beaubourg no es la clase de disco que uno escucha una y otra vez, pero la música clásica del siglo XX ha dado obras muchísimo más intrincadas y rupturistas, si cabe. Como siempre, el dilema es común a casi todo el arte contemporáneo: ¿ese cuadro es un manchurrón de pintura arrojado al lienzo por un sofisticado farstante? ¿O es el producto intencionado y cerebral de un genuino creador que expresa su sensibilidad? ¿Esa escultura es, tal como parece, una silla del Ikea puesta del revés? ¿O es una sutil metáfora sobre el ocaso de Occidente? En eso andamos.

Muchas de estas cuestiones se las harán con toda seguridad cada día los visitantes del Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, el célebre museo de arte moderno de París, en cuyas cercanías vivió Vangelis una temporada. El nombre oficioso (que no oficial) del edificio y del barrio por extensión es precisamente Beaubourg. El título, por lo tanto, está muy bien escogido; y el concepto del álbum también, sobre todo considerando que esta institución francesa posee su propio laboratorio de investigación musical.

El controvertido aspecto exterior del Centro Pompidou (de su página oficial).

Pero no nos matemos intentando descifrar claves conceptuales en el Beaubourg de Vangelis, porque seguramente la única forma de escucharlo de un tirón es liberarse a conciencia de cualquier prejuicio y entenderlo como un experimento más sonoro que musical, fruto de un artista cuyo talento ha sido demostrado una y mil veces de manera apabullante. Consta de dos partes de alrededor de 20 minutos cada una, de estructura indefinida, interpretadas en su práctica totalidad en un teclado Yamaha CS80 con el añadido de diversos efectos sonoros que aportan matices distintos. El ingeniero de sonido fue Keith Spencer-Allen, y creo que no hay mucho más que decir. Toca escucharlo y comentar, sobre todo quienes no hayáis tenido todavía la oportunidad. Está en Spotify, y recomiendo su escucha completa.

Un  extracto del álbum (no nos fiemos del título: Beaubourg no tiene Part III).

5 comentarios:

GuillermoBlogeado dijo...

Hola, buenas
una pregunta: ¿éste blog es para descargar música o sólo para darla a conocer?

un saludo

El conde dijo...

Para a darla a conocer. Lo siento, pero no me gustaría que me cerraran el "chiringuito" por las buenas, así que me conformo con divulgar un poco.

Raul Augusto Almonte dijo...

Tenia apenas 10 años cuando escuche este disco de la mano de un tio mio que se habia prendido con "Spiral". Quede atrapado entre tanto sonido raro. Y mis viejos viendome escucharlo una y otra vez me miraban raro a su vez mientras la musica disco sacudia las radios. Salvando las distancias me imaginaba a Vangelis como el Igor Stravinsky de finales del siglo XX preconfigurando el sonido del milenio. Cosas que sentia en aquel momento. Como sigue sigue siendo hoy.

Síul Llératnac Irógerg dijo...

Lo he escuchado de un tirón hace unos días y ahora puedo decir que me parece una Obra Magna, comparable a ese Himalaya de China, o a 100 Metres de Charriots Of Fire

Síul Llératnac Irógerg dijo...

Lo he escuchado de un tirón hace unos días y ahora puedo decir que me parece una Obra Magna, comparable a ese Himalaya de China, o a 100 Metres de Charriots Of Fire

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